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Celebrando a Endimión.

(En los días de las noches largas, las noches que domina la Luna, hay que celebrar a Endimión, al joven hermoso al que ella no dejó de amar. Es el amor que espera belleza y tacto, un amor o deseo de inmensa sensualidad, que espera sin esperar y que conoce la eternidad y verdad de la Belleza. El texto que sigue está tomado de mi libro «Diccionariode mitos clásicos para uso de modernos», Gredos, Madrid, 2011. Se lo dedico a quienes saben que Belleza y deseo mueven il sole e le altre stelle.)

Pastor o cazador (por uno u otro motivo acompañado de perros) que tenía su gruta y cobijo en el monte Latmo, en Caria, Endimión (Endymíon) era hijo de Aetlio y de Cálice, aunque posteriormente algunos llegan a atribuir su paternidad al mismo Zeus. Era un muchacho muy hermoso del que se enamoró la Luna (Selene) mirándolo dormir en su cueva. Todas las noches, se dice, Selene detenía su carruaje y se paraba a besar a Endimión dormido. Fascinada con tan dulce belleza, Selene pidió a Zeus la eterna vida y la eterna juventud (no le pasó como a Eos) para Endimión, que así continuaría eternamente bello y dormido. El bello durmiente, nunca mejor dicho.

Por su vinculación con la noche, la tardía Antigüedad hizo de Endimión uno de los primeros astrónomos.  Pero Endimión estuvo esencialmente vinculado con la muerte, puesto que el hecho de ser preferido o elegido por una divinidad, significaba morir. Por eso fue frecuente su representación en los sarcófagos, como en el famoso romano del Palazzo dei Conservatori o el que se encuentra en el Louvre de París, ambos del siglo II.

En la Antigüedad el mito de Endimión, más o menos por extenso, está en muchas fuentes: Desde la “Biblioteca” de Apolodoro  a Apolonio de Rodas, pasando por Cicerón (“Disputaciones tusculanas”), Nono o Luciano, entre otros.  Así por ejemplo Catulo, que alude al mito en los primeros versos de su versión de “La cabellera de Berenice” de Calímaco: “cómo el dulce amor/aparta a Trivia de su itinerario/ celeste, retirándola/secretamente bajo aquellas rocas/ de Latmos…”

El tema ha sido, asimismo, múltiplemente tratado en la poesía y en la pintura desde el Renacimiento: Cima da Conegliano, Carracci, Rubens, Poussin, Lucas Jordán  hasta “Diana y Endimión” de Watts (1873) pasando por el magnífico cuadro de Girodet (1792), “Luna visita al durmiente Endimión”, excepcional obra neoclásica donde la belleza del dormido muchacho desnudo bajo la luz lunar, adquiere una sensual textura mórbida, mientras el can mira o ladra a la intrusa.  Nuestro también neoclásico poeta Vicente García de la Huerta tiene un “Endimión, poema heroico” (1734)  y el gran Keats tiene otro “Endymion” (1818) así como hay un poema de Oscar Wilde con el mismo título. En este caso me voy a permitir, sin embargo, citar un poema propio, “Endimión” que está en mi libro “Huir del Invierno” (1981): “…Yo sé que nunca/ sabrás que existo, aunque alguna vez, mirando/al cielo, tus ojos me sonrían. Yo sé que muero/en ti estéril por dos veces. Pero estoy condenada/a desearte siempre, portentoso muchacho. Fuerte,/vana, equivocadamente, quererte todavía…”

Endimión ,desde hoy, puede conducirnos fácilmente a una imagen del voyeurismo o quizás aún más precisamente a la idea (tan habitual en la contemplación actual de modelos perfectos) de la belleza inalcanzable. Beldad que uno puede ver en múltiples imágenes y películas, pero que el espectador o espectadora sabe que, con toda probabilidad, no le pertenecerá nunca. Las chicas de instituto que llevan en su carpeta pegadas las imágenes de sus ídolos juveniles, son las nuevas Selenes besando en la soledad de la alcoba o entre sus amigas, al Endimión de turno, por naturaleza imposible. (El arte mueve y transforma el mito, hacia nosotros, sin cambiarlo ni mudarlo esencialmente, pero -al fin- lo geminiza, lo revuelve levemente, lo transforma. Y Endimión permanece).


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