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Prostitución: ¿Alemania o Suecia?

(Publicado en El Mundo)

En estos días un país que tuvo fama de galante y licencioso, Francia, ha prohibido la prostitución (con multas a los clientes) en la Asamblea Nacional. Falta –para que entre en vigor- el trámite menos importante del Senado. La polémica en la calle es dura y las televisiones y periódicos (acaso con menos presiones externas que en España) dan espacio y voz, como parece natural, a los que están a favor de esa prohibición y a los no pocos que están en contra. Suena raro que la Francia de “Las amistades peligrosas” y donde se publicaban –el “Ulises” de Joyce- los libros prohibidos por inmoralidad en Gran Bretaña y EEUU, ahora (y con un gobierno socialista) resulte tan “moral”. No uso la célebre novela de Joyce por casualidad sino porque uno de sus capítulos más problemáticos para el puritanismo, ocurre en un burdel. Y subrayo lo del gobierno socialista porque no son pocos los que afirman que el puritanismo de izquierdas (en temas sexuales, verbigracia) es mucho más puritano que el puritanismo de derechas, sino le pesa demasiado el vaticano episcopal. Fue una ministra socialista la que prohibió fumar en España en cualquier lugar público cerrado, dando vida a terrazas de invierno, donde nunca las hubo…

Pero no quiero irme de un tema (la prostitución) delicado y de suyo irresoluble,  por humano, demasiado humano. Quien habla de la prostitución con respeto, sabe que en un mundo ideal la prostitución no existiría, pero es que el nuestro, el de ahora mismo, dista muchísimo de ser un mundo ideal, en ningún sentido. Hablamos de resolver lo que hay molestando lo menos posible. Las idealidades, por ello, quedan fuera. Es indudable que la prostitución callejera molesta y aún en parques o carreteras secundarias, resulta un espectáculo que no hay por qué ver. Se habla mucho (y más cuando se quiere prohibir) de una muy dura expresión: la prostitución es “tráfico de carne humana”. Se ha desechado la antigua “trata de blancas” porque de entrada parece mucho más suave. Claro que los defensores de la legalidad de la prostitución, naturalmente, están en contra del “tráfico de carne humana”, pero ¿estamos realmente seguros de que la prostitución es siempre eso? Yo he salido muchos años de noche, y he hablado con “trabajadoras del sexo” como gustan ser llamadas muchas hetairas en la legalidad. Las que yo conocí (aparte  algunos secretos sabrosos sobre políticos notables) siempre me dijeron que hacían esa labor –alquilar no vender su cuerpo- porque querían y porque ganaban mucho más  que como asistentas o camareras. ¿Quiere ello decir que se es puta por vocación? No. Se es prostituta (o minero o vareador de olivos o incluso taxista en jornadas a veces de doce horas al día) porque la vida, la “perra vida” -Dámaso Alonso “dixit”- te lleva y trae como quiere y puede ponerte en esas y aún en peores tesituras. Es decir, la hetaira no lo es por vocación, sino por aceptación de un destino vital. Aunque no sé qué dirían al respecto las mujeres y los hombres jóvenes que se dedican con muy alto lujo a eso, y que evidentemente nunca han estado en los arcenes de las carreteras sino que usan pendientes de brillantes auténticos. Se dice que hay mafias que trafican con mujeres y es verdad. Está claro que tales mafias deben ser perseguidas, castigados los proxenetas y liberada cualquier mujer que esté haciendo obligada lo que no quiere hacer. Eso es obvio. Pero pensemos que en determinadas redadas policiales a ciertos malfamados “puticlubs” de carretera (por lo demás harto visibles) las asustadas mujeres sin papeles pueden –como defensa- decir que están allí obligadas y en algunos casos no ser cierto. La Justicia aquí debiera saber calar tan hondo y fino como un psiquiatra.  