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Decadencias

Mishima, la derrota.

Va a hacer ahora (el 25 de noviembre) cuarenta años. Yo era un estudiante joven y lo recuerdo bien, porque fue una noticia de alcance mundial. Un famoso escritor japonés, Yukio Mishima, se suicidaba al modo tradicional, ante un general tomado como rehén, haciéndose el «harakiri», que es más exacto llamar «seppuku». Con una espada corta el samurái se eventra y luego un amigo ( para evitarle el dolor) lo decapita con una katana… Así se suicidó Mishima con 45 años.

Yukio Mishima -pseudónimo literario de Kimitake Hiraoka- fue desde sus comienzos un novelista prolífico, atrevido y brillante. De un lado parecía muy occidentalizado (como buena parte de la sociedad japonesa de posguerra) e incluso influido por corrientes simbolistas o decadentes del arte occidental, desde Baudelaire a Tennessee Williams, y así logró esa atrevida novela autobiográfica de 1949 que es «Confesiones de una máscara» -por cierto traducida ahora por primera vez del original japonés, no del inglés, por Rumi Sato y Carlos Rubio para Alianza- donde  aparece un joven decadente y morboso. Mishima hizo novelas de consumo (que han llegado menos a Occidente) pero también reinventó el teatro Noh y escribió es espléndida tetralogía final, «El mar de la fertilidad», cuyo último tomo -«La corrupción de un ángel»- llevó al editor horas antes de iniciar el ritual de su suicidio. Discípulo declarado del Nobel Yasunari Kawabata, si Mishima había aprendido de Occidente y hasta tenía el jardín de su casa adornado con falsas estatuas griegas, de otro lado conocía muy bien la tradición de su país, y creía que la occidentalización hacía que Japón perdiera su alma. Por eso recuperó a un clásico del «bushido» (el código samurái) como es el «Hagakure», un libro del siglo XVII, que comienza diciendo: «La vía del samurái conduce a la muerte.» Casado y padre de familia, pero con claras tendencias homosexuales, Mishima forma la «Sociedad del escudo» un ejército sin armas al servicio del Emperador (dice) del que saldrán sus favoritos y los dos jóvenes que le acompañaron en el «seppuku», aunque uno de ellos, Masakatsu Morita, de 23 años, falló al intentar decapitar a su amigo (Mishima) al que teóricamente ayudaba.

Los japoneses son viscerales con el caso Mishima, muchos lo detestan (pese a su enorme fama) y otros piensan, como el niponólogo Ivan Morris  -autor del hermoso libro «La nobleza del fracaso», también traducido ahora en Alianza- que no sólo es un episodio más en la noble línea de los trágicos héroes suicidas, que acaba oficialmente con los pilotos «kamikazes» de la 2ª Guerra Mundial, sino que es, además, uno de los grandes escritores japoneses de todos los tiempos, al que la singularidad exhibicionista de su vida y de su trágica muerte, ha opacado esa importantísima labor creativa. Es cierto, Mishima tiene algo asombroso y contradictorio, jugó al homosexual y al gánster, se hizo fotos llamativas mostrando un cuerpo culturista, tras una juventud delicada, reivindicó Oriente y Occidente y a la postre   -es la sensación que se suele tener- se halló en una especie de callejón sin salida, pero no le faltó el valor (el mucho valor) de llevar tanto teatro y tantas ideas -porque nada estaba ahí vacío- hasta sus últimas consecuencias. Su arenga patriótica ante los soldados que reían y su encuentro final con la espada y la muerte, tan queridas.


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