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Decadencias

Madame Du Deffand: lucidez y flagelo

Madame du Deffand fue ciertamente un personaje del siglo XVIII. No publicó ningún libro, y sólo fue conocida por ilustrados y nobles. (El concepto de «público» era altamente distinto al de la hoy). Al leer su biografía y sus textos – el espléndido libro de Benedetta Craveri, «Madame du Deffand y su mundo» (Siruela) – sentimos, claro está, que es del pasado. Un clásico de la lengua, del pensamiento y de la cultura francesa, como ya dijo Sainte-Beuve. Pero percibimos también ( con no se qué cruda tristeza) que, en otro sentido, parece un personaje del futuro: Su elegancia, su lucidez, su libertad íntima, comparados con la media actual, siguen siendo muy avanzadas, dirías que demasiado. En sus cartas a Voltaire ( al que admiró y criticó, al tiempo) se autodenomina, con suave ironía, «una mundana ignorante», pero Voltaire nunca dejó de tratarla como a una igual. Fue libertina, divertida, inteligente, caústica, y poco después de 1750 – cuando tenía 53 años – comenzó a quedarse ciega. Pero siguió teniendo un salón donde conversar, discutir, vivir una vida inteligente contra el tedio que el resto le suponía. Vivir en la inteligencia, sin desdeñar la carne. A ese salón acudió lo más célebre de París, desde D’Alambert hasta el joven novelista inglés Horace Walpole, del que la marquesa se enamoró. Walpole (excéntrico, narciso) se dejó querer, pero  no aceptó plenamente el amor de una vieja ciega. Ella – no sin algún arrebato de ira- lo entendió.

Nuestro  pensamiento diario, nuestro arte comunicativo, nuestra percepción de la vida como algo deseable pese a un fuerte pesimismo inteligente, no están aún al nivel de Madame du Deffand. Podrá decirse que no  nos importa la polémica de la ilustración (o de «las luces») aunque ello sea casi suicida en la bruta España todavía tridentina, y aún agregar que tampoco nos interesa cómo Mamade du Deffand  adivinó  que al sol de los filósofos ( de «les philosophes») le faltaba la sombra y la sangre trágica que el romanticismo aportaría, y que ella leyó y sintió en Wapole, el autor de la primera novela gótica, «El castillo de Otranto». Podemos mirarlo como pasado todo, lo cierto es que la mayoría actual – incluso la mayoría que ha cursado enseñanza superior – no está siglos delante de todo ello, sino que jamás ha ni siquiera olido el  nivel de Madame du Deffand, una existencialista «Avant la lettre».  Casi               muriéndose – realmente vieja- le escribió a Walpole esta hermosa frase serena: «No volveremos a vernos nunca, me echará usted de menos, pues da mucho gusto saberse amado». Vivió con los sentidos y la inteligencia; leyó, razonó. La vida de los galileos o nazarenos le importó poco. Es la Francia que muchos hemos amado. ¿Qué mundo vivimos ahora?.¿Porqué las máquinas son excelsas pero la inteligencia general es casi  toda limo?

 

                       

 

 


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