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RECUERDO DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

Sólo una vez en mi vida (pero bastantes horas de una lejana noche) vi y charlé con el singular Rafael Sánchez Ferlosio, nacido en Roma en 1927 -su madre, Liliana Ferlosio era italiana- y que ha muerto hoy en Madrid, de donde casi no salía, con 91 años. Fernando Savater , buen amigo mío, era por entonces, muy amigo y además entre devoto y discípulo de Ferlosio, y esa noche aludida, estuvimos juntos en el viejo y remoto “Oliver”, al que Savater consiguió llevar a Ferlosio que, era ya sabido, apenas salía. Inteligente, lúcido y muy culto, por aquella época (hablo de 1982) Ferlosio cultivaba ya, lejos de su atildamiento juvenil, un aire rudo y rústico, evidentemente querido. Peroraba medio tumbado en un sofá sin soltar nunca no el bastón -nada parecido a eso- sino un cayado o garrota de aire totalmente rural. Savater (entonces profesor en la Universidad del País Vasco) quería llevar allá a Ferlosio a que charlara , creo que a la postre lo consiguió, pero buena parte del discurso de Ferlosio se basaba en las enormes trabas y dificultades que tendría para llegar desde su casa madrileña hasta San Sebastián, casi una hazaña imposible según él muy seriamente lo razonaba y argumentaba… Como es lógico, aunque no lo conociera en persona hasta ese momento, yo sabía muy bien quién era Rafael Sánchez Ferlosio, uno de los novelistas míticos de nuestra postguerra, especialmente  con la novela, digamos realista o coloquial, “El Jarama”, publicada en 1955. En mis años universitarios de estudiante de Filología Románica, la novela de Ferlosio era una natural lectura obligada. Once horas de un domingo en la vida de unos chicos, que charlan y merodean el río,sabiendo al final que uno ha muerto ahogado. ¿Era la vida misma? En parte se quería sugerir que sí -de ahí ese lenguaje- bien distante y distinto a su imaginativo primer libro,” Industrias y andanzas de Alfanhuí” de 1951. Era sólo el inicio de la poderosa diversidad de Ferlosio que entre narrador y poeta, es también filósofo, gramático, historiador y seguro que un montón de erudiciones y pensares más- Mi edición estudiantil de “El Jarama” la regalé cuando compré una de las primeras (no es la primera exactamente) a un librero de viejo, fallecido ya, que había comprado la biblioteca que tenía en su casa de Chinchón, el hispanista norteamericano Elías L. Rivers. Por tanto mi “Jarama” cuenta con las anotaciones del profesor ilustre, y con una carta dentro, manuscrita y no breve de Ferlosio a Rivers. Me llamó la atención que carta y dedicatoria estuvieran firmadas por Rafael Sánchez (sin el Ferlosio) lo que creo fue habitual un tiempo.  Sabía por supuesto que nuestro rústico sabio era hijo de Rafael Sánchez Mazas, uno de los escritores por antonomasia del franquismo, con muy bella prosa. Y sabía (aunque ella, a la que sí traté bastante, nunca hablara de ello) que entre 1953 y 1970, en que se separaron amistosamente, fue el marido de otra notable novelista, Carmen Martín Gaite. Tuvieron dos hijos, uno murió muy niño de meningitis -creo- y la otra Marta fue, mucho después víctima del sida por heroína, víctima casi inicial de la pandemia con padres famosos como su compañero (que asimismo murió) hijo de Carlos Castilla del Pino. Acaso como todo gran escritor, Ferlosio que publicaba en una suerte de lúcido desorden, sea un escritor inclasificable, con libros varios y espléndidos como (me gustó mucho) “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos”  de 1993. Ferlosio se calificaba a sí mismo de “profesional de nada”, acaso porque era un sabio de veras.  No es mi propósito enumerar sus muchos y diversos libros (no todos los he leído, además) me basta recordar a aquel raro erudito nocturno y algunos de sus libros -de lúcido pesimismo- con frases como esta: “pues también la verdad de Dios surge de boca de sus propios mandarines. La verdad no es la verdad ni aunque la diga el porquero de los dioses o el dios de los porqueros. Será siempre una sucia invención de mandarines”.  Decían que Ferlosio -acaso por entonces- tenía una habitación vacía en su casa, donde arrojaba los libros que recibía y no le interesaban. Escribía de todo y con conocimiento, como los enciclopedistas. Me gusta otro título suyo, entre tantos: “Non olet”. Buen viaje, amigo Ferlosio. La vida era esto, efectivamente.


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