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Decadencias

Connolly, el crítico sibarita

Suele haber mala opinión de la crítica literaria, sobre todo entre los escritores. Si no se trata de grandes monstruos de erudición o ideas o de otros escritores que llanamente manifiestan sus gustos, el crítico digamos «puro», termina siendo visto como un resentido, un fracasado en cualquier rama de la literatura ( un impotente, a menudo) que calma sus bilis lanzado dardos contra cualquiera que tenga opciones de destacar… No, no voy a entrar en tan acre polémica, porque a veces me veo -con disgusto- en ambos bandos (a un creador no le favorece hacer crítica literaria, aunque le guste). Iba simplemente a atestiguar que uno de los más famosos críticos anglosajones del siglo XX, Cyril Connolly          ( 1903-1974), tocado cierto es de un fino aura de creatividad, no tuvo empacho en declarar -contra los biliosos- que él se sentía un escritor frustrado y sobre todo un poeta que no sabía hacer poesía, como no fuese algún epigrama de ocasión.

Lumen ofrece estos días un espléndido tomo -«Obra selecta»- que recoge lo mejor de Connolly, por lo general ya editado en español pero de modo disperso, y no siempre fácil de encontrar. Es el caso que en  1936, Connolly publicó su única novela «The rock pool» (traducida al español como «En el fondo del estanque») y la obra no le satisfizo. Como era un hombre muy culto, de esmeradísima formación humanista, rigurosa educación intelectual ( de las que ya no hay) y por lo demás buen vividor y exigente, no se conformaba con las medianías. Se hizo pasar por un gran lector, perezoso para escribir, degustador de platos, vinos, libros raros y selectas mujeres, y en ese orbe de refinamiento y sibaritismo, Cyril Connolly -entre cientos de artículos, a menudo muy brillantes- produjo dos clásicos de la crítica creativa: «Enemigos de la promesa» (1938) y  «La tumba inquieta» (otras veces traducido como «La tumba sin sosiego» ,1944) donde mezclaba la autobiografía con la crítica, en un sentido muy genérico, y desde luego, hacía espléndida literatura culta. Literatura sabia y amena.

        Exquisito, «gourmet», gordo de buenos trajes y selectas ginebras, Connolly dedicó el resto de sus días (muy prestigioso por su pasado y su irónica autocrítica) a sestear magníficamente en columnas de periódicos y revistas, buscando sólo la mejor literatura. No es casualidad que su último artículo se titulara: «La poesía, mi primer y último amor». El lector tiene en el citado tomo buena parte de lo comentado (no la novela) como prueba de que un crítico puede ser un escritor excelente, sin machacar distinciones o como suelen otros sin ser las porteras mayores del gremio, con todo respeto hacia las genuinas porteras. Thibaudet lo dijo: «La crítica es sólo literatura sobre literatura». A Connolly le quedó nostalgia, pero no chapuzas de corazón ni mala idea. Que aprendan.


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