Imagen de noticias de LAdeV

Ver todas las noticias


Tsunami, palabra japonesa. (Arte tras la galerna)

La ancestral y refinada cultura del Japón ha estado siempre muy volcada a la observación minuciosa de la naturaleza. Podemos encontrar cientos de antologías de poemas catalogados por las estaciones del año y los fenómenos atmosféricos que las caracterizan. ¿Cómo es, pues, que en un país de terremotos ( y consiguientemente de maremotos) estos apenas aparezcan en el arte japonés? Está claro que la costa estaba antiguamente menos habitada que ahora, y aún con ello queda la pregunta…

La palabra “tsunami” es japonesa y significa “gran ola”. En principio no tenía que ver con maremotos, sino con mar arbolada, pero hoy se ha convertido en la palabra universal de una desgracia desoladora. Imagino que la idea proviene de un famoso grabado del pintor Katsushika Hokusai (1760-1849) titulado “La gran ola de Kamagiwa” y que es una de las imágenes de su afamada serie “36 vistas del monte Fuji”. En efecto, en treinta y seis perspectivas diferentes, vemos la célebre montaña cubierta de nieve. Pero en “La gran ola”, el Fuji es sólo una pequeña imagen al fondo, cuando el espectador ve esa ola gigante que es ya un icono del arte japonés (tan admirado por los impresionistas) y ahora también del desdichado tsunami como maremoto. Hokusai que nació y murió en Edo, el nombre antiguo de Tokio, pintó muchas escenas marinas y no pocas de mar brava, pero ninguna comparable a “La gran ola de Kamagiwa”, imitada por otros pintores del “ukiyo-e” (o escenas del mundo flotante) que es como se denomina su escuela y que llegó hasta a ser una moda en los tatuajes. En el Japón dieciochesco, tatuarse de un modo barroco era una señal de elegancia, y curiosamente hay tatuajes que reproducen (al menos en parte) esas grandes olas, con sus crestas rizosas. En cuadros de hombres desnudos -tatuados- de un pintor tan moderno y atrevido como Sadao Hasegawa, pueden verse estos tutuajes vueltos actualidad, en dibujos de los finales años 80. De otro lado (y aparte de los efectos devastadores que conocemos) la voz “tsunami” ha servido para metaforizar una moda que arrasa. Así en el propio Japón, la moda mundial del arte “manga” -ese peculiar y extendidísimo estilo del cómic nipón- ha producido la expresión “el tsunami del manga”, que refleja la expansión mundial de un arte popular y algo esteticista.

En su afán de estudiar los cambios del clima y los diversos estados anímicos que comporta, podemos hallar en el “haikú”algo que evoque el tsunami. Por ejemplo en este otoñal del clásico Shiki: “Oscurece/ La tormenta se afianza/ Mi miedo crece.” O en este otro del más clásico Bashó: “Hasta las peñas/ de Asama mueve la borrasca/ de montaña.” Y nos decimos ¿qué no moverá, entonces, la borrasca del mar?  Sin embargo el sentido fuertemente estético de la cultura japonesa, hace que incluso después del paso devastador de una galerna, que todo lo ha arrasado, algo nos recuerda la belleza siempre en peligro de la vida. Así en este bello haikú de  Buson (que no en balde también era pintor): “La hermosura/ de esos pimientos rojos/ tras la galerna.”. Sí, nada ha quedado en pie, pero ¿como no fijarse en la perduración de lo hermoso? El Japón budista sabe que todo en la vida es perecedero, todo tan frágil como gota de rocío, sin embargo… Dice Issa: “Este mundo de rocío,/ mundo, sin duda de rocío,/ aunque siendo de rocío…” La ola de Hokusai y el haikú de Issa no son dos entidades incomunicadas o diferentes. Ahora que el desastre golpea Japón y las costas del Pacífico, recordemos con templanza y reflexión que la pintura de la ola gigante y las consideraciones en verso sobre la fragilidad y la belleza del mundo perecedero, pertenecen (como la palabra “tsunami”) a la misma refinada cultura. Y eso es lo humano frente a la galerna, lo que colora y eleva. No lo olvidemos.


¿Te gustó la noticia?

¿Te gusta la página?