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Vida y origen de las palabras (“Etimologicón”)

(Este artículo ha salido el sábado en el suplemento literario de El Norte de Castilla).

Javier del Hoyo. “Etimologicón”(El sorprendente origen de nuestras palabras y su extrañas conexiones). Ariel, Barcelona, 2013. 234 págs.

No es nuevo el estudio del origen de las palabras y el múltiple saber que comporta.  Cicerón e Higino hablaron de ello en la antigüedad latina y se perdió el libro de Verrio Flaco “De significatu verborum” (Sobre el significado de las palabras). Sin contar –pese a algunos errores- con las magnas “Etimologías” de Isidoro de Sevilla, de fines del siglo VI. Luego –y contando con el célebre “Tesoro de la lengua castellana o española” de Sebastián de Covarrubias (1611), obra aun hoy notable- tendemos a pensar que los saberes sobre étimos y etimología han entrado dentro de la erudición filológica, y si bien es imposible dudar de su utilidad, se juzga un saber especializado, arduo o árido para el gran público. Esto es lo que viene rotundamente a negar el sabio y muy entretenido libro de Javier del Hoyo (latinista y especialista en mitología) “Etimologicón”.

La lengua española posee palabras de muy diferentes orígenes (desde el primitivo ibero hasta el árabe) pero el caudal mayor de nuestro léxico y de nuestra lengua en general, una de las neolatinas o romances, procede del latín –en diferentes niveles de evolución, popular o culto- y del griego, al que, por ejemplo, saquea el lenguaje de la medicina.  (“Estomatólogo” es el médico de la boca, no el del estómago, pues en griego stóma significa boca). Javier del Hoyo  ha tomado 32 raíces latinas independientes, de las que salen entre veinticinco y ciento diez mil palabras. Es decir, parte de un étimo básico  (“video”, por ejemplo) que se extiende  entre palabras generalmente de uso popular sin rechazar algunos cultismos. Pero este repaso –de ahí la novedad y amenidad de este libro- no se hace ni como un diccionario ni como estudio filológico, sino a través de una serie de relatos vinculados al étimo generador. Así el capítulo titulado “Quien avisa es porque lo ha visto”, se refiere todo él a la aludida raíz etimológica  “video”, verbo latino que significa “ver”.  A partir de ahí vamos comprobando, en un fluido hilo narrativo, que de “video” provienen palabras como  “previsible”, “visado”, “Montevideo”, “invidentes”, “televidentes”, “clarividencia”, “vista”, “entrevista” “visera”, “visillos”, “visor”, “visita”, “videojuegos”, “revista”, “vistoso”, “supervisor” y hasta la tarjeta de crédito “Visa” o la popular “Eurovisión”… Naturalmente no agoto el étimo, pero estoy seguro de que no serán pocos los lectores que ignoraran un origen común en las palabras aludidas; relaciones y cambios que vienen de la evolución fonética  y de la cultura de cada época.  El libro  (que dedica su último capítulo a las palabras de origen  litúrgico) es a la par sabio y de amenísima lectura, lo que no es fácil sin apartarse un ápice de la veracidad. ¿Quién diría que la voz “adefesio”, ir mal vestido, estrafalario, tienen origen litúrgico, en la epístola paulina  “ad Ephesios”, esto es a los efesios, habitantes de la antigua Éfeso?  La gente común dedujo que hablar “ad Ephesios” era hacerlo a los que no entendían, no se enteraban,  y a partir de ello, “adefesio” designó algo, por lo menos, extravagante. ¿Quién diría que “misa”  significa originalmente despedida, porque la misa en latín termina diciendo “ite, missa est”  (o sea, idos, es la despedida) pero de allí quedó el “misa” como nombre de  esa entera liturgia?  En otro capítulo –y me quedo muy corto- como  “De la inflación al fallo”, a partir del étimo  “flo” (soplar), vemos como palabras cual “flato”, “fallo” “inflar”, “hinchar” o “inflación” son parientes y de ellas asimismo lo son  -con un compuesto- “soplar”, “soplillo” o “soplete”.  Llegando, de otro lado, a orígenes tan casi recónditos (en su sencillez) como el de nuestra voz “bruma”, que procede de la expresión latina “dies brevissuma”, es decir el día más corto del año, el solsticio de invierno, favorable a las neblinas, de ese “brev (iss) uma” nace “bruma”.   ¿No es maravilloso? La etimología nos enseña múltiples cosas, más allá de las curiosidades, entre ellas, como una genealogía de todos, a saber de dónde venimos, es decir, a conocer nuestro pasado para construir, más idealmente, nuestro futuro. Muy recomendable texto por el que no cabe sino felicitar a Javier del Hoyo, que ha hecho buena amenidad, lectura más que grata, de lo que puede pasar razonablemente sólo por alta cultura.


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