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Un recuerdo para Paul Morand.

La reciente edición mallorquina (José J. Olañeta editor) de un pequeño libro de Paul Morand (1886-1976) que recoge unos cuantos artículos varios y distintos sobre su amada Venecia, «Otras Venecias» -nada o poco que ver con su otro hermoso libro «Venecias», Venises, de 1970- me lleva a recordar a un autor notable, muy de su tiempo, al que leí bastante, hace años, y que puede seguir teniendo interés, quizá porque el estilo de escritor mundano que el representó con perfección (en eso mejor que Cocteau) ya no existe. Educado en París por un padre que se dedicaba al arte y que era amigo de Mallarmé o del gran escultor Rodin, el joven Morand (culto, petimetre, algo frívolo) viajaba con frecuencia a Londres y al norte de Italia -vacaciones junto al lago de Como- y pronto se hizo uno de los adalides de la modernidad, justo al fin de la 1ª Gran Guerra. Amigo de salones y aristócratas, de vida nocturna confesable o inconfesable, letraherido hechizado por el viaje y la novedad, empezó con un libro de poemas (1919) «Lampes à Arc» que nosotros hubiéramos llamado ultraísta o próximo… En Londres (iniciando su carrera diplomática) Morand había conocido a Bertrand de Fénelon, uno de los aristócratas amigos de Proust y modelo de alguno de los verdaderos «muchachos en flor». Fénelon le abrió en 1916 la ya entonces cerrada vida de Marcel, y Morand fue un irregular pero fervoroso amigo del autor de «En busca del tiempo perdido» hasta la muerte de este en 1922. Con esos recuerdos, el entonces exilado en Suiza, Paul Morand, publicó un delicioso librito (no sé si traducido al español) titulado «Le visiteur du soir» -El visitante nocturno- que se publicó en 1949. Ninguno de los libros de Morand es grande, parece que le hacía caso a Calímaco cuando el poeta sentenció que «un libro largo es un largo mal».

En 1921 (con prólogo de Proust) publicó su primer libro de relatos «Tendres Stocks», al que siguieron dos libros de mucho éxito en esa frívola «edad del jazz», ambos compuestos de relatos, «Ouvert la nuit» -Abierto de noche- en 1922 y «Fermé la nuit»            -Cerrado de noche- en 1923. En esos años, ya de pleno en su vida mundana y diplomática (y aunque había tenido una hija con otra mujer) se casa con la princesa rumana Hélène Soutzo (1879-1975) con la que compartió su vida y sus estancias en Bucarest.  También publica libros de viajes -aún con aroma moderno- como «New York» de 1929 ,»Paris-Tombouctou» (el mismo título, pero sólo eso, que la última película de Berlanga) o «Magie noire» de 1927…La imagen de Morand es la de un hombre esteta y feliz. En sus chismosos y divertidos «Propos sécrets» de 1980, Roger Peyrefitte habló de la juventud de Morand como si algo hubiese tenido que ver con las «misas rosas» del barón Adelsward de Fersen, pero probablemente la cosa no pasaría de que estuviera enterado por sus amigos de esos secretos episodios de vida homosexual clandestina y elegante. Porque si Morand fue siempre un hombre de derechas (como Cocteau) y un declarado antisemita, su moral privada de heterosexual refinado, le permitía no albergar prejuicio alguno sobre la homoxesualidad y más entre el alto mundo, donde no era infrecuente. Cuando llega la guerra y la ocupación nazi de parte de Francia, Morand entra como embajador al servicio del gobierno de Vichy. Le costará caro. Por entonces publica uno de sus mejores libros, «L’homme pressé» de 1940. Pero ha estado junto al mariscal Pétain. Eso De Gaulle nunca se lo perdonará (además no simpatizaban) por lo que Morand y su esposa pasaron años en Suiza. Luego volvió a Francia y (pese al ya decaído De Gaulle) entró en la Académie Française en 1968. Seguió publicando libros breves que hablan de libres costumbres morales, tal «Le flagellant de Séville», «Hécate et ses chiens» o «Les écarts amoureux». Escribía artículos en el conservador «Le Figaro», pese a su moral libre que nunca importó a la verdadera «derecha civilizada», y a la postre terminó haciendo hermosos libros nostálgicos, llenos de recuerdos y amor a un mundo perdido y con una bella escritura, así el ya mencionado y precioso «Venecias» o el último que publicó -en 1975- dedicado a su amiga Coco Chanel, «L’allure Chanel» (El aura de Chanel). Murió en París-donde había nacido- pero quiso que sus cenizas fueran llevadas a Trieste -una ciudad de pasado plural, gran cruce de culturas- donde reposan junto a las de su esposa la princesa. Había dicho: «Me siento desencantado de todo el planeta, con excepción de Venecia». Quizá la última Europa. También dijo (amante de los libros breves) : «Las obras completas aplastan al lector; matan al autor y arruinan a los editores». No siempre es verdad, pero es bonito. Y el mundano Morand no fue un hombre cualquiera ni un escritor desdeñable. Y tiene libros -en su brevedad- intensísimos.


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