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Domingo Rivero, melancólico en tono menor

Domingo Rivero, «Yo, a mi cuerpo». Presentación de Francisco Brines. El Acantilado, Barcelona, 2006. 61 págs.

 

La portada de este novedoso, sorpresivo librito, nos muestra la foto de un decimonónico joven barbado, no mal parecido. Es el abogado y poeta canario Domingo Rivero, que en ese momento (1872), con levita y aire tardoromántico, está en Londres y tiene 20 años. Los poemas que leeremos a continuación, de este español insular del que yo ignoraba todo (y que Brines introduce en un prólogo cálido y lírico) nada tienen que ver, en principio, con el joven de la portada, pues Rivero -de modesta vocación tardía- empezó a escribir hacia 1900 y sólo publicó poemas en revistas dispersas, antes de su muerte -con 77 años-en 1929, y nunca un libro en vida. Lo que ahora se nos ofrece como un descubrimiento fuera de Canarias (donde sí estaba editada su obra,   como «En el dolor humano») es una antología bajo el título de su más célebre soneto «Yo, a mi cuerpo», de los mejores pero no necesariamente el mejor. La obra de un hombre que se siente pobre y viejo («y pobre y solo espero el sueño de la muerte») escrita, sobre todo, en la década de 1910 y comienzos de la siguiente… En los treinta y seis poemas que se nos ofrecen            -siempre con rima consonante, muchos sonetos- vemos a un hombre solitario, doliente y muy melancólico, que pareciendo no esperar nada de la vida («en esta lucha estéril por la vida») posee, sin embargo, el raro vitalismo de los vencidos.

Su tono mezcla un vago fondo de tardío romanticismo (un Bécquer menos alado) con un modernismo atenuado, poco esteticista, y finalmente ese amor a lo sencillo, a las cosas gastadas («Humildes muebles míos, gastados por el uso»), a la melancolía como compañera que nos recuerda siempre el ideal no alcanzado o perdido, los hijos muertos, las ilusiones derrotadas, la prosa de lo rutinario, que son características básicas de lo que se ha dado en llamar posmodernismo, y que tuvo en la obra del francés Francis Jammes un claro referente. No, Domingo Rivero, aunque solitario, no estuvo literariamente solo. La poesía de Alonso Quesada, en las islas, y la peninsular de  Andrés González-Blanco, Fernando Fortún o Ángel María Pascual, entre tantos, como los argentinos Evaristo Carriego o Francisco López Merino, le son muy próximas, lo que no quiere decir que las conociera. Sí sabemos que leyó a Unamuno (le dedica un sobrio camafeo de idea parnasiana en su destierro en Fuerteventura) y desde luego, al mucho más lujoso Tomás Morales, que fue su amigo, y sobre el que escribe tres poemas al menos. Además traduce bien un célebre soneto («The soldier») del inglés  Rupert Brooke, imagen del bello mártir joven en la 1ª Guerra Mundial, un soneto intimista y patriótico. Porque -aunque algo al bies- en la poesía del viejo Rivero también aparece la preocupación española, un claro desdén por la dictadura de Primo de Rivera y por ese tiempo para él ( que fue romántico) sin energías. Por ello recuerda -en otro camafeo sobrio- haber conocido en París al libertario Fermín Salvochea (tan mentado por Baroja) y evocando su imagen de «apóstol y soldado», la contrapone a «esta España sumisa y soñolienta». Sin fe, con escasa esperanza, modesto, pobre, amante de las cosas usadas y sencillas, la humanísima, cálida y clara poesía de Domingo Rivero, nos descubre nada menos que un corazón fraterno, un hombre a la altura del hombre, y desde luego a un notable poeta posmodernista -todos se querían sencillos y menores- al que será ya imprescindible recordar en las antologías. Feliz encuentro.


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