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GERARDO DIEGO Y JUAN LARREA: EPISTOLARIO

La Residencia de Estudiantes acaba de editar en un amplio tomo muy cuidado (edición de Juan Manuel Díaz de Guereñu y José Luis Bernal Salgado) el «Epistolario. 1916-1980» cruzado entre Gerardo Diego y Juan Larrea.  Cartas en general largas, amistosas, poéticas o naturalmente literarias (pocas veces una mera nota) que nos recuerdan un tipo de comunicación, muy propenso a la intimidad, que temo se ha perdido o casi: la epístola. Las cartas son amplias, ricas, a menudo hondas hasta 1937, inclusive. No se reanudan luego sino en 1948  -las vidas de ambos habían cambiado y muchas cosas parecían alejarlos-  y duran, mucho más espaciadas, hasta la última y única de 1980, el año que Larrea muere en Córdoba (Argentina). Gerardo Diego (1896-1987) fue un gran poeta de la facilidad y la belleza del verso, no sabemos si hay un verdadero eje central en su poesía -ello le aproxima a Alberti- pero es obvio que se trata de un poeta magnífico, que vuelve poesía lo que toca. Para mí el gran Gerardo es el de antes de la Guerra Civil, el poeta interesado en la novedad y en la tradición, vanguardista, creacionista amigo del chileno Vicente Huidobro, que igual escribe «Manual de espumas» -hermoso título- como «Versos humanos» con el famoso soneto «Al ciprés de Silos».  Juan Larrea (1895-1980) es más enigmático, es poeta escaso de veta surrealista en español y  francés (su poesía está toda en «Versión celeste») marcha a París, de allí a Perú, retorna, y termina en América fascinado por la poesía y el mundo interior de su amigo César Vallejo y el «Guernica» de Picasso. Profesor en Argentina, crea la revista «Aula Vallejo» y se convierte en un enorme ensayista, algunas veces con sesgos autobiográficos, tentado por una mística terrenal de lo oculto. Para él el verdadero destino y cumplimiento de España estaba en nuestra América… Tuve la fortuna de conocer a ambos. Gerardo era un habitual de las tertulias poéticas del Café Gijón, pero a la gente de mi generación nos decía poco aquel viejito, al parecer afecto al Régimen (sin ningún exceso) que escribía libros como «El Cordobés dilucidado», sobre el torero famoso. No obstante hicimos un homenaje al Gerardo Diego creacionista (en 1972, creo) y es cuando más cercano lo sentí y me firmó algún libro. Al final -en la Academia- era un ancianito mínimo y muy delgado, casi irreconocible… Pero fue muy importante.  Juan Larrea (mucho tiempo preterido y perdido) vino a España una única vez desde su exilio argentino, en 1978. Entonces Chus Visor y yo estuvimos una mañana charlando con él, y era un hombre que hablaba de lo insólito con naturalidad suma. Me dijo que dejó el París surrealista por Machu Picchu porque «quería estar en contacto con el espíritu». Desayunaba, y lo comentaba tostada en mano. Me firmó entonces «Versión celeste» y la reedición de «César Vallejo y el Surrealismo». El mismo cierto desinterés que nos producía a aquellos jovencitos el Diego de 1970, se volvía su opuesto -nos fascinaba- el oculto y sabio Juan Larrea, entonces mucho menos conocido. Espléndido epistolario entre el santanderino y el bilbaíno, de esos  (parece obvio decirlo) que ya no se hacen. Muy recomendable.


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