Pero quede claro: nadie debe estar obligada, haciendo lo que no quiere y pagando cuota, además, al proxeneta o chulo de turno. Naturalmente eso debe ser castigado y perseguido. Hablamos sólo y únicamente de las “trabajadoras del sexo” que libremente quieren hacerlo y firman un papel (en comisaría si es preciso) certificando que son mayores de edad y que hacen su labor sexual libres y por voluntad propia. Así se puede legalizar la prostitución, como ha ocurrido en la conservadora Alemania hace ya más de diez años. Las “trabajadoras del sexo” cotizan a la Seguridad  Social, tienen derechos y horarios laborales, asistencia sanitaria y están en lugares cerrados donde el que no quiere ni va ni ve. Me parece una muy digna solución a un problema casi insoluble, porque hay gente que siempre buscó en el amor mercenario compañía o sucedáneo grato al amor y todo eso les parece muy frío. Pero es mejor que la calle. Un amigo mío (cuando los burdeles eran legales, en España hasta 1956) tenía un tío, desafecto al hogar, que tenía morada en uno, donde pasaba la noche con las chicas, jugando a las cartas. Era otro tiempo, pero no es una novela de Galdós ni de Baroja ni literatura galante. Frente al modelo alemán (respetado por Merkel y sus conservadores sin presiones religiosas, pese a que la canciller es hija de un pastor luterano) está el modelo de Suecia. Sí, el país de aquellas suecas liberadas y en bikini que –en los pasados años 60- encendían la reprimida libido de los machos carpetovetónicos en el primer turismo, ahora viven en un país que prohíbe la prostitución y multa a los clientes, sin duda movido por un rigor moral (acaso de izquierdas) pero que retrotrae a la feroz y rígida moral calvinista. El evangélico Calvino y la católica Inquisición conocieron muy similares hogueras.  En el actual debate francés entre Alemania y Suecia respecto a la prostitución, parece que –entre amplio descontento- ganará Suecia; los que están a favor de la legalización afirman, creo que con toda razón, que la prohibición no arreglará nada, sino que traerá más problemas, mucha más sordidez, y cierta injusticia. La prostitución de “alto standing” seguirá existiendo, pero la más corriente, perseguida, volverá a la suciedad de la marginación, de la clandestinidad y a todos los problemas de salubridad e inseguridad que ello conlleva. No habrá menos prostitución, sino más injusticia (los ricos, como siempre, beneficiados) y muchos, muchísimos más proxenetas y matones para “proteger” a las subterráneas malditas. Cuando en el franquismo la homosexualidad estaba prohibida, existía mucho ligue callejero (no siempre seguro) y baritos clandestinos o semiclandestinos donde la gente iba aún a riesgo de redadas policiales –que había- y de pasar unas horas vergonzosas en comisaría quedando marcado con una ficha de “peligrosidad social”. Pese a ello (y mil episodios vejatorios desde el poder, que aún abochorna contar) la gente gay seguía yendo a lo prohibido. Y como en el bolero parecía tener todo más morbo, oyendo aquella canción: “Soy lo prohibido.” Mucho me temo que nuestro Gobierno  (que pese a los mil terribles problemas que tiene y muy graves) anda tanteando este otro, también quiere tomar el camino sueco y no el alemán, mucho más sensato. Pero es que –tristemente- en la decisión de la derecha española (diferente a la alemana) sigue pesando la confesionalidad católica y elpeso de nuestra más que retrógrada Conferencia episcopal. Señores, en una democracia moderna como quiere ser la española, “delito” y “pecado” no son nunca ni pueden ser sinónimos. Las “trabajadoras del sexo” y sus clientes pecarán, por qué no, pero en absoluto tienen por qué delinquir. Si no, muchos de nuestros actuales ministros, ministras o altos dignatarios del PP serían delincuentes, pues si católicos son en pecado están, separados del primer cónyuge y vueltos a unir con otro por lo civil, lejos de la Iglesia. Para ese pecado (que a los no católicos ni nos va ni nos viene) argüirán elementos de “modernidad” que no entienden en el tema de una prostitución legalizada, que no moleste a nadie, porque está bajo control estatal y naturalmente sólo hace uso de ella quien quiere. Esto –dentro de lo delicado del tema- es libertad, lo otro no, pues vulnera la libertad individual (como Orwell previó) tan maltratada, la pobre. Ninguna solución es por entero buena –no somos ángeles- pero la cautelosa legalización tiene más ventajas y es más normal que la prohibición pura y dura. Ni el gobierno de Israel basa sus leyes ya en el Levítico.


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