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RECUERDO DE ALEJANDRO SAWA, REY DE BOHEMIOS

Muchos dirán que Alejandro Sawa (1862-1909) ha pasado a la historia de la literatura (y si puedo decirlo así a la historia de la vida) sólo por haber inspirado fuertemente a Valle-Inclán el personaje central de “Luces de bohemia”, el genial y desvencijado Max Estrella: el perdedor por antonomasia en un tiempo de perdedores. El hombre que muere en la indigencia y del que Valle escribe a Darío: “Tuvo el final de un rey de tragedia: loco, ciego y furioso”. Rubén –con quien se había enfadado en los últimos tiempos, pero que le quería- escribirá el prólogo a su libro póstumo –y tal vez su obra mejor- “Iluminaciones en la sombra” que se editó en 1910. Mucho tiempo se ha creído que Sawa (con el maravilloso epitafio de Manuel Machado) era sólo una brillante anécdota de nuestra literatura. Pero desde el libro pionero del profesor Allen Philips, “Alejandro Sawa, mito y realidad” (1976) hasta la restitución de su brillante obra periodística dispersa en el libro que acaba de editar “veintisiteletras”, Alejandro Sawa, “Crónicas de la bohemia” con un estudio de Iris M. Zavala y edición e introducción de Emilio Chavarría, queda demostrado (con una cadena intermedia y no pobre, que no es lugar para nombrar) que aunque fracasado, perdedor y misérrimo al fin, Sawa es un eslabón esencial –y no una anécdota, aunque hierva en ellas- de nuestra literatura de entresiglos.

Alejandro Sawa (nacido en Sevilla y criado en Málaga, habitante de Madrid y de París) reúne las dos ramas capitales de la bohemia: la que pretendía un refinado arte exquisito contra la burguesía mesocrática de la era industrial, y la bohemia anarquista, ese “proletariado industrial” en frase de Ernesto Bark, que luchaba desde una trinchera más política y miserable pero no menos rebelde, contra el dominio de la mayoría moral y del arte útil. Unos y otros eran inconformistas y sus ideas –mudadas de exterior- no se acaban con ellos… Sawa empieza como un joven león del naturalismo con títulos que hablan solos: “La mujer de todo el mundo”(1885) y “Criadero de curas” (1888) entre otros… Probablemente una crisis entre personal y española le lleva en 1890 a París donde se hace amigo de Verlaine, y pasa seis años en el Barrio Latino, como imagen viva de esas dos bohemias, haciendo como su amigo el guatemalteco Gómez Carrillo, de puente entre el simbolismo nuevo y los autores españoles, sin apartar un gramo la rebeldía. Retorna a Madrid casado con una francesa (Jeanne Poirier)  y aunque intenta sobrevivir con artículos y una adaptación teatral de Daudet de muy significativo título, “Los reyes en el destierro”, lo cierto es que la enfermedad, la falta de ayuda efectiva y una cierta y fatal (de “fatum”) necesidad de perder, ver el lado sombrío del jardín –que dijo Wilde- y contemplarse mártir del arte en un país en crisis de múltiples pobrezas, aceleran ese final que será calamitoso, haciendo crecer una leyenda dorada y turbia que ya existía: El ser rebelde y arisco, pero aristocrático y altanero en su laceria, que no se casa con nadie… En medio (y en las crónicas que hoy se publican, muchas magníficas) el paso del naturalismo combativo a un esteticismo que no deja de saberse –distinto e igual- otro arma de guerra.  En uno de sus artículos finales escribirá Sawa: “La vida es dolor y toda emoción estética no es bella sino porque ahoga momentáneamente un quejido de la carne.” La mayoría de estos artículos son excelentes y atestiguan (sobre lo dicho) que hay autores que se elevan en la brevedad. Máxime cuando son reyes sin reino. Sawa merece con creces un sitio…


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