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La memoria no es nostalgia. José Caballero

Marian Madrigal Neira. Prólogo, José Manuel Caballero Bonald

Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2010. 371 págs.

 

Quienes conocimos, aunque fuera fugazmente, al pintor y escenógrafo José Caballero (1913-1991) teníamos algunas intuiciones entonces que esta biografía-estudio de Marian Madrigal Neira, que procede de una tesis doctoral (quizá por ello aún el exceso de bibliografía, más de 40 páginas) termina por confirmar y desvelar. Al onubense afincado en Madrid (como se diría entonces) José Caballero, nuestra malhadada Guerra Civil le hizo posiblemente más daño que a otros y marcó su vida entera. De joven tuvo la suerte de ser discípulo de Vázquez Díaz y de conocer de cerca y en directo la floreciente y libre vida cultural de la 2ª República. Amigo de Lorca, de Bergamín, de Alberti y de Neruda (con los dos últimos reanudó lazos desde fines de los 60) trabajó en «La Barraca» diseñando carteles, escenografías y vestuario. Como cercano amigo de Federico, este puso en sus manos los decorados del estreno de «Yerma» y del segundo estreno de «Bodas de sangre», además de ilustrar la primera edición (1935) del «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías». Es decir, con poco más de 19 años, José Caballero era una firme promesa de la pintura española, un abanderado del primer surrealismo de visos rebeldes y estaba en la compañía de los mejores.

Pero la guerra lo hundió todo, incluido al propio Caballero que se salvó luchando (más bien pintando) en el bando nacional, que no era el suyo, y pagando el precio en la inmediata posguerra de estar más de diez años sin pintar -trabajando para el teatro y los espectáculos folclóricos- al tener vetado el camino de antes. En los años 50 empieza propiamente su segunda etapa, aunque se le prohibirá  exponer en el extranjero por enemistad personal del mucho tiempo Comisario de Exposiciones del Ministerio de Exteriores, Luis González Robles. Pese a ello su éxito, paso a paso, fue creciente y abandonó el surrealismo y la figuración para entrar en diversas etapas experimentales, con un abstracto siempre lírico, desde  la geometrización o el informalismo matérico hasta las «sensitometrías» y el retorno a la obsesión por la muerte de Lorca  (con quien tan cerca había estado) o la recuperación del mundo poético de Neruda, a quien volvió a ver a menudo en París, y del que ilustró la hermosa carpeta «Oceana». También Bergamín y Alberti volvieron a ser cercanos amigos suyos en el Madrid ya de la Transición.

No hay duda, la carrera pictórica de José Caballero, del surreaalismo a la abstracción más varia, fue coronada por el éxito (nunca falto de dificultades) pero también por una suerte de general desubicación. No pertenecía plenamente al mundo de los que se exilaron, como Maruja Mallo, pero tampoco su abstracción estaba en la línea de los grupos avanzados de posguerra como «Dau al set» o «El paso», es decir, ni cerca de Tàpies ni tampoco de Millares.  José Caballero se movía en un universo semipropio, lleno de inquitudes y de aciertos, pero del que no fue capaz de retirar del todo (aunque se lo propuso) la nostalgia del universo perdido de su juventud y el sufrimiento familiar de la posguerra, pues su familia -por denuncias contra un tío suyo, médico y antaño masón- había sido exilada  a Fuerteventura en condiciones nada favorables. Quizá de haberse exilado (cosa que pensó, pero que no pudo hacer por atender a su familia) el destino y también la labor de José Caballero hubiesen sido muy otros. Pero resultó lo que resultó: un importante pintor plural y algo desubicado y esa contínua tentación (suya, de la crítica y del público) por retrotaer siempre cualquier hacer de Caballero al mundo feliz de la anteguerra y a su personal vinculación con Federico García Lorca.

El libro, de fácil y erudita lectura, da sin querer del todo, razón a cuanto digo. Pero sitúa al un tanto olvidado José Caballero en el lugar de mérito que sin duda es suyo por valer propio.  La autora ha utilizado además diarios y manuscritos autobiográficos del pintor (en buena parte inéditos) lo que otorga a la obra un añadido y notable valor documental. Un libro necesario.


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