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RILKE, EL ÁNGEL DE DUINO

Rainer Maria Rilke (1875-1926) nació en Praga, ciudad en ese momento muy cosmopolita y que formaba parte de la monarquía dual del Imperio Austro-Húngaro. Sin duda fue y sigue siendo uno de los grandes poetas europeos del siglo XX, aunque sus libros iniciales sean aún de fines del XIX, por ejemplo “El Libro de Horas” de 1899, y no era el primero. Los grandes poetas -que lo van a ser siempre y a estar siempre con nosotros- suelen tener un momento privilegiado en cada uno de los buenos lectores, que suele ser cuando los descubrimos, nos deslumbran y van llegando más a fondo. Yo descubrí y fui fascinado por Jorge Guillén, siempre el autor de “Cántico” (1928) cuando aún era universitario y llegué a conocer al propio Guillén. Poco después, unos años, empecé a conocer a Rilke de la mano de unos de sus no escasos traductores al español -Rilke ha sido un poeta muy traducido a nuestro idioma- Jaime Ferreiro Alemparte. Hay un Rilke inicial que recuerda o se asimila con el fin de siglo germánico (von Hoffmansthal, Stefan George) pero muy pronto llega el Rilke de la gran aventura espiritual, del encuentro con la Belleza como peldaño del Espíritu. Hombre ultrasensible, inquieto, lleno de aventuras amorosas que también fueron intelectuales -pienso obviamente en Lou Andreas-Salomé, que le dio a conocer a Freud- Rainer viajó por Europa buscando las raíces del espíritu profundo, que no se corresponde con ninguna religión concreta. En 1899 está en Rusia, donde conocerá y admirará a Tolstoi; en 1912 llega a España y después de Toledo va a Ronda, donde vivió varios meses y casi compuso una de las luego famosas “Elegías de Duino” (la VI sino recuerdo mal). Junto al tajo rondeño, en los jardines del hotel “Victoria Eugenia”, donde se hospedó, hay ahora una estatua del muy europeo Rilke. Junto a esa estatua (en septiembre de 1984) di una conferencia sobre el poeta en mi mayor momento de encuentro con él.

Rilke ha sido siempre el poeta buscador, doliente de espíritu, perpetuo andador de allendidades, se llamaran Tolstoi o Rodin (de quien el poeta fue un tiempo secretario en París), del mismo modo que la dualidad Rusia-España, no es sino la mirada a extremas lejanías que se complementan. A veces parece que el “Seráfico” (como le llamó a Rilke la princesa Marie) no buscó tanto la obra de grandes genios que admiró -he mencionado a dos- sino su situación anímica, el camino espiritual de su trabajo. Parte de ello se ve en esa suerte de novelita autobiográfica que fue “Los apuntes de Malte Lauris Brigge” (1910). Desvalido y buscador, continuo peregrino por Europa, Rilke tuvo la suerte -la palabra es obvia- de encontrar siempre valedores o valedoras de cuño aristocrático ilustrado, que siempre se cuidaron de él. La princesa Marie von Thurn und Taxis (dueña del castillo de Duino, no lejos de Trieste) fue una de las principales. Durante sus estancias en ese lugar -muy separadas una de otra- Rilke vio el magno, brillante y apasionado grito hímnico y turbador de esas “Elegías” que, naturalmente, están dedicadas a la princesa. Para quienes siempre

quieren en el poeta una vena social o comprometida, Rilke está en sus antípodas, porque parece el poeta de la torre de marfil. Y sin embargo, el gran buscador del espíritu vivo, buscaba lo más profundo y excelso de la condición humana…

Llamado a filas en la 1ª Guerra Mundial por el ejército austríaco (Rilke vio esa guerra como lo que fue, un mapa espantoso de destrucción) sus notables amigos, lograron que se le dispensara de la milicia apenas un mes más tarde. Rilke no sintió la muerte de la patria austro-húngara (como el novelista Roth) sino la desintegración de una Europa plural y unitaria. En sus “Nuevos poemas” (1907) había logrado, con tono propio, el acercamiento a lo real pleno. Luego vinieron años de más búsqueda y zozobra, no escribió poesía, o sólo esbozos, hasta que llega el gran estallido de 1922, donde como en un rapto místico -acaso fue una mística profana- Rilke culmina en apenas un año, sus dos obras maestras, “Las Elegías de Duino” -verso largo, celebratorio, inquisidor, donde pensamiento y sentimiento se vuelven imágenes- y algo después los más herméticos pero espléndidos “Sonetos a Orfeo”. Ambos libros vieron la luz en 1923. En ese momento eran el culmen de la poesía europea. Romano Guarini (un pensador entonces notable) escribió muy pronto un libro tratando de explicar “Las Elegías…”, llenas de posibles y plurales sentidos.  Tras ese gigantesco esfuerzo, preparado durante toda su vida, Rilke ha cerrado en verdad su labor enorme. Escribirá poemas en francés, curiosos, bellos, porque el francés había sido de verdad su segunda lengua, que con todo quedan lejos de su obra en alemán.

Siempre entre la alegría y la celebración, Rilke terminará viviendo (de nuevo la ayuda de sus protectores) en el cantón francosuizo de Valmont, donde habitará una torre, como una suerte de asceta de la Belleza. Ya había escrito: “Todo ángel es terrible”.  Enfermo de una enfermedad que lo debilitaba -al fin resultó leucemia- Rilke que aspiró a vivir “la muerte propia”, murió en Valmont -los protectores nunca dejaron de sostenerlo- el 29 de diciembre de 1926 y fue enterrado muy cerca, en Raron, en enero de 1927.  Era y sería uno de los grandes poetas de Europa y había dejado redactado su propio epitafio: “Rosa, oh contradicción pura, deleite/ de ser sueño de nadie bajo tantos/ párpados.”

Rainer Maria Rilke es un genio de la poesía en alemán y un genio de Europa, esta bien en esa Suiza no de banqueros sino de casi negación de las patrias. “Las elegías de Duino” (la traducción literal “Elegías duinesas”) son un enorme resplandor de fuego vivo, donde hasta vibra el corazón de otra luz negra. Guste más a unos y menos a otros, un genio inmenso en un hombre que se quejaba -como tantos maestros del espíritu- de no saber vivir.

 

 


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