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Entorno a Ravi Shankar. (1920-2012)

El músico hindú de sitar, Ravi Shankar, nacido en Bengala cuando la India era todavía inglesa, murió ayer en California con 92 años. Aparte de la belleza de la música del sitar y su disposición novedosa a mezclarla con rock, jazz o flamenco, el éxito fuera de su país de Shankar llegó mediando los pasados 60, cuando los Beatles lo tomaron como gurú de hinduismo e hicieron un concierto con él y su sitar… Luego vino todo lo demás (principalmente en California) cuando Shankar, siempre dedicado a su música, se metió en ese mundo rico, feliz y que apostaba por un futuro diferente que fue la contracultura. Palabra nunca bien traducida (como explicaba en mi libro juvenil «La revolución cultural», 1975) porque «counter-culture» no es algo que va contra la cultura sino una cultura contra el sistema. Debió decirse, pues, cultura a la contra. Unía con una tradición que puede ir desde los goliardos a Rimbaud, pero entonces se centró (en un inmenso ansia de libertad y mente abierta) en los «beat», como Kerouac y sobre todo Allen Ginsberg, con sus multitudinarios recitales de poesía, en la experiencia de la «Universidad libre», en el sexo plural y sin fronteras, en el interés por oriente y sus filosofías de la vida, no sólo el hinduismo, sino quizá más aún el budismo zen (recuerdo el precioso libro de Allan Watts «El camino de zen» (The way of zen) y la idea axial de superar el capitalismo avaro y destructor y el comunismo convertido en dictaduras, con nuevas izquierdas, que comenzó a teorizar Marcuse  y continuaron profesores de Berkeley como el filólogo clásico Norman Brown con su espléndido libro «La vida contra la muerte». Todo ese mundo fue atacado por el poder a causa del consumo de drogas y porque, en desordenes lamentables, algunos murieron, por ejemplo en el gigantesco y mítico festival de Woodstock… La contracultura pudo tener equivocaciones, pero su plural cuerpo principal está lleno de cultura, inteligente libertad y futuro,  más hoy, cuando la crisis del capitalismo se ha hecho salvaje, pululan las desigualdades y la injusticia, nadie puede ser feliz y sólo el capital manda. Hoy, en nuestras democracias minimizadas,  la contracultura y las muchas cosas que hizo (véase también el libro de Theodore Roszak, «El nacimiento de una contracultura») es una esperanza fértil, libre y que no busca el dinero sino la siempre olvidada felicidad. Ravi Shankar puso música a todo eso. Os invito a ese mundo a los muchos, quizá, que ya no lo conocieron. «Prohibido prohibir» también tuvo que ver -desde Europa- con aquello. Una esperanza, cuando pareciera no existir.


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