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En la muerte de Agustín García Calvo (1926-2012)

Lo primero que llamaba la atención en Agustín García Calvo (desde que lo conocí a finales de los pasados 70) era su indumentaria más que informal, en quien había sido catedrático universitario de latín desde muy joven. Pelo largo y rizoso, grandes patillas, camisa abierta de colores, chaleco de fantasía, múltiples colgantes hindúes, pantalones rayados, botines, y zamarra si era invierno. De aire plenamente contracultural –lo que respondía a su verdad íntima- García Calvo llevaba el atuendo que la época pedía en Berkeley, por ejemplo: un aire hippie que, hasta donde sé, mantuvo toda su vida. Naturalmente ese aire en él (de aspecto hirsuto, hasta que se lo trataba) no respondía a ninguna moda –detestaba esas cosas- sino a una manera de manifestar su disidencia radical con la sociedad en que vivía…

Agustín García Calvo nació en Zamora en octubre de 1926. Después de la guerra, estudió Filología Clásica en la Universidad de Salamanca, teniendo como maestro a Antonio Tovar. En 1953 se doctoró en Madrid, con una tesis (publicada al año siguiente) titulada “Prosodia y métrica antiguas”, iniciando con ella una de sus principales pasiones intelectuales: el estudio en profundidad del lenguaje. Catedrático primero de instituto y pronto de Universidad, su primer destino fue Sevilla, donde ya se hizo célebre como profesor que guiaba a los alumnos al modo socrático, y que era famoso –raro en la época- por sus tertulias nocturnas con alumnos o curiosos en diversos lugares de la ciudad. Muchos de los que fueron inicialmente discípulos suyos (pienso en el primer Savater o en Félix de Azúa) destacaban la oratoria rica y la fértil suasoria de García Calvo. Muchos –a lo largo del tiempo y en tertulias itinerantes- han estimado más al profesor o maestro de brillante y persuasiva oratoria que al escritor, con ser este tan fértil.  En 1965 saltó a la publicidad (era catedrático de latín en la Universidad de Madrid) al ser uno de los cátedros a los que el régimen franquista apartó de sus sillas y de la docencia, por mostrase opuestos a él. Entre esos expulsados estaban también Tierno Galván o López Aranguren, todos ellos muy reconocidos después. Hasta ese momento las publicaciones de García Calvo habían sido sobre todo académicas. Como resultas de todo esto, Agustín se autoexiló en París, donde mantuvo su tertulia ácrato-lingüística en un café de La Boule d’Or. Allí lo escucharon por vez primera Savater o Azúa. También empezó a publicar en otros ámbitos, traducciones como las de Jenofonte (“Memorias de Sócrates”) en 1967, y un poema largo, “Sermón de ser y no ser” (1972) que tuvo mucho éxito entre los estudiantes de la época. La prosa y la poesía de García Calvo resultan a veces sinuosas porque efectúa en ellas experimentos rítmicos y sintácticos, que no siempre son nítidos para el lector medio. Al buscar (en las traducciones) un estilo latinizante, se hace heredero de una gran tradición de latinización del español –sin desestimar el hiperbaton- que procede del siglo XV.  Cuando vuelve a España en los comienzos de la Transición, García Calvo es un personaje estrafalario y con aureola de estar a la contra, que pontifica en cafés del muy alternativo barrio de Malasaña, como el “Café Ruíz”.  Entonces prosigue el “Círculo Lingüístico de Madrid” del que forman parte, junto a Agustín, Rafael Sánchez Ferlosio o Carlos Piera. Van a ser sus años más brillantes. En 1977 publica “¿Qué es el Estado?” y también un título que hoy suena más que actual: “Manifiesto contra el despilfarro”. Un año antes salió otro libro muy reconocido (por su heterodoxia) en el momento, “Cartas de negocios de José Requejo”. Continuarán las traducciones y los poemas, además de las obras de pensamiento lingüístico: “Canciones y soliloquios” (1982), la obra teatral “Ismena” (1980), un libro sobre “Virgilio” (1976) que conllevaba también una antología traducida o sus “Elementos gramaticales” que se sucederían a lo largo del tiempo con más tomos.

Seguía siendo insólita (aunque ya habitual, esperable) la imagen de este hombre tremendamente culto, que fumaba porros, estaba a favor del amor libre y descreía del Estado y de muchas otras cosas como se fue viendo en sus charlas –yo participé en una con él sobre erotismo, en el Ateneo- y libros. Traducciones de Aristófanes, de Heráclito y algunos presocráticos (excelente libro “Lecturas presocráticas” de 1981) o una versión rítmica de “La Ilíada” de Homero.Pero además “Contra la Paz. Contra la Democracia” (1993), “Contra la pareja” (1994), “El amor y los dos sexos” (1984), “De Dios” (1996) u obras dramáticas como “Rey de una hora” (1984) o “Baraja del rey D. Pedro” (1998), por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Dramática en 1999. Parece obvio entender que esta figura brillante, lúcida y muy comprometida, que se movió siempre en el terreno de lo que hoy –tan pobre- no hay otro remedio que llamar “alta cultura”, llegó al gran público más por su imagen y episodios marginales, que por una espléndida (aunque discutible) obra humanística, nacida –aunque fuera de las aulas- al calor de lo que siempre debió ser la Universidad.  Por ejemplo, en 1983, Joaquín Leguina, presidente de la Comunidad de Madrid, le encargó a García Calvo el himno oficial de la Comunidad. Agustín lo hizo por el precio simbólico de 1 peseta. Pero el himno (publicado en todos los periódicos) nunca se utilizó, porque tenía –algo natural conociendo al personaje- mucha más sorna que otra cosa. Descontento con los editores y con sus ganancias –superiores a las de los autores- García Calvo creó en 1980 su propia editorial, “Lucina” (nombre de la diosa romana de los nacimientos) donde publicó sus nuevos libros y republicó gran parte de los anteriores. A mediados o finales de los 80, Agustín tuvo serios problemas con Hacienda y , ante la imposibilidad de pagar, puso un anuncio en los periódicos pidiendo a amigos, discípulos y seguidores que le ayudaran a saldar esa (a su entender) injusta deuda. García Calvo, tristemente, llegó más al público medio por sus gestos de desacato que por su rica y no siempre fácil labor intelectual.  En el año 2006 recibió el Premio Nacional de traducción por el conjunto de su labor, que podría significarse en un libro como “De poesía antigua. De Homero a Horacio”, publicado en 1992. Siempre junto a su fiel y también transgresora compañera, la poetisa Isabel Escudero, Agustín García Calvo (una figura en cierto sentido monumental) estaba más retirado o menos visible estos últimos años, aunque aún hay libros suyos como “De verde a viejo. De viejo a verde” (2007) que dan muestra de una actitud rebelde que nunca cesó. También poesía: “Cuatro canciones de amor perdido y el cínife” (2006) o quizá su último libro édito, “Suma del vuelo de los hombres” de 2008. Ha muerto de una afección cardíaca con 86 años.Rigor y altura.


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