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Primera comunión. 1959 (Poema inédito)

Estoy sentado en el sillón de terciopelo verde (la foto, en blanco y negro,

no enseña ese color) con el misal nacarado entre las manos, el rosario de plata

y la cruz de oro, colgando, adornando los blancos del traje de marinero

engalanado. Un niño guapo, bien peinado, apuesto, serio, de ocho años…

Las monjitas de la catequesis (las detestaba) me habían dicho y repetido

que sería el día más feliz de mi vida. Dios en la blanca oblea

y el altar de mármol cuajado de gladiolos y de lirios muy blancos,

saturado el aire de perfume, mezclado al incienso y a los muchos cirios…

El niño consigue sonreír apenas. Es todo compostura y lleva mucho dolor dentro.

Hay pozos negros y hondos en su alma, simas muy profundas

con coágulos que tardará en descubrir. Sangra por dentro, herido, por la muerte

del padre y por todo lo que, con ello, descubre sobre la corteza del mundo.

Las Erinias gritan y corren por mis venas azules, clamando:

¡Huye, huye de aquí, pequeño! El mundo es mentira y basura. Sólo

la gentuza y el desorden gobiernan y manchan todo. ¡Huye, niño!

El Bien está en otra parte. Aquí sólo hay podredumbre y cieno.

Todo es corrupción y falsía. Fango del Orden. ¡Huye, pequeño!

Y yo, en el sillón verde, permanezco inalterable y atildado

como si nada pasara por el alma agrietada, rota y sanguinolenta…

El día más feliz de mi vida fue, en verdad, uno de los más desdichados.

Una horrenda sucesión de pútridas flores marchitas… Hasta el sueño.

 


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