Imagen de artículos de LAdeV

Ver todos los artículos


La homosexualidad griega

K. J. Dover. Prólogo de Michel Foucault. Trad. Juan Francisco Martos Montiel y Juan Luis López Cruces. El Cobre, Barcelona, 2008. 380 págs.

Entre los muchos libros que existen sobre la homosexualidad (básicamente masculina) en la Grecia clásica y helenística, el presente manual del británico K. J. Dover -nacido en 1920 y profesor en Oxford- se hizo un muy destacado lugar tras su edición primera en 1978 -hay otras posteriores, aumentadas, de las que procede nuestra traducción- precisamente por su método, que consiste en analizar los testimonios directos y fidedignos que de ese mundo nos han llegado, desde la literatura a las figuras         (por lo general algo anteriores) en cerámicas vasculares…

Partiendo de lo inmediato, casi diríamos de lo palpable, Dover hace un libro claramente erudito, pleno de citas y referencias, pero al tiempo ameno y sabio por la manera clara y nada pudibunda que posee al encarar el tema, que fue tan «espinoso» para muchos filólogos clásicos, sobre todo del siglo XIX. Además de las pinturas en ánforas y vasos, Dover parte de cuatro cuerpos textuales básicos: El discurso de Esquines «Contra Timarco» (que se había prostituido, siendo un ciudadano activo en la Asamblea de Atenas), la lírica arcaica y el llamado «libro II» de los poemas de Teognis de Mégara, dirigidos a Cirno. Los «Diálogos» platónicos, en especial los más tempranos (de «Lisis» a «El banquete») y los epigramas helenísticos tal como se recogen, por vez primera, en la famosa «Corona» de Meleagro -de hacia el 100 a.C.- y que abundarían más en época romana. Con tanto y tan poco (muy analizado y cotejado con piezas secundarias, como las de Jenofonte, al respecto)  Dover puede llegar a múltiples y detalladas conclusiones, que todavía sorprenderán a algún lector   -aunque el tema salió hace tiempo de los «infiernos» al que otros querrían gustosos devolverlo- que asume el actual y equivocado sentido de la voz «pederasta», tan distinto (sobre todo en violencia y edad) al uso griego.

La homosexualidad masculina fue muy natural en la Grecia clásica -y más vital incluso en la helenística, menos codificada- aunque había maneras y modos que variaban de ciudad en ciudad. Si Esquines ataca a Timarco (al que defenderá un más joven Demóstenes) no es porque se haya prostituido y menos por gustar de las relaciones homosexuales, lo ataca porque estaba prohibida la prostitución a ciudadanos con cargos o participación en la vida pública. En Atenas se prostituían (y estaban censados) ciudadanos sin particular significación y sobre todo extranjeros. Poco misterio.

Gimnasios y palestras (lugares de educación, desnudez, juventud y ejercicio) se llenaban de muchachitos guapos («erómenos», amados) solícita y a veces tenazmente perseguidos por los «erastés» o amantes, más mayores. Si se veía «buena intención» en el erasta, el problema se dirimía en una cacería amorosa (de ahí los símiles venatorios, a los que los griegos eran tan aficionados) sin que, como es natural, sepamos siempre donde terminaba el camino, o hasta donde llegaban las dádivas de amantes y amados. Por supuesto podía tratarse, a veces, de meros amores mentales, cariñosos y pedagógicos, pero otras muchas veces todo culminaba en la realización sexual (coito anal o intercrural) en el que el joven era inicialmente pasivo y el mayor activo, claro que si la relación continuaba podían volverse las tornas, del modo mismo que al hacerse mayor -una vez dejado de ser joven, «neanías»- el antiguo pasivo se volvería activo con otro «paidiká» o muchacho. La diferencia de edad y rol eran muy importantes para el funcionamiento normal de la homosexualidad griega, entendiéndose como una suerte de «vicio» (tolerado) la unión entre adultos o de similar edad, a no ser -cosa poco frecuente- entre jóvenes. El cortejo o las relaciones (que podían tardar) comprendían, en la edad del menor, desde su nubilidad hasta los 20 o 21 años. Luego ya eran hombres. El tan habitual término «efebo» aludía casi exclusivamente al chico de 19 años. Los antiguos acudieron a más jovencitos, en la época helenística parece ser más apreciada la efebía…

El libro está plagado de interesantes ejemplos, matices y reproducciones cerámicas, que (con distingos y cautelas) enseñan como natural lo que para los griegos fue natural. ¿No eran modelo de amor, Harmodio y Aristogitón, los venerados tiranicidas, que libraron a Atenas de ese absolutismo? Alguno se podrá preguntar qué ocurría con los feos, pues todo está lleno de «hermosos», pero es que la cultura griega clásica -y algo ha heredado nuestro hoy publicitario- perteneció rabiosamente al elitismo.


¿Te gustó el artículo?

¿Te gusta la página?