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Altolaguirre, Manolito

Confieso que, aficionado como soy al timbre de alerta que los centenarios suelen ser, pocos me han resultado tan peculiares como el que, aún celebramos, de Manuel Altolaguirre, el poeta malagueño y el más joven de la ya mítica Generación del 27. ¿Porqué lo raro o incómodo de mi mirada? Pues porque, normalmente, los centenarios o tienden a remediar un olvido (a veces muy evidente)  o ha sancionar una reciente y justa revalorización -Cernuda- o a festejar un laurel ya ha mucho tiempo ceñido: digamos García Lorca. Y el estupor viene de que Altolaguirre no esté en ninguna de esas categorías, estando un poco en todas ellas.

Muerto en un accidente de automóvil, junto a su esposa mexicana, cuando volvía del Festival de Cine de San Sebastián, en julio de 1959, con 54 años recién cumplidos, uno diría -a botepronto- que Manuel Altolaguirre fue un poeta con suerte porque su nombre siempre ha estado en la nómina estelar del 27. Poeta-impresor, en buena manera aglutinador de su generación en publicaciones como «Litoral», «Héroe», «1616» (hecha en Londres) o «Caballo verde para la Poesía», su nombre y hacer editorial brilla tanto como oscurece su obra. Serían muchos los lectores que si se les preguntara, ahora mismo, díganme el título de un libro de Altolaguirre, se quedaran en blanco. ¿Ni siquiera «Las islas invitadas», que él reiteró? Ni siquiera…

En un poema de su último libro (1962) «Desolación de la Quimera», que se titula «Supervivencias tribales en el medio literario», Luis Cernuda, que siempre fue amigo de Altolaguirre, atribuye buena parte del olvido de la obra y del poeta (entonces quizá menor que ahora) al hecho, propiciado por el hombre, de que Manuel Altolaguirre fuera un tipo simpático y buena persona, que posaba de eterno joven divertido. De ahí el nombre por el que todos le conocieron, «Manolo», «Manolito», lo que para Cernuda (más agrio) no era sino una inveterada costumbre española, que bajo apariencia de simpatía, rebaja al aludido. Puede que haya ahí algo de verdad en la peculiar preterición de Altolaguirre, pero desde luego, no toda. Siempre recuerdo que una vez, siendo yo muy jovencito, Vicente Aleixandre (que también tenía un recuerdo encantador de Altolaguirre) me preguntó si Manolo y Emilio Prados eran aún leídos por la juventud del momento. Yo le contesté que no -lo que era cierto- porque, entre otras cosas, hacia 1972, no había libros de Prados o de Altolaguirre en el mercado, o eran editados en México, y por eso no fáciles de conseguir. Ante mi respuesta, y con aire de fastidio, me replicó Aleixandre: «Es una lástima, porque eran los dos tan simpáticos…»

Probablemente a Aleixandre, sin querer, se le escapó un juicio de valor, más extendido de lo que solemos creer. Si Prados y Altolaguirre nunca han faltado de la nómina sacra del 27, ello se debe más a su cercanía amistosa con los grandes (Altolaguirre, además, impresor, editor) que a su estricta poesía. En otras palabras, Vicente me estaba diciendo que aquellos antiguos amigos, ya desaparecidos, pero tan queridos por él, eran (qué íbamos a hacerle) «poetas menores», etiqueta que tanto gustaba a Eliot, pero que no siempre se usa con altura o justicia. Sin explicitarlo, Aleixandre colocaba a Altolaguirre, entre la nómina del 27 que se cita o no -según alcances- como Juan José Domenchina, Ernestina de Champourcin, Concha Méndez (mujer de Altolaguirre) o José María  Hinojosa. No diré Juan Gil-Albert o los canarios de «Gaceta de Arte», porque implican otros problemas o perspectivas.

Yo no afirmaré que la obra de Altolaguirre (o de Prados) me parezca de tan absoluta primera fila como la de Lorca, Cernuda, Aleixandre, Guillén e incluso buena parte de la de Salinas o Alberti. Pero es más que probable que a su modo, siempre delgado, la poesía de Altolaguirre sea parangonable con la de Dámaso Alonso o aún con la más plural de Gerardo Diego. De aquí la singularidad de este centenario, que no tiene que rescatar un nombre (bien conocido) ni validar un laurel que el poeta nunca tuvo del todo, sino que debe simplemente- y es mucho- dar por fin a leer la poesía de Manuel Altolaguirre, para que expertos y lectores la juzguen, cosa que hasta ahora no han hecho con certeza o plena conciencia. Ahí es nada. Quizá lo básico de todo centenario: que el autor se lea o se relea, con la aludida perplejidad en el caso del muy nombrado Altolaguirre, de que esa lectura va ha hacerse hoy por vez primera. Todo un reto tardío.

 (Como sea, la Fundación José Manuel Lara, ha puesto en la calle, revisada de nuevo, la edición de James Valender de las «Poesías completas -y otros poemas-«de Manuel Altolaguirre. La hora del lector, evidentemente).


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