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Decadencias

Genet, la belleza delincuente

Jean Genet (1910-1986) hubiese cumplido este diciembre cien años. Pero murió con 75 y cuando llevaba mucho tiempo sin escribir, regalándonos una obra póstuma pero inacabada que fue «El cautivo enamorado». Genet ha sido uno de los grandes malditos de la literatura del siglo XX, cuyo valor no hay que buscar sólo en el malditismo sino en la extraordinaria calidad lírica de su prosa, en aquellas novelas (ahora reeditadas), desde «Nuestra Señora de las Flores» (1944) a «Diario del ladrón» (1949) que marcan el esplendor de la escritura genetiana: el canto a la delincuencia, al mundo marginal y repudiado, a la homosexualidad aún maldita, la glorificación de chaperos, travestis, chulos, truhanes de toda laya. Lo que Genet había sido en su juventud y lo que tuvo que dejar de ser (aunque no mentalmente) cuando Cocteau y Sartre le hicieron perdonar y lo encumbraron a un estrellato que nunca le abandonó en adelante.

       La pregunta es evidente y necesaria: ¿Podría haber hoy un Genet? Sí, porque pese a la corrección política, muchas de las cosas que él cantó siguen prohibidas o malditas. Pero el Genet de hoy tendría que tener otras estrategias y no sabemos cómo evitaría ser «asimilado». Genet lo hizo, huyendo y apoyando las causas más rebeldes, desde la de los «Panteras negras» en EEUU hasta la  lucha de los palestinos. Hoy tendría que ser más rebelde todavía y poner a prueba la famosa capacidad asimilatoria del sistema. Quizás en lugar de dejar de escribir tendría que escribir cosas aún más fuertes sin merma de la belleza del estilo, que según algunos  construyó hablando del lumpen y de la traición con el estilo aurisecular de Racine o de Boileau, a quienes había leído en la cárcel. Quizás el Genet que no existió del todo haya quedado en sus piezas finales, breves y dispersas, que ahora ha traducido la editorial errata naturae, hablo de sus artículos ocasionales y entrevistas recogidos en el tomo «El enemigo declarado» y de dos textos breves (uno hecho para la radio, aunque no se emitió) como «El niño criminal», una amorosa defensa poniéndose en su piel de los chicos de los antiguos «correccionales» que ahora -dice Genet que con hipocresía- la sociedad bienpensante llama «centros de reeducación». Son textos breves de la medianería de los 50 cuando la narrativa genetiana ya se había cerrado y el teatro lo haría muy pronto. Ya dije: sólo quedaba oculta e infinida la sorpresa de «El cautivo enamorado». Genet no quiere que la homosexualidad se normalice, no quiere que los delincuentes dejen de serlo, nuevo Luzbel anhela (como los cátaros) otra creación. Un mundo distinto, donde todo se hiciera de nuevo y la libertad y la igualdad de un hombre luminoso, sin poder ni bancas ni burguesías familiares, fuera esa «vida» que él sólo encontró en los márgenes y con muchachos márginales como Abdallah el funámbulo o Jean Decarnin, muertos jóvenes a los que no olvida, y a quienes quiso tanto como al escultor Giacometti, una de sus pocas debilidades. Genet sigue valiendo por dos cosas, aunque la transgresión haya mudado: porque nos pregunta si cesar sobre el papel social de los humillados y ofendidos de cualquier especie, y porque esa pregunta está envuelta en relatos de una sobrecogedora belleza literaria. Es decir porque vistió de príncipes a sus parias sólo con el oro de la literatura, con el fulgor iluminante del lenguaje…


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