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Un tratado sobre el amor y la belleza

por Guillermo Carnero

En un país como el nuestro la crítica literaria tiene muy pocas compensaciones para quien la realiza. Nuestra rudimentaria estructura cultural (con sus carencias de base, sus hipertrofias acá y allá y sus fiestas de locos) hace que el status de crítico no exista prácticamente, o al menos no con la solidez que permitiría considerarlo una profesión. el mundo de la literatura española es como un ejército de oficiales y jefes sin masa suficiente de lectores como para que las consignas tengan sentido. Existe, por ello, una crítica endogremial que se transmite de forma oral, por gestos y sobreentendidos, sin necesidad de formularse de manera articulada. Con el riesgo, claro está, de que proclamar cualquier censura se convierte en una manifestación de hostilidad innecesaria (esas censuras son secretos a voces, que nunca se escriben) porque no hay nadie a quien revelarlas. Así, el crítico que dice la verdad se convierte en el chivo expiatorio de una tribu habituada al elogio indiscriminado. Asume el riesgo sin público que aprenda de él y lo sostenga. El sinsentido de la crítica es el síntoma de la falta de función colectiva de la literatura.

Y a pesar de todo ello la crítica se sigue haciendo, o desde la benevolencia programática o desde la agresividad ciega. Por eso es un regalo tropezarse de vez en cuando con un libro en el que hay valores suficientes como para neutralizar todo ese cúmulo de circunstancias coactivas; es decir, un libro que permite que de él se hable como se haría si la crítica fuera una actividad independiente, y libre. Me refiero a Hymnica, de Luis Antonio de Villena.

No voy a utilizar el recurso de enumerar las anteriores publicaciones de ese autor a modo de socorrida obertura, pero s quiero señalar que sus trabajos de ensayo, historiografía y traducción nos han ido dando prueba de una cultura centrada en el conocimiento de determinados autores clásicos, de la Antigüedad y Edad Media, que no son irrelevantes para comprender el conjunto de 65 poemas de que aquí se trata. Si la poesía amorosa grecolatina y la contracultura medieval hedonista y satírica han sido en otros volúmenes materia de estudio para Villena, el poso que recorrerlas y analizarlas le ha dejado se materializara ahora en forma de poesía. Y lo hace, fundamentalmente, sin dejar de denotar esas fuentes, sino, muy al contrario, ostentando a referencia. No creo que este hecho pueda explicarse por mera innutrición, que es una característica del arte ingenuo y acrítico, que pierde de vista la entidad de la influencia al hacerla propia. Tal falta de perspectiva (que viene de la incapacidad de situar históricamente las formas artísticas) sería impensable en un poeta de clerecía como es Villena. Creo que, por el contrario, en Hymnica se ha querido precisamente enfatizar el regusto de lo ya leído y conocido, porque recrear es una de las más correctas formas (si no la definitiva) de asumir. Hay en Villena, por otro lado, como en todo censor de la realidad que le es coetánea, la obsesión de reconstruir paraísos perdidos literarios, que pongan de manifiesto la divergencia entre realidad y deseo. De ese modo entiendo el carácter de pastiche que Hymnica tiene demasiado a las claras como para que pueda ser esgrimido contra su autor, concretándolo en acusaciones de falta de originalidad o personalidad. La voluntaria arqueología literaria a que se entrega Villena, con base en Catulo, Cavafis, o la poesía arábigo-andaluza, no es un desliz, sino un proyecto. Una búsqueda de identidad, un conjuro de la marginación desde la orgullosa proclamación de una genealogía. Y, por supuesto, una guía para iniciados, un museo imaginario cuyo recorrido para el adepto es, en su familiaridad, tanto estímulo como el deslumbramiento o la sorpresa ante lo nuevo.

