EL SABLE de Pedro Luis de Gálvez
Como sabemos Pedro Luis de Gálvez (1882-1940) además de excelente sonetista del posmodernismo, enormemente habilidoso, fue narrador, aventurero y bohemio hampón o tierno, entre el encanto y la golfemia, querido u odiado. Malagueño de nacimiento, murió fusilado en la prisión de Porlier en Madrid, tras su participación en la funesta guerra civil como anarquista muy radical. “El sable. Arte y modos de sablear” (1925) es una de sus mayores rarezas bibliográficas, en su edición original -editada en Barcelona- y uno de sus libros más cautivadores y absurdos. Lo acaba de reeditar Renacimiento con prólogo de José Esteban. El libro cuenta como actúa el “sablista” y cómo, cuando y a quien debe dar el sablazo. Es un libro, El sable, de hampa y truhanería, aunque Gálvez se defiende algo también de muchas de las leyendas
terribles -narradas aquí- que corrían sobre él y su terrible modo del sable o sablear, llamado también “sablacista”. Sólo el libro de Alfonso Vidal y Planas, “Memorias de un hampón”, puede parangonarse con “El sable”. Pero como Gálvez termina su libro bastante antes de lo que ha contratado con el editor, el final es un popurrí absurdo de reiteraciones, tipografía en escalera para ganar espacio y una colección de sus sonetos en general más conocidos, donde llama la atención los que titula “Los buitres”, feroces y agresivas diatribas sobre muchos políticos de la época, donde se muerde la agresividad de Gálvez, desatada en la contienda civil. “El sable” es un libro mucho más que singular, hampón, raro e inflado. Vale la pena. No como muestra del arte del sable o sableo, sino como odio a ciertos políticos, reproduzco uno de los sonetos metidos en “El sable” casi a tórculo.
MAURA
Blanca la barba; negra la conciencia;
charlatán, comediante, jesuita;
ni dignidad, ni probidad ni ciencia:
un “Pernales” vestido de levita.
Encarceló y mató. Su diestra mano
supo encontrar la víctima inocente.
Como Caín, que asesinó a su hermano,
escrito lleva el crimen en la frente.
Viejo y caduco, todavía ponzoña
destila de su lengua esta carroña.
Se las da de genial, y es un pollino.
Deja un chaleco roto; sus pinceles;
sucios de barro y sangre, unos laureles;
y un hijo que emigró por asesino.
Eso es “El sable” , denuncia y truhanería de un genio hampón. El sablista y sonetista Gálvez.
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