Imagen de obra de LAdeV

Volver


Los cuerpos y el elogio de la melancolía

por Martín Rodríguez-Gaona

Los libros de memorias, usualmente, respetan ciertas convenciones de género: hablan desde un yo definido que se dirige hacia un territorio interior, en una evocación en la que el espectáculo de lo ficticio cede protagonismo a la honestidad. El recuerdo íntimo y la confesión crean una perspectiva cómplice que, más allá de nuestra aprobación, es el filtro por el cual se cala y desnuda a todos los acontecimientos y los personajes invocados. Los días de la noche de Luis Antonio de Villena pertenece a un grupo de obras que aborda el género desde un nuevo matiz, asumiendo que la propia memoria recurre también a un artificio, por lo que el discurso se articula desde una posición radical: los recuerdos son inducidos mediante la lectura y el comentario de una obra de juventud. El interés y el riesgo de ese ejercicio es alto, ya que el poemario en cuestión es Hymnica (1979), uno de los más renovadores de las letras españolas del cuarto final del siglo XX. Por lo demás, aquella relativa importancia literaria será casi ignorada a lo largo de estas páginas, y no en aras de una pretendida falsas modestia: Los días de la noche demuestra, de manera clara y constante, el éxtasis real que proporciona aquel sutil pero inextricable engranaje que en el caso del poeta madrileño forjan la experiencia artística y la vida.

Dicho permanente intercambio entre artificio y vivencia fue, precisamente, uno de los emblemas de ruptura que impuso Hymnica en el panorama de la poesía española de los setenta. Con una temprana madurez alcanzada a los veintiocho años y en su tercer libro, Villena complementó la retórica consagrada por los llamados Novísimos, otorgándole un cuerpo al culturalismo, el cual en sus versiones epidérmicas y epigonales se regodeaba reproduciendo escenarios de cartón piedra. Sin embargo, la importancia de tal hallazgo no era exclusivamente formal: Hymnica retrata el clima de rebelión juvenil del ocaso del franquismo (1974-1979) antes, e incluso de una manera más lograda, que el cine primero de Pedro Almodóvar. En gran medida, al audacia consistió en que el medio escogido para plasmar el clima de revuelta fue la explotación de una inédita sensibilidad homoerótica. en esto, y en una perspectiva internacional, Villena era realmente un pionero, coincidiendo, por ejemplo, con el fotógrafo neoyorquino Robert Mapplethorpe, también a mediados de los setenta, otro enamorado de los cuerpos y de la sensibilidad clásica. Pero, fuera de aquellos valores añadidos, Hymnica en su equilibrio entre crónica y fundación mítica es un libro que seduce por su lenguaje, como toda gran poesía, con textos para la lectura continua, para la reiterada frecuentación.

Es por tales motivos que el propósito de revisitar un poemario a todas luces logrado puede producir sorpresa: somos testigos de un doble extrañamiento, tanto de intención como de método. Una vía de aproximación a este experimento quizá sea reconocer que la reflexión sobre la belleza es el tema que se percibe como eje de ambos proyectos (precisamente cuerpos, teorías y deseos fue uno de los títulos tentativos originales, hoy recuperado). Evitando tentaciones sociológicas y cuidadosamente respetando la construcción de lo sublime, Los días de la noche nos parece, además, el diálogo con un pasado distante pero no lejano, emprendido mediante el contraste formal entre la prosa y el verso -ambos instrumentos poéticos-, pero uno aplicado a la celebración de la belleza y otro a la evocación de un tiempo perdido.

Mediante asociaciones libres y digresiones, las sesenta y ocho notas que comentan los poemas van plasmando una memoria que, a través del lenguaje, recompone un universo multiforme y de distintos planos de una naturaleza indefectiblemente emotiva. No hay orden ni organización, como tampoco los hubo en el propio devenir de los hechos. Los días y las noches tienen, cada uno de ellos, su particular intensidad, su peculiar color, y éste contrasta con el brillo exacto de la orfebrería artística. El magma del recuerdo o la humilde anécdota potenciaban el fulgor de la pieza autosuficiente y decorativa, cargada de artificios verbales. No obstante, una continuidad de perspectiva se reconoce siempre e la similar vocación celebratoria que comparten el apunte memorialístico y el poema: en ambos el instrumento para la evocación es la sensualidad de un lenguaje lujoso, de raigambre simbólica y con propensión al mito. En el paso de la arquitectura escultórica a la discursividad se constata que la inocencia y el apasionamiento han quedado diluidos aunque sigan haciéndose presentes antiguas y queridas obsesiones.

