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Decadencias

¿Tendrá lectores Montaigne?

El informe PISA acaba de sacarnos, otra vez, como uno de los países más incultos de Europa y con más bajo índice de lectores, especialmente entre jóvenes. Dejen los políticos de cualquier lado de decir qué «sabio», «maduro» y «prudente» es el pueblo español. Si es en la vida cotidiana, pase. Si se refiere a lo intelectual, chitón. Salva la élite de siempre (que probablemente encoge) el pueblo español -qué pena decirlo- es ignaro y obtuso, desde los ricos, con más culpa, hasta los pobres. Ignaro y obtuso. El número 37 o 38 del mundo…

Por eso me pregunto si tendrá lectores Michel de Montaigne («el señor de la Montaña» como lo llama Quevedo quien sí lo leyó) aunque igual podría preguntarme quién lee a Cervantes o a Baroja que siempre gozó del favor de los lectores, atravesando modos y modas. Es el caso que aunque muchas veces traducido al español aquí y en Hispanoamérica, la edición en un solo pero manejable tomo que acaba de sacar de «Los ensayos» Acantilado, con prólogo de Antoine Compagnon y traducción de J. Bayod Brau, es una apetecible ocasión de leer a uno de los padres del pensamiento liberal europeo. Usan la edición póstuma de 1595, en la que Marie de Gournay, además de cuidar el texto anterior pudo incorporar las muchas adiciones manuscritas que Montaigne había hecho en los márgenes de las ediciones primeras. ¡Qué festín azoriniano! Textos (con el rico tono digresivo que caracteriza al ensayo) sobre  «El dormir», «La virtud». «El arte de la discusión», «La vanidad» y tantas otras joyitas… Pero sin recurrir a casos más explícitos como «Defensa de Séneca y de Plutarco», dos de sus maestros, Montaigne todo está tan abarrotado de cultura clásica, que ello se vuelve una dificultad (y no chica) añadida para el romo y casi nunca humanista lector de hoy. Por ejemplo: «El arte de la discusión» cita a Platón en la tercera línea, y en la novena (y es un rico ensayo de al menos 20 páginas) ya está reforzando su decir con tres versos de Horacio. Plutarco aparecerá, como es de precepto, enseguida…

¿Cuánta gente sabe hoy no ya quiénes fueron sino que significaron nombres tan altamente elementales como Platón, Horacio o Plutarco? ¿Y para qué sirve eso?, exclamarán los aguerridos e hinchados gañanes de turno… Esta casi imposibilidad de leer hoy a Montaigne (aunque una editorial lo brinde idealmente para todos) es el resultado de una pésima política educativa que padecemos hace más de 20 años y con raíces profundas y viejas. Digámoslo a las claras, la cultura en general, los idiomas y las humanidades son, ahora mismo, la gran asignatura pendiente de la democracia española, cojitranca por ello, con las debidas excepciones. Un pueblo inculto no sabe pensar ( puesto que se piensa con el lenguaje) y un pueblo que no sabe pensar ni es verdaderamente libre, ni por tanto tiene acceso real -aunque lo parezca- a las virtudes de la democracia que son virtudes de libertad, opuestas en todo al estúpido y castizo: ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Un dicho de gañanes, por qué no usar el nombre… ¡Pobre Quevedo que instó a Baltasar de Zúñiga a traducir a Montaigne hacia 1634! Somos uno de los pueblos más incultos de Europa. Y eso que no he mencionado, en nuestro autor, las citas en griego. ¿Pero qué es eso?, berrean.


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