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EL MITO, CORAZÓN INTELECTUAL

(Este artículo se ha publicado hoy domingo en el diario “El Mundo”)

Mito es una palabra que engorda o adelgaza según quien la use. Pero el verdadero mito conforma inexorable lo esencial de tu intelecto vuelto sensibilidad extrema. Hacia el año 2002 yo participaba todas las semanas en un programa matutino de la SER que guiaba Fernando Delgado. Un curso se nos ocurrió que, todos los domingos, yo hiciera libremente la semblanza de algún personaje (alguna vez no llegaba ni a eso) que hubiera sido esa semana noticia o fogueo clamoroso de rumores. El espacio se tituló “Mitomanías”. Buen título. Aunque no todos los aludidos como mitos de ocasión (vivimos un mundo de baratillo plagado de muy vulgares mitos de ocasión) llagasen a serlo verdaderamente. Si alguien se acuerda de ella, musa del destape y del tetamen, ¿fue la hermosa Nadiuska un mito? Parecía brillar en aquellos días ya muy lejanos, de mito real no tuvo nada. Cuando yo era adolescente, leí lo que creí sería una biografía de Cleopatra, la reina griega del Egipto ptolemaico -quería yo ser egiptólogo- pero resultó una fascinante novela del británico Ridder Haggart, una novela con ese nombre –“Cleopatra”- que me fascinó. No logro entender como no ha sido reeditada.  Cleopatra era para mí el Egipto faraónico (que los Ptolomeos trataron de vitalizar) y era la mujer seductora y al final suicida, que cautivó al gran Julio César y al bastante más bruto general Marco Antonio…

Cleopatra fue para el muchacho que amaba el Egipto antiguo (aunque ella sería su última reina) el mito de la belleza misteriosa, hechizante, turbadora. Fue asimismo el mito del áspid, el mito de la muerte voluntaria, que siempre he defendido, pues Plutarco narra que cuando ya había perdido la batalla final y Marco Antonio había muerto, ella se suicidó metiendo las manos en un cesto que contenía higos maduros, y entre ellos, reptantes, áspides pequeños de una especie muy venenosa. Cleopatra hizo una entrada triunfal en Roma, para que todos vieran que la magnificente reina egipcia tenía un hijo de Julio César, un niño llamado igual, pero a quien por el diminutivo griego, decían Cesarión, o sea, Cesarito, el pequeño César…  Esa casi desvanecida figura nos la hizo amar Cavafis en un poema espléndido.  Cavafis es el mito que pierde o parece que pierde, para triunfar siempre. Cleopatra (una mujer muy culta) fue y es el mito de la ambiciosa de poder que cae no para levantarse, sino para convertir la caída en vuelo eterno. ¿No está Cleopatra por encima de cualquier edad o circunstancia? Es un verdadero mito y nada tiene pues que ver con la legión diaria de necios mindundis que abarrotan las televisiones. Por esa época se suicidó Marilyn Monroe y recuerdo muy bien la noticia en el periódico.  Yo coleccionaba entonces fotos de las actrices rubias por lo general y glamurosas de Hollywood. Mi preferