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Savater, feliz divulgación…

(Este artículo se publicó el sábado en el suplemento literario de El Norte de Castilla)

Fernando  Savater. “Figuraciones mías”. Ariel, Barcelona.  143 págs. 16’90 Euros.

Fernando Savater (San Sebastián, 1947) ha sido uno de nuestros grandes pensadores de finales del siglo XX. Fue uno de los renovadores de la filosofía española desde su descubrimiento de Cioran, sus lecturas de Nietzsche o su especialidad ética en libros como “La ética como amor propio”. Él mismo sostenía, en cordialidad y amistad, que él no era un filósofo con sistema (digamos Kant) sino alguien que quería aplicar la filosofía a la vida, como Voltaire –uno de sus preferidos- y los “philosophes” franceses de la Ilustración, por lo que los amigos (cuento una vieja pequeña intimidad) le apodamos “le philosophe”. Con los años, a partir sobre todo de su muy vendida “Ética para Amador” –que es su hijo- Fernando se lanzó a la divulgación, en el mejor sentido de la palabra. En general sus últimos libros, si algo menos sesudos, son aún más legibles (siempre lo fueron) y hasta poseen un ameno tono didáctico. En esta línea está su último libro de artículos bien recopilados, “Figuraciones mías” que se adorna con fotos del autor –no sé si siempre bien reproducidas, hablo de calidad- obra de Sara Torres.

Quien lea “Figuraciones mías” bien subtitulado “Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar”, se encontrará con el tono distendido y abierto del Savater último, hable de libros y autores (lo que llama “admiraciones”), del arte de educar, o de los problemas de la red, es decir de internet, que son las tres partes del volumen. Yo diría que todo es sencillo yameno, pero la tendencia savateriana a citar –típica de nuestra generación letraherida y desde luego más que normal en el ensayismo- hace que uno se pregunte si para nuestro desolador panorama actual, respecto a la cultura, no resultará que las citas de Savater son excesivas y su afán divulgador halle ahí una piedra en el camino, por la penuria en saber de parte del público actual.  Por ejemplo, recomienda la lectura de Baroja, que nunca defrauda (en un artículo titulado “Sin engrudo”) pero a Baroja lo mezcla con John Banville o con Enrique Vila-Matas. Cierto que Vila-Matas debe ser uno de nuestros peculiares novelistas más conocidos del momento, pero el lector medio de hoy (que no es el de hace veinte años) ¿sabrá quién es Banville, novelista inglés, citado sólo de pasada? No estoy seguro, pero no importa –esta vez- pues si Savater nos dice que Baroja nunca cansa, recuerda que Banville es un buen narrador pero que él, como lector, piensa a veces  “¡demasiadas palabras!”. En esta sección (donde no faltan ni Shakespeare, ni Dante ni Tostoi) uno de los textos más bellos, y casi diría que de todo el libro, es “El asombro de Cioran” donde Savater cuenta una visita a la tumba del rumano apátrida y de su compañera en el cementerio parisino de Montparnasse y eso le hace aflorar recuerdos personales…

Cuando habla de educación vuelve a Savater el profesor que fue muchos años y aunque profesor y educador no tengan por qué coincidir, se pregunta por muchos temas pertinentes:  “Adoctrinamiento y catequesis” es un canto al laicismo contra la supresión de la asignatura (tan esencial en España) como “Educación para la ciudadanía”.  El titulado “Non serviam” -aunque desvía el sentido originario del título- recuerda  que las humanidades no tienen una utilidad  sino que forman, que es más importante, nos construyen como individuos y recuerda un libro italiano  de Nuccio Ordine titulado (traduzco) “La utilidad de lo inútil”.  En “Te daba así” –una vieja expresión castiza- sostiene que si, naturalmente, no se debe pegar ni menos humillar, un cachete inofensivo y oportuno no tiene porqué ser malo.  Y luego escribe algo tan lúcido como lo que sigue: “El educador debe encarnar el papel de conformista sólo para que el inconformismo de los jóvenes siga vías razonables.” En un educador parecer “conformista” no es serlo. A la postre (más breve) se lanza con los nuevos problemas de la red y su libertad o límites como en “Deontología de la ciberseguridad”  o en “La nación balón” donde (aficionado a la hípica pero no al fútbol) recuerda que entiende cuando el pobre(¡) Messi dijo que una vez intentó leer un libro pero le aburrió al cuarto de hora, porque a él le pasó lo mismo con el fútbol cuando intentó ver un partido. Un libro grato y fácil –acaso no tanto- donde encontramos al feliz Savater último, sin muchas pretensiones pero con una lucidez y una cultura que ya desearíamos para todo un pueblo como el nuestro, que abandona la cultura (y la educación) en agonía. Léanlo. Regálenlo en estas fechas.


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