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Luis Antonio de Villena. Los gatos príncipes

por Juan Carlos Abril

En esta última entrega - aunque no cronológicamente - de poemas de Luis Antonio de Villena podemos comprobar cómo se ha realizado una profundización en aquellos temas que en cierta manera ya conocíamos en otros libros suyos, ampliándolos, en general, con esta suerte de este estilo libre de versificación casi poligráfica que -se diría- le dicta la musa entre brumas, particularmente de madrugada e insomne, con esa electricidad de las pulsiones del duermevela. Pero con salvedades, porque dentro de sea indagación en el realismo que le ha caracterizado en sus recientes poemarios, aquí se ha preferido buscar esa materia narrativa propia del fluir de la conciencia, el monólogo - en algunas ocasiones, dramático y experimental, como en "Meditación en Erimanto" (pp.23-23); o "Relato, en enero, de un moje solitario" (p.47)- y la referencialidad de las mitologías personales y colectivas de una poesía que nunca se resignó a constituirse como el repertorio plano de un culturalismo huero, conjugándose como en "Hécate divina" (pp. 66-67) y en otras composiciones el aquí y el allá, las ricas posibilidades de la enunciación. Modos de desarrollar esos temas que ya conocíamos, pero retomados, puestos en otra dirección semántica.

Por consiguiente este conjunto de poemas responde a una necesidad expresiva singular, concreta y muy determinada en la poética de nuestro autor, que, como decimos, tiene mucho que ver con esa etapa abierta a partir de mediados de los noventa y que ya venía plasmándose en otras obras. Nos referimos a una necesidad de nombrar y demostrarnos al mismo tiempo con "Toques de realismo" (p. 39); una necesidad de explicar, a veces en sentido didáctico, otras ocultando las causas que le llevan a tales razonamientos, pero siempre sacando a la palestra las problemáticas desnudas. Una de las líneas temáticas más importantes que aquí se pone de manifiesto -y en entredicho- es la relación trunca de la vida privada -no hablo de intimidad, que sería estrictamente algo distinto- del hombre con la sociedad, un conflicto de intereses que motiva la protesta, la denuncia y, en última instancia hasta la condena. Pero esa relación agonal que se establece entre la privacidad del individuo, aquí representado por un personaje inconformista, díscolo y quizá rebelde, al menos desde todo lo que su conciencia no le permite aceptar, y el pesado lastre de la moral decimonónica burguesa en la que todavía seguimos inmersos a principios del siglo XXI, se nos muestra como un poliedro de matices y detalles; véase "La infamia del orden" (pp. 48-49), donde un bucanero, trasunto del propio poeta, personaje marginal heredero de la tradición súperromántica, construye un diálogo atrevido y valiente poniendo en cuestión los ejes epistemológicos mismos de nuestra sociedad -civilizada sólo aparentemente- y asimismo el logocentrismo occidental, puesto que "La vida es un retal cortado a pedacitos" y existen muy pocos capaces de decirlo, con descaro, con elegancia o no: "Qué diría Voltaire ahora mismo?" En efecto, ya no quedan aventuras que vivir para los bucaneros, y entre el podre o la renuncia, porque en este diálogo implícitamente se acepta que no existe el bien o el mal (también en otro verso "Quitaron lo bueno y quitaron lo malo", p. 62) sino el poder, se busca la acusación.

Frente a las nuevas formas de asentamiento e instauración de nuestra barbarie con la máscara de la civilización, y la perpetuación del poder en el poder y por el poder, sólo una postura independiente pero a la misma vez de desprecio y, en cualquier caso, de indiferencia, puede mantenernos al margen -libre- del qué dirán, incluso si infringimos las normas, unas normas, que, no olvidamos, son de ellos. Así nuestros principios éticos -morales o inmortales, eso es otro debate- frente al orden establecido al menos se verán respetados aunque no sólo por nosotros mismos que vamos descubriendo nuestros hábitos felinos y huraños, ariscos y mimosos a un tiempo. El sujeto verbal de estos poemas acoge voluptuosamente los "Principados salvajes" (pp. 5-52) de los gatos, porque ellos se erigen en la figura binómica que aúna sabiduría y entrega, independencia y pasión. Los gatos príncipes, que entronca por antonomasia con el poema de Baudelaire, son aquí una figura bisémica capaz de arrastrar un torrente de adjetivos, connotaciones, y su simbología solar nos recuerda no sólo que "Les amoureux fervents et les savants austères / Aiment également, dans leur mûre saison", sino que el individuo que enumera -y relación viene de relatar- el mundo para poder apresarlo aunque sea en su fugacidad, lo consigue de hecho a través de las palabras. La observación de los cuerpos bellos, la juventud y toda su imaginería lujuriosa y sensible, que se repite una y otra vez por estas páginas, lejos de ser un simple deseo -y por tanto inocente- de un rato, ardiente, que también pude ser, se presentan como la aprensión de la naturaleza a través del arte, porque "Naturaleza [...] sólo es naturaleza" (p. 64), en el poema homónimo del libro, porque "La belleza sublime es arte sólo" (p. 59), y porque la naturaleza imita al arte.