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Amy Lowell, refinada y exótica

Es posible que las señoras cultas y ricas (lésbica para más señas en este caso) no parezcan las más predestinadas al éxito literario, pero Amy Lowell (1874-1925), millonaria de Massachusets, lo tuvo, no sólo porque poseyó un delgado y agudo olfato literario    -lo que podríamos llamar moderno «buen gusto»- sino porque, además, decidió sin alharacas hacer lo que quería, pese al puritanismo de la época: Vivir con su amiga en una de sus posesiones familiares, Sevenels, que se ha utilizado para el título de esta antología bilingüe. Primero viajera y poeta romántica (no hay duda de que el dinero ayuda también) a partir de 1909, Amy se convierte en Londres -adonde había llegado con chófer y criadas, como hizo aquí Victoria Ocampo-  en una de las más destacadas poetas y promotoras del «imaginismo», la vanguardia que comenzó liderando Ezra Pound, con la antología (sólo el título en francés) «Des Imagistes» de 1913. Poco a poco Amy se apoderó tanto de ese estilo de poemas basados en imágenes sueltas (la imagen es la apoyatura toda del poema) y del mundo japonés que frecuentemente estaba detrás, como notoria fuente de inspiración, que Pound -ya de retirada- llamó al «imagisme», «amygisme»… No estaba mal. Díganlo sino libros como «Imágenes del mundo flotante» (1916).

Amy Lowell (tía, por cierto, del luego gran poeta Robert Lowell) logró una poesía extraordinariamente refinada y sensible, basándose básicamente en imágenes concatenadas: «¡Oh tú, mi coronada de narcisos,/esbelta y sin sandalias!»(…) Mayor que H.D. (otra importante imaginista), sería sumamente atractivo comparar los mundos de estas mujeres tan modernas y tan cercanas. Sin genio, pero con una magnífica belleza poemática.

Hasta donde sé (y fuera de antologías generales o parciales) Amy Lowell no ha sido casi nunca traducida en España. De ahí la pertinencia de esta antología que muestra el buen hacer y la libertad de una millonaria, en absoluto tonta. Una poesía atrevida y atractiva para modernos y para feministas, por caso.


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