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VERANEO

(Este artículo se publicó en los periódicos del grupo Promecal)

Algunos se acuerdan todavía. O lo han oído contar a familiares. Desde luego eran familias burguesas, pero tampoco muy ricas, las que alquilaban una casa, generalmente al norte (en Madrid se prefería Santander, Galicia o el País Vasco) para pasar los meses de verano, fuera de la ciudad calurosa. Era el famoso “veraneo con manta”. De día hace buen tiempo  –normalmente no tórrido- y de noche se cubre la cama con una mantita ligera… Todo eso pasó. Hoy parece imposible veranear tres meses o dos y medio y la gente media busca el verano de solazo y más solazo, pese a que uno diría que el evidente cambio climático (las olas de calor ya no son excepcionales, sino normales) parecen desaconsejar tanto sol a piel abierta.

No sé si volverá –o ya está volviendo- el veraneo nórdico pero parece razonable. Con todo vivimos cambios continuos. La gente parte sus vacaciones, o bien no las cogen de una sola vez o bien fragmentan el mes de asueto, yendo a varios sitios e incluso quedándose en casa la mitad del tiempo.  Viajar es siempre necesario y bueno, pero la globalización y total democratización (siempre por lo bajo, nos vuelven a engañar) de la maleta, hace que uno ya no presuma de “viajero”, sería tan corto como presumir de comer hamburguesas como algo único. Viajar no es sólo trasladarse.  Los viajes masivos o muy grupales rompen todo el encanto del verdadero viaje, pero la masificación hace que muchos de estos viajeros en tropa (sea a Cancún o a Benidorm) apenas se percaten de la baja calidad de esas vacaciones. Pasarlas en una vieja casa de un pueblo semiabandonado de los montes cántabros tiene hoy mucho más de aventura y cambio que largarse en grupo a la Rivera maya, a la postre una extrema vulgaridad. Necesitamos el veraneo porque precisamos el cambio, el ocio, la lectura, la contemplación, charlar, pensar, cruzarnos con gente nueva. Necesitamos reencontrarnos –decían los humanistas- con nuestro lado humano. En tal senda, hasta un poco de soledad es aconsejable y buena. “Morar con uno mismo”, decían los clásicos. Pues eso es también veraneo. Porque en verdad, veranear (tan necesario) no sólo es descansar, sino cambiar además. El cambio nos agiliza, vigoriza, despierta nuestra mente y nos llena de fuerzas renovadas. Pero en la medida de lo posible –y se escoja el tipo de veraneo que se elija, norte o sur, patrio o foráneo- lo importante hoy es evitar la gregarización, la masificación obtusa. Ya sé que no es fácil porque es más barata. Pero una casuca de montaña tampoco puede ser cara, si uno busca lo nuevo, lo distinto. Volverá más aireado y cambiado quien veraneó en un corto grupo de amigos que quien viajó en grupo y a toque de silbato. Veraneo, descanso, ocio… Pero no da lo mismo.


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