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Decadencias

Max Beerbohm, el dandy feliz.

Es fácil y difícil hablar de Max Beerbohm (1872-1956), el último de los decadentes británicos de los “nineties”, la época de oro y plumas de Wilde… Beerbohm escribió relatos, teatro, una novela, cuentos, conferencias y resulta que su obra es numerosa y breve porque solía publicar todo por separado, en ediciones bonitas, aunque terminara juntando los cuentos… Además fue un exquisito y refinado caricaturista y sus dibujos no se cotizan menos que sus escritos. Por ejemplo el librito (más fábula que cuento) que acaba de publicar Acantilado, “El farsante feliz. Un cuento de hadas para hombres cansados” se publicó como “The Happy Hypocrite” en Londres en 1897 pero más tarde se reeditó en su colección de cuentos “Seven Men” (1919), donde está sin duda lo mejor de su obra, por ejemplo el relato “Enoch Soames”, que tradujeron Borges y Bioy para su “Antología de la Literatura Fantástica”… Esa colección de cuentos y la frívola y refinada novela “Zuleika Dobson”(1911) es sin duda lo mejor de la escritura refinada, casi algo rococó a veces de Beerbohm que normalmente se dedicó a lucir su palmito entre Londres y Rapallo –al sur de Italia, en la divina costa amalfitana- donde oficialmente vivió desde 1910, cuando se casó con la actriz Florence Kahn. Unos dicen que en Rapallo la vida tenía un chic bohemio mayor que el de Londres y además era más barata. Otros que allí las infidelidades (si es que no era impotente) resultaban más ambiguas. Allá amistó con Somerset Maugham, otro oculto, pero  en otro estilo…

Porque Max era la elegancia del talle perfecto y el chaleco inverosimil, con la gracia de sus colección de caricaturas de veinticinco caballeros distinguidos ( por lo que fuera) que publicó en 1896 a la par que su primer libro escrito llamado con cierto gracejo “Las obras de Max Beerbohm”. “El farsante feliz” o el feliz hipócrita juega con el decadente tema de la máscara (caro a Wilde, a Lorrain y a otros estetas): Has de saber que la máscara es siempre más verdadera que el rostro. Y así cuando el perverso Lord George Hell (el apellido lo dice todo) se pone una sofisticada máscara de santo para conquistar a una chica piadosa, el libertino –no desvelemos más- culmina sin saberlo y sin máscara siendo un santo de verdad. No por ascesis sino por la virtud enmascarada, casi otro título. Frívolo, chispeante, amante de los salones, del “gossip” y de la sociedad refinada, la vida de Max (como la de Harold Acton) es de verdad las memorias de un esteta. Pero alguna vez le faltaba dinero, y así al filo de la 2ª Guerra Mundial tuvo que dar unas charlas en la BBC sobre su sutil mundo perdido que luego se transcribieron y editaron. Muerta su esposa y casi todos los que fueron sus amigos públicos o privados (sólo Maugham le sobrevivió pero eran otros modales) uno imagina sin dificultad a un viejito ingenioso y notable que como Boni de Castellane también pudo escribir “El arte de ser pobre” (sin parecerlo).


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