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Noticia de otro tiempo

por José Carlos Llop

Conocí al poeta Luis Antonio de Villena en el verano de 1978. Él acababa de publicar un pequeño ensayo sobre el Satyricón de Fellini –con Petronio al fondo, claro– en el mismo número de Papeles de Son Armadans, la revista de Cela, donde habían aparecido unos poemas míos. Él tenía 27 años y yo 22, o sea que me temo que hace de eso una eternidad. En nuestro caso clásica, es decir, más o menos feliz y culta. Yo estaba veraneando en Valldemossa con mis padres y fue Fernando Corugedo –que era quien se había cuidado de nuestros textos en la revista celiana– quien lo trajo en su mehari naranja para que nos conociéramos. El poeta madrileño había mostrado cierto interés. Estaba charlando con unos amigos míos en la terraza de Can Biel –que ahora es un Capuccino–, cuando llegaron ellos, aparcando frente a la casa que ahora es la farmacia del pueblo. Villena bajó del coche vestido con una camisa rusa, unos pantalones blancos y un panamá en cuya cinta llevaba prendida una pluma de pavo real. Digamos que su aparición fue de gran divo a lo Brummell –todos éramos muy jóvenes– y esa sensación fue in crescendo al sacarse el tabaco del bolsillo y empezar a fumar y a beber. Villena, aquel verano al menos, fumaba unos pitillos de colores con la boquilla dorada y pedía las bebidas caprichosamente, del mismo color que el cigarrillo de turno. Estólido, inteligente, divertido y muy ocurrente, no parecía que aquella infame mezcla –campari, whisky, menta, coñac o martini blanco, según el color del papel del pitillo– hicieran mella en su organismo. Aquella tarde fue el principio de una amistad a la que el tiempo tampoco ha hecho excesiva mella. Una de los testigos agradables de esa amistad son los libros que durante treinta años nos hemos ido enviando y dando –o no– acuse, público o privado, de recibo. Y en estos últimos tres años, Villena ha publicado tres que me parecen imprescindibles no sólo en su bibliografía sino en la bibliografía de este tiempo nuestro que manifiesta su ignorancia afirmando que en la cultura no hay jerarquías. El primero es su impecable ensayo biográfico Retratos (con flash) de Jaime Gil de Biedma. El segundo su último poemario, La prosa del mundo. Y el tercero, publicado en la editorial Gredos, una Biblioteca de clásicos para uso de modernos. Estos tres títulos trazan un mapa de lo mejor de su autor: el memorialista de su tiempo, el poeta novísimo y el moderno revisitador de los clásicos. Luis Antonio de Villena continúa siendo un personaje bizarre, diferente –diferencia que él ha cultivado– en nuestra cultura. Un autor de la generación del 70, que apoyándose en una obra vasta y compleja –con la poesía como casa de la vida y distintas legaciones en la novela, el ensayo y el rescate de raros–, oscila entre el dandi (en la construcción de su personaje poético) y el esteta (en sus personales acercamientos al mundo clásico), sin dejar nunca de ser ninguna de las dos cosas. De ahí que cite La prosa del mundo, ya por su segunda edición ampliada. En él regresa el Villena de Huir del invierno –mi favorito, junto con Hymnica– y de algún modo el de aquel Sublime Solarium inaugural, que se le pasó por alto a Castellet hace ya cuatro décadas. De ahí que sea obligado recordar sus lecturas revisadas de los epigramas de Estratón de Sardes, el Satiricón, la Antología Palatina o la poesía y vida de Catulo. Entre otros: Villena lleva muchos años viviendo ese mundo clásico y adaptándolo a su propia visión contemporánea. De ahí, también, que este diccionario personal sobre griegos y latinos –su subtítulo– sea una proyección lógica, tanto de su obra como de su actitud vital, que en Villena se retroalimentan especialmente. La primera voz de este diccionario es Adriano, el emperador; la última, el poeta Virgilio, a quien otro emperador, Augusto, protegió. Entre ambos, están la biblioteca de Alejandría, Jenofonte –al que emparenta con Bruce Chatwin–, Marco Aurelio, Marcial, Séneca y tantos otros: de Epicuro a Persio. Devolviéndoles a todos parte de la riqueza que le aportaron, con la riqueza de la mirada que él aporta. Y mientras uno va leyéndolo –como una novela, que es como se leen los buenos diccionarios– va encontrando, detrás del friso clásico, al Villena más personal e imprescindible. ‘Sin los griegos y los romanos antiguos seríamos muy otra cosa de lo que somos. Más pobres sin duda’, escribe en el prólogo. Tengo la sospecha de que sin él, a nosotros, sus contemporáneos, nos habría ocurrido algo parecido.