No creo que las experiencias que el libro expresa hubieran ganado en intensidad o verdad por ser transmitidas desde una voluntaria renuncia a la recreación de modelos literarios. La palabra es una corriente que brota entre dos polos, el autor y su público, y necesita un adecuado medio conductor. En este sentido, una subordinación total a los condicionantes culturales y sociales de 1979 hubiera quizá llevado a Villena no a formular con más exactitud sus sentimientos y pensamientos, sino a recortarlos y deformarlos de acuerdo con las permisividades del mundo en que vive. Piénsese si no en la poesía de Francisco Brines, que ha de pagar por su coetaneidad un elevado canon de desencanto, o en la de Jaime Gil de Biedma, que necesita rescatar todo mínimo fervor con altas dosis de ironía. Si la actitud de Villena es reconciliada y gozosa., qué ha de extrañarnos que, situándose fuera del tiempo por el uso de estilemas y referencias, logre hipostasiar un inexistente receptor que es el único que no desvirtúa la realidad personal y profunda de su formulación de la experiencia amorosa. Porque nuestra sociedad permite al poeta que declare su predilección por los placeres prohibidos, homo y heterosexuales, pero no que se goce en ellos. En resumen, la tonalidad elegíaca de la poesía amorosa moderna no es más que un cato al orden establecido, al matrimonio y la procreación.

Ya desde las primeras páginas de Hymnica se manifiesta un rasgo que logra reducir a escombros repetidas y tópicas caracterizaciones de la poesía joven como ejercicio de laboratorio. El lugar común viene del deseo de simplificar la oposición hasta hoy aparecida y el salvacionismo "humanizado" de la primera posguerra literaria española. Si los poetas de ésta, creyendo que escribían para débiles mentales, identificaron literatura de la experiencia con simpleza estilística, la otra cara de la moneda ha sido identificar magnitud estilística con vacuidad experiencial. Ya he dicho en varias ocasiones que, no sólo la poesía joven ha sido siempre (al margen de las de epígonos sin talento, que en todo momento existen, y no han deservir de piedra de toque) poesía desde la experiencia, aunque formulada desde una mayor preocupación cultural, sino que, en su actual madurez, esa poesía joven iniciaba caminos de aproximación a la llamada "generación de los años 50". El primer poema de Hymnica ("El poema es un acto del cuerpo" ya identifica "emoción de la realidad amorosa con motivación, para la escritura: amor y poesía como vasos comunicantes. En el mismo sentido aparece el uso de la primera persona gramatical o la existencia de poemas claramente autobiográficos ("El ciruelo blanco y el ciruelo rojo", "El poema esboza al hombre", "Un viejo poeta griego de Alejandría"), algunos de los cuales remiten al tipo de poema-retrato que encontramos en el Modernismo, otro movimiento incomprendido, por su suntuosidad superficial, en cuanto a su dimensión "humana".

Después de lo dicho, no es necesario insistir excesivamente en las características estilísticas de este último libro de Luis Antonio de Villena. El barroquismo, la circularidad redundante en el uso acumulativo de imágenes, la suntuosidad léxica y otros rasgos concomitantes vienen necesariamente de la sumisión a los modelos que ya se han señalado. Encuentro en algunos poemas, a pesar del cuidado que pone Villena en su manejo del lenguaje, un cierto descuido en la distribución acentual en los encabalgamientos abruptos, con resultado en ocasiones poco eufórico, y ello sin que pueda disculparse por el deseo de romper el tono poético y teñir de coloquialismo el discurso mediante la ruptura de la pauta métrica.

Como siempre ocurre, quien escribe un comentario queda con la sensación de haber intentado transportar agua en un cedazo. Pede a lo sumo dar fe de su gratitud por el placer que como lector ha recibido. Puede anticipar juicios precipitados y erróneos que impedirían a otros el asentimiento. en Hymnica tenemos los dos ingredientes necesarios y suficientes de un gran libro: un mundo rico que expresar y un lenguaje dócil a esa expresión. Hymnica ocupa por derecho propio un lugar de excepción en la historia de la última poesía española, como comprobará quien recorra sus páginas.