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Un español demasiado típico. (Con afecto a Alfredo Landa)

(Publicado en El Mundo).

Alfredo Landa quizá fue un gran actor, un magnífico actor del que los tiempos (el franquismo, esencialmente) y su físico, muy del montón, bajito, regordete, con aire simpático, tímido y rijoso reprimido, crearon un cierto arquetipo o hasta caricatura: El español medio de una época oscura, un tanto paleto, brutote, y muy “salido” aunque con escasas posibilidades de éxito mujeril. Landa había nacido en Pamplona el 3 de marzo de 1933 y era hijo de un capitán de la Guardia Civil. Es decir que ha muerto en Madrid –se habló de sus problemas de salud, nunca concretados, pero llevaba ya años retirado del todo- con 80 exactamente. Su retirada, después de 2008, fue tan total, que algunos creían que ya había muerto. El caso de Landa y de su “landismo” (esa casi caricatura de cierto tipo cazurro de español medio) le afectó también a José Luis López Vázquez o a José Sacristán, pero  –sobre todo el último- está teniendo más tiempo para mudar esa imagen que les dio el cine, cierto cine, y que probablemente, en lo íntimo no era la de ninguno.

La familia de Alfredo Landa vivió cuando él era muchacho en Figueras, y él se trasladó después a Madrid, iniciando estudios de Derecho que no concluyó y participando, muy activamente, en el Teatro Español Universitario, con más de cuarenta funciones. De ahí surgió –en 1960, vivía en Madrid desde el 58- su primera oportunidad para el teatro comercial. Y es el teatro (la comedia con censura que triunfaba entonces) la primera oportunidad de Alfredo Landa, cuyos inicios son sobre las tablas, y poco después como actor de doblaje. Empieza con “El cenador” de Alec Coppel y sigue, entre otras similares, con “Los caciques” de Carlos Arniches(1962) o “El alma se serena” (1968) de un joven humorista que empezaba a triunfar, Juan  José Alonso Millán. Poco después el cine –que de inicio no gustaba mucho a Landa- le tienta y empieza ese fenómeno, muy taquillero, del “landismo” que a él inevitablemente le mermaba como actor, y que forma parte de la leyenda negra y rosa de la España franquista. Oficialmente “el landismo” (y el triunfo personal de Alfredo) se inicia con “Atraco a las tres” (1963) de José María Forqué, pero crecería enseguida…  Como es lógico no vamos a citar tantas cintas, pero baste recordar que “el landismo” llena más de la mitad de su filmografía, con directores como Juan de Orduña (“Nobleza baturra”, 1964), Mariano Ozores, Pedro Lazaga, Sénz de Heredia (“Historias de la televisión”, 1975) y con productos que iban siendo cada vez más vulgares, incluso con el velo de un falso “aperturismo” como “No desearás al vecino del quinto”, 1970, de Ramón “Tito” Fernández. Alfredo Landa bordaba esos papeles de cateto profesional, de indígena de país atrasado; simplemente él nunca tuvo la culpa de que eso fuera así. Y ahora viene –cuando Landa también empieza a salir en series de televisión- lo que hay que explicar con sumo cuidado: El “landismo” deja de existir poco después de la muerte de Franco, y son muchos los que reclaman al gran actor que hay en Alfredo Landa, si bien su tránsito hacia papeles más abiertos, más plurales y más nobles, se va haciendo poco a poco. Es decir, hay todavía un Landa tosco, simpaticón, gracioso (como en “La vaquilla”, 1978) de Luis García Berlanga, solo que ahora Landa tiene un mayor control sobre su papel y sus recursos actorales, que va usando y puliendo en cada hora con más calidad y sin que tenga que imponerse la vis cómica. Es el Landa de “El puente”, 1976, de Juan Antonio Bardem, “Tata mía”, 1986, de José Luis Borau, el de “El pecador impecable”, 1987 de Augusto Martínez Torres o el de “Canción de cuna”, 1994, de José Luis Garci, uno de los directores con los que más trabajó en estos tiempos nuevos, de “El río de la vida”, 1995, de Manuel Gutiérrez Aragón, y algo antes de “Los santos inocentes”, 1984, la gran obra de Mario Camus sobre la novela de Delibes, que hace que Paco Rabal y Alfredo Landa se lleven “exaequo” el Premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes.

Cierto, Landa podía seguir siendo el prototipo de cierto español medio del pasado, pero ahora era un actor de carácter, un actor sobradamente probado, que admitía multitud de historias y caracteres. Ya apunté que Landa apareció ocasionalmente, pero con asiduidad, en series televisivas como “El Quijote de Miguel de Cervantes” (1991) e incluso “Los Serrano” ya en 2003. Con José Luis Garci rodará todavía “Historia de un beso” en 2000 y “Luz de Domingo” –sobre una novela breve de Pérez de Ayala- en 2007. Ese mismo año, y en el Festival de Cine de Málaga, con 74 años, anuncia su retirada como actor. Queda, cierto, un broche de oro, la película de José Luis Cuerda, “El bosque animado”, por la que recibió el Goya de Honor en ese mismo 2007. Y punto final. Landa, enfermo (ya dije que nunca se especificó qué le ocurría) se retiró tras las bambalinas. Prefirió que no lo viera nadie, a excepción de su familia. Quedaba –queda- la imagen de un gran actor a secas, sin adjetivos y que fue reconocido. Pero quedaba también la imagen del hombre que asumió un papel estereotipado y no brillante (aunque bien hecho) porque era el de los tiempos feos que le había tocado vivir. Tanto que en el Mundial de Fútbol último había hinchas que gritaban todavía: “¡Cuidado Holanda, que viene Alfredo Landa!”.  Cierto que no es esa, en absoluto, la imagen que la mayoría queremos de España. Necesitábamos otra imagen y el “landismo” no servía. Pero tras ese nombre está una época clerical y casposa de la Historia de España, y el apellido de un muy notable actor que aunque algunos digan que se creyó el papel de tanto interpretarlo, yo creo que aceptó el sacrificio de encarnar un país que, como supimos después, tampoco era el suyo. Prefería otra imagen.  Ejemplo perfecto de cómo la Historia condiciona a los hombres.


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