Desde un inicio la lectura de Los días de la noche arroja un balance amable, pues como sostiene el narrador, su tema corresponde con la etapa probablemente más feliz de su vida. Sin embargo, esta perspectiva no presupone una posición acrítica, ni con respecto a estos años ni sobre la reconstrucción de la memoria. Simplemente la crisis estaría registrada en otra etapa (la que en su poesía va de Huir del invierno a La muerte únicamente). El distanciamiento entre juventud y la madurez es, pese a todo, inevitable, y a veces explicitado también con contundencia, como en el comentario a "El desterrado", el poema que cierra el libro, en el que se lee: "El poema, como la vida, finalmente, parece circular e irremediable" lo que implica una negación escéptica de alguno de sus versos más emblemáticos, el "Sí, yo también aborrezco el poema cíclico. / La gente cuyos días no esgrimen sentimientos" de "El poema esboza al hombre".

En el paso de una edad a otra, de sus sueños a sus realidades, Los días de la noche ilustra, con cierto pudor, sin énfasis, la diferencia entre el desgaste y la renuncia. Y cómo en esta lucha más tenue, ya con la derrota como una dimensión palpable, puede hallarse paz o sabiduría. En este sentido, el paso del tiempo no es sólo pérdida: en los pomas de Hymnica predominan la vitalidad y la celebración, pero al final irrumpe invariablemente la imagen nocturna en su vertiente tanática, la única redención definitiva. En las prosas de Los días de la noche, por el contrario, el recuento de desaparecidos es más favorable, y siempre significativo (sean tanto chicos que hacen la calle, estetas, personajes inmortales o poetas desconocidos). La apuesta es, finalmente, por la vida en su totalidad contradictoria y multiforme.

Pero si la madurez otorga al hombre una sensación de reposo, la celebración de la belleza, para el artista, seguirá manteniendo su poder subversivo. Así, la interacción entre el poema y el comentario en Los días de la noche demuestra su pertinencia, pues contribuye e regenerar la excepción moral y estética que se opone a la realidad sin brillo. De esta forma el guiño posestructuralista de un texto inacabado - incluso para su propio autor - es reconducido hacia una escritura de aliento romántico y vocación clasicista: celebrar es duplicar, crear otro objeto que, siendo distinto, conserve, diversifique o haga más intensos los atributos del original. En la voz del poeta Luis Antonio de Villena el modelo se define, pese a cualquier préstamo, desde el conflicto, en el afán por la consecución del absoluto platónico: la belleza transporta, eleva, pero sólo para permitirnos constatar la derrota, los límites de la inefabilidad y lo efímero. Por eso, asumida la lección de los años, también los comentarios rechazan una pretensión concluyente: es tan inútil atrapar una imagen mental o una época como antes lo fue el poseer un cuerpo.

Es probable que la energía de estas memorias parciales, aleatorias y literarias provenga de su culto antiintelectualismo, el cual es una constante en toda la escritura autobiográfica del autor. La actitud y la máscara complementan, en la biografía de Villena, aproximaciones desde artistas muy variadas, como en la novela Ante el espejo, los poemas de Las herejías privadas y los recuerdos posadolescentes de Patria y sexo. En Los días de la noche se recupera una etapa en la que, por vez primera, se vive a plenitud la sexualidad juvenil. Pero es este acontecimiento tan natural los matices serán lo importante: la elección del amor prohibido, el culto a la belleza, o la rebeldía de una época en la que se ponía fin a la represión, dibujan las marcas de una profunda disidencia. Lecturas, espectáculos y aventuras nocturnas representan tanto una educación sentimental como los indicios de una incipiente cultura gay, en su vertiente pública, tal y como se vive en las sociedades democráticas y desarrolladas. "La expresión cultura underground tenía, en aquella España, tanto de realidad como de idea", confiesa el protagonista, revelando no sólo la clave de un periodo esperanzado, sino la proposición exacta que sostiene su poesía.

En los veinticinco años que separan Hymnica de Los días de la noche existen, como se ha señalado, notables variaciones de tono y perspectiva. Para resaltar estas divergencias, Villena se apoya en la tercera persona, refiriéndose a sí mismo, en ciertas ocasiones, como "el protagonista": un recurso le permite, simultáneamente, mostrar ironía y ternura por el que fue, mezclando en sus comentarios sabiduría, desencanto y celebración. Quizá el cambio más significativo de un libro a otro sea consecuencia de un énfasis mayor por los detalles de entorno y por los personajes concretos, individualizados, destituidos de su función simbólica, lo que termina por dar preponderancia al relato puntual y a lo argumentativo. Si en algún momento se percibe cansancio y desgaste -la existencia humana asumida ahora como una historia ineludible, sin sorpresa- todavía palpita la empatía, que tanto en prosas y poemas funciona desde una distancia muy exacta, la necesaria para brindar emotividad a los personajes. Es más, la mirada del joven que escribía los poemas era ya inusualmente madura, por lo que su pasión siempre estuvo relativizada desde una muy palpable conciencia de los efímero. Lo único que permanece invariable de Hymnica a Los días de la noche es el agradecido aprecio por la belleza, milagro efímero y sin explicación que se entrega, desaparece y engendra una fecunda melancolía.