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Decadencias

Javier Marías y su éxito

Sin duda Javier Marías es apreciado -y mucho- en España. Pero quizá su talante solitario y el hecho de que la mayoría sepa que su éxito en algunos países europeos  (Alemania, por ejemplo) es mayor aún que en España, produce aquí un mohín frecuente de rareza y porqué no decirlo de envidia, sana e insana.

             Es lo cierto que Javier Marías (como muchos de nuestra generación) no inició su carrera literaria pensando en el éxito comercial, porque en los años 70, el éxito de minorías -lo que lo franceses llaman «succès d’estime»- era mucho más apreciado y querido que el bestsellerismo. En las veladas (que tan remotas me parecen hoy) del pub «Dickens», en Madrid, Juan Benet -querido y respetado por el joven Marías- declaraba feliz y socarrón  a cuantos quisieran oírle, que él era el novelista que menos vendía en España. El autor de «Volverás a Región» nunca tuvo un éxito general, pero se movió siempre entre el hondo respeto de casi todos los mejores, incluso de mayores como Rosa Chacel quien no dudaba en afirmar que Benet era su novelista favorito, y el mejor, aunque no hubiera logrado acabar ninguna de sus novelas. Rosa lo decía totalmente en serio, y a Benet -se la conté yo- le encantó la anécdota.

En ese clima de altas minorías, es normal que (en lo íntimo) el primer sorprendido de su éxito fuera el propio Javier Marías, que si -como todos- pudo buscar reconocimiento, sus amigos sabemos que no movió un dedo por ese éxito grande, que arrancó  de la que ahora mismo parece la novela-núcleo de su mundo, «Todas las almas» (1989). Desde aquella novela oxoniense su éxito no ha hecho sino crecer, y a mi entender, merecidamente, al internarse en una novelística honda, que no desdeña ninguna sinuosidad, el placer de las curvas, sin tener que hacer malabarismos seudovanguardistas de ningún tipo.

                   A quienes somos amigos suyos de antiguo a veces nos preguntan si Javier Marías es tan antipático como parece. No diría yo que Javier no tenga un pronto serio, pero con sus amigos es lo contrario de antipático, grato y delicado. Y reidor, además. Algunas historias próximas, en una cena tranquila, suelen concluir en felices risotadas. Por mi parte -y como viejo amigo- me alegro del éxito de Javier y lo envidio. Y él sabe que lo envidio sobre todo por una cosa, porque ese éxito ( y foráneo por más señas) le ha hecho aquí absolutamente independiente.  Puede  decir  que no a todos los «bolos» y cuchipandas, y ello es -sin duda-  un privilegio. Pero no dudo de que Marías -irónico como es- aceptará la duda de Stevenson cuando se preguntaba qué era lo que había hecho mal para haber tenido tanto éxito. Hablábamos de envidia sana, por supuesto.

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