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ZURBARÁN, REDESCUBRIR AL GENIO

(Este artículo se ha publicado en la revista Bonart)

El Museo Thyssen de Madrid expone una gran antológica de Francisco de Zurbarán. Y las comisarias lo hacen ya desde la idea actual que se tiene del maestro, que procede más de Francia e Inglaterra que de la propia España: Zurbarán es uno de los grandes pintores europeos del siglo XVII. Un pintor sobrio y elegante, lleno de talento y originalidad. Amigo personal de Velázquez  (que era sólo un año más joven) pero únicamente comparable en altura y texturas al mismo don Diego o al Greco. La España imperial y contrarreformista de su tiempo, apreció indudablemente a Zurbarán, pero acaso no llegó a notar su genio. Era un notable pintor que recibía encargos de órdenes religiosas  (dominicos, mercedarios) lo que marcaba una parte importante del tono de su pintura llena de santos y frailes. Pero está además el excelente Zurbarán de los retratos  y el de los bodegones o el de esas santas  (como “Santa Dorotea”) que algo tienen de pulcras y sobrias damas de corte.

Francisco de Zurbarán nació en un pueblo de Badajoz, Fuente de Cantos,  el 7 de noviembre de 1598, donde su familia vivía bien. Ya pintor (con la sabiduría de Caravaggio, aprendida  en Pacheco) se instala en Llerena, en la misma provincia, donde tuvo su primer célebre taller. Dos detalles que que son y no ornamentales: no ha lugar buscar la tumba de Zurbarán, que no se conserva.  El pintor vivía ya en Madrid donde había contribuido a decorar  el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, con sus “Trabajos de Hércules”, 1634, siendo este un campesino  fornido. Y en Madrid murió en agosto de 1664 –aún en plena producción- y fue enterrado  en el convento de Copacabana. Hasta ahí no hay duda, pero cuando a mediados del siglo XIX, la desamortización de Mendizábal pone fin al convento, los restos de Zurbarán se pierden para siempre.  De otro lado (y parecen antípodas) cuando Andy Warhol visita –a su manera- el Museo del Prado a principios de 1983, lo que más buscaba y le interesaba diré, era la obra de Zurbarán. Compró varias postales con el célebre “Bodegón de los cacharros” (1633).

Después de Llerena, donde pintó su particular “Cristo en la cruz” (1627), una de sus primeras grandes obras, se trasladó con su taller a Sevilla, donde conoció y amistó con Velázquez y  Alonso Cano. Allí trabajaría, entre otras cosas, los encargos múltiples de los dominicos de San Pablo el Real.  Aunque de ahí vengan obras tan notables como el “Agnus Dei”  (1632) también llamado en alguna copia “Carnero con las patas atadas”, o el impresionante en planos geométricos, “San Francisco de pie, contemplando  una calavera” (1635), la ida a Madrid para trabajar para la Corte –acaso por indicación de Velázquez, aunque era conocida la maestría de Zurbarán- le permitía a este desligarse de tantos encargos monásticos, que realizó sin embargo con tanta brillantez.  Es la época de las santas  (Isabel de Portugal, Águeda, Margarita) plenas de una elegancia refinada que parece ir más allá de la santidad, y de los retratos  (“Fray Hernando de Santiago” es uno de los primeros) que elevarán su prestigio y fama. El romanticismo –incluido el poema de Théophile Gautier, que lo adoraba- extiende la leyenda de los monjes “que se deslizan silenciosos sobre las losas de los muertos”. Pero hoy sabemos (en la pluralidad de la obra del artista) como fue capaz de trascenderlo y usarlo todo para sí, como los genios.  Véase “Santa Casilda” o “Los desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría”. Un gran maestro, redescubierto afuera.


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