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El ruido español

Conocí -hace ya no pocos años- a una hispanista francesa tan enamorada de España y de lo español (venía todos los años de vacaciones y más) que apenas nunca hallaba malo nada de este país. Nos burlábamos cariñosamente de ella. Era más española que los españoles, pero sólo había una cosa por la que no pasaba y que según ella se notaba apenas pisabas Irún: el ruido que hay en España, el ruido al que los españoles solemos ser tan insensibles, para ella era un mal nacional. Un mal que alcanzaba lo mismo a vascos y catalanes que a andaluces o extremeños, cada cual con su tono peculiar, pero ruidosos todos. Presté atención y cuánta  razón tenía y tiene. España ( yo lo siento como un horror) es un país terriblemente ruidoso. Hay regiones (varias) donde el ruido más estentóreo es sinónimo de fiesta. Con los años hemos empezado tímidamente a cambiar algo y hablamos de la «contaminación acústica» de las ciudades, de los ruidos de los autos , de las motos, de la música o de las excesivas concentraciones humanas en plazas públicas. Efectivamente ha habido lugares inhabitables por el ruido de la panda vandálica que se divertía. Pero el ruido no es sólo exterior, a menudo es peor el ruido que dentro de las casas provocan vecinos poco atentos oyendo la música a bafle partido o con reuniones tremendas sólo aceptables en locales insonorizados. Estoy a favor (rotundamente a favor) de todas las víctimas del ruido, que nos habla de un país maleducado e hirsuto, donde hacer el bestia gozó hasta no hace mucho de predicamento. Hay vecinos que se avienen a moderar el ruido, sino (tengo amigos que lo han hecho) el ruido se paga con ruido porque tienes derecho a defenderte. Sube tú también el volumen y cuando todo sea un hórrido pandemonium dí que con mucho gusto tú bajas el volumen en cuanto lo haga el salvaje -no importa la profesión- que lo haya iniciado. En Alemania los vecinos de arriba han de ir con zapatillas o calzado insonoro de estar en casa, los tacones son para salir a la calle y no para aporrear al de abajo. Al que le guste la música alta, que se compre audífonos que le permiten oírla muy alta, pero él sólo. Ya es hora de que los españoles que no amamos el ruido nos defendamos de este país tan enseñado en la brutalidad, la hirsutez y la falta de respeto al de al lado . Y en efecto esto afecta desde vascos, catalanes y aragoneses por arriba, a andaluces, levantinos y extremeños, pero a toda la península sin excepción. El deporte-rey en el país (y en otros, claro) consiste en gritar y dar patadas a un balón, en las fiestas populares se tiran petardos y cohetes, con frecuencia peligrosos y siempre ruidosísimos. En otras fiestas se corren toros entre gritos y se martiriza a los animales sea con rejones o picas sea poniéndoles antorchas ardiendo en los cuernos (la gritería alrededor es enorme) y por supuesto cualquier celebración colectiva termina en una ruidosa borrachera, con gargantas rotas intentando cantar vulgarides potatorias  o ramplonas cancioncillas de ese estilo… ¿No somos un pueblo -insisto como siempre en salvar las excepciones salvables- un pueblo de norte a sur, que propende a denostar la finura y a hacer el burro cuando no el bestia? Yo me avergüenzo más cada día de esta España ordinaria y cafre que (además) se extiende, llegada la ocasión, a todas las clases sociales. ¡Qué añoranza del silencio de una biblioteca! ¡De la música callada de una sala de conciertos, que nunca puede ser tu cuarto de estar! Hay que hacer una Asociación Española contra el Ruido (AECR). De verdad. Urge. ¡Qué país tan mal educado! No me extraña la frase de Unamuno, con su aire antipático: «¡Qué país, qué paisaje y que paisanaje!»  Le sobraba razón al rector salmantino…


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