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El esplendor de la melancolía

por Antonio Ortega

En sus últimos libros, cada vez con mayor madurez y acendramiento, Luis Antonio de Villena ha ido despojándose de máscaras sin dejar de ser nunca él mismo cumpliendo etapas dentro de una obra poética que traza un hilo autobiográfico en movimiento dentro de su unidad, y que en sus libros más cercanos se muestra menos ficcional y retórico gracias a una escritura más confesionalmente personal. En su anterior libro, Las herejías privadas, quien hablaba era un niño adulto que sacaba a la luz la memoria interna de esa infancia turbia y difícil junto con la memoria externa de esos años en que tuvo lugar su propia educación sentimental. Y venía a acabar con un poema, 'Benarés', que mostraba la imagen del río de la vida en camino hacia la muerte.

Retoma ahora De Villena ese camino de rastreo en la existencia y se instala en el presente de un hombre maduro que recuento de la vida, pues como reconoce en la nota que cierra el libro, "Desequilibrios soy yo siempre". A lo largo de su obra ya había dibujado el poeta diversos autorretratos, pero este libro entero viene a ser un nuevo y esclarecedor análisis interior de la verdad de alguien que, como en 'Autorretrato con canas teñidas', reconoce que "La vida no es buena y la muerte es sueño. Quedan / los días, los dioses, las quimeras, los libros, la feliz / noche loca. Voluptuosamente habla un hombre vacío... " Son poemas llenos de vital madurez y declarado desengaño, de un pesimismo que a pesar de todo reconoce que es "Feliz quien sabe que la vida / corre. Feliz quien apura su ración de licor / aunque sea todo inmenso esplendor de melancolía".

Son 51 "falsos sonetos verdaderos", como De Villena los define, y que bien podrían haberse llamado "sonetos impuros", pues mantienen en su irregularidad la estructura del soneto pero sin tener en cuenta ni la rima ni la medida estricta de los versos. A la unidad temática se une la formal, pues en cada uno de los sonetos el asunto queda planteado en los cuartetos y resuelto, como desenlace o reflexión consecuente, en los tercetos. Pensamientos desarrollados en su forma completa, y cada uno de ellos etapas precisas del desarrollo del libro. Aun así, y a pesar del tono desencantado, la variedad surge de la mezcla de realidad y sueño, del sutil instinto material de ese autorretrato elíptico y múltiple que es Desequilibrios, una reivindicación moral que es "carne y belleza" y es deseo. Asistimos a un catálogo de vidas y de muertes, de momentos de soledad y olvido en el que, al cabo, "Mi vida no era sino vida. Mi oficio, placeres / y letras que se volvían placer, como siempre lo fueron". Todo al fin vida tenaz, pues "Entre la Muerte y la Vida han de existir lejanas praderas de ternura". Como vino a decir Diderot en De la poesía dramática, el escritor nunca es cautivo de las reglas, sino de la coherencia estética, aunque a veces el libro imponga a su autor. El soneto es aquí una necesidad intelectual y emocional, una morada que deescribir y que soñar, acaso un anhelo en el elevado camino del deseo.