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«Historias lúcidas» de Eugenio d’Ors

Introducción y selección de Xavier Pla. Fundación Banco Santander, Madrid.  397 págs.

 

La mayoría de los lectores saben ( lo hayan leído menos o más) que Eugenio d’Ors  (1881-1954) fue ante todo un pensador que, como Ortega pero de otro modo, se quiso un forjador y preparador de minorías, un hombre seducido por la mediterraneidad del arte y la estética, un cuidadoso e incluso a veces un prosista no ajeno al manierismo, pero pocos lo ven como un narrador, aunque suela no olvidarse citar entre sus libros “La Bien plantada”, publicada primero en catalán y luego en castellano,  en 1911. Sin embargo todos sabemos que d’Ors escribió casi siempre en prosas breves y agudas que tienden al ensayismo, su “Glosario” y a veces no recuerdan que su obra narrativa se publicó primero (aunque luego se recogiera en libro) en forma de glosas continuadas. Eso (como ve bien Xavier Pla) da al conjunto un tono de fragmento de propensión ensayística aunque haya algo de relato, que nos hace pertinentes dos observaciones. Una del propio d’Ors cuando escribió: “Yo no sé narrar”. Y otra que dice el prologuista: que el maestro catalán “publicó narraciones y novelas, dobladas de ensayos”. Eso es plena verdad y lo hubiera alejado quizás en exceso del público, de no haber publicado sus textos en años que  distintas vanguardias y experimentos modernos cuestionaban el arte de la narración (rompiendo, por ejemplo, su linealidad) al tiempo que la glosa/fragmento podía verse como una novedad en el modo narrativo, acaso no del todo ajeno a la célebre “deshumanización del arte” orteguiana…

No sé si todo el mundo vió claro al narrador Ors trufado de ensayismo, pero existir existía y tiene un peculiar encanto. Bajo el rótulo “Historias lúcidas” (porque d’Ors quiso siempre dar prioridad a la razón) se recogen ahora algunas de las más brillantes “novelas” de d’Ors –antes siempre glosas- dejando de lado “La Bien plantada”. Estas historias van desde la más larga y mejor “Sijé o del secreto de unas vacaciones” que se publicó entre 1928 y 1929,  pasando por cuatro más que culminan con la más triste y no poco reaccionaria de todas “Aldeamediana” de 1942, dedicada al mariscal Pétain… “Sijé” (que es Psique, el alma) es otra encarnación simbólica de una joven mediterránea, con sus toques andróginos, que vive unas vacaciones veraniegas en la costa ligur, al lado de una pandilla de refinados intelectuales cosmopolitas entre los que no es difícil ver al autor y a su famoso heterónimo “Octavio de Romeu”.

Entre estos relatos en los que nunca deja de primar el ensayismo, cierta voluntad de estilo refinado y el toque mundano, destaca también (aunque es más conocido y más ensayístico) el tan bien titualado “Oceanografía del tedio”, uno de los mejores títulos del catalán antinacionalista y exquisito.

Pero ¿qué ocurre con d’Ors? ¿Porqué no lo terminanos de ver como un clásico interesante, muy culto y forjador de elites?  Porque en d’Ors (esto no lo dice Pla) todavía hay una íntima y huera disputa entre el autor novecentista que empezó escribiendo en catalán –siendo el ensayista catalán más brillante de su tiempo- para convertirse, en torno a 1920 y hasta el fin, en un brillante ensayista en castellano que apoyó además –con su tono civilizado, eso sí- el alzamiento de Franco y murió en olor de santidad de la derecha más españolista… Sí, esas cosas siguen pesando en el mundano d’Ors, no podemos olvidarlo. Pero también (más literariamente) el hecho de que flirteó siempre entre las vanguardias, que quería, y un cierto y sólido espíritu reaccionario,  lo que siguiendo al crítico francés Antoine Compagnon, haría de d’Ors un “antimoderno”, en su uso terminológico, alguien que, a la par apostaba resueltamente por lo nuevo, pero también por lo contrario, que en d’Ors sería su vocación “chic” de clásico cosmopolita. “Un hombre interesado por la vanguardia, pero también permanentemente situado en la retaguardia de esta misma vanguardia”. En efecto, este es el d’Ors narrador que vamos a ver en estas novelas/glosas (y que no son las únicas, recordemos también “Lidia de Cadaqués”) en las que siempre hay que tener delante la voluntad simbólica del conjunto, el amor por la prosa decorada (que no sólo decorativa) y el eje básico de que, aunque narrara fragmentariamente, Eugenio d’Ors nunca pudo ni creo que quisiera dejar de ser un pensador archiculto, un elegante forjador de minorías que se empeña –más a la derecha que Ortega- por elevar la categoría mental e intelectual de su pueblo español, que pasaba por momentos esperanzados, brillantes y oscuros al mismo tiempo. ¿D’Ors narrador? Peculiar, fragmental, pero obvio.

 

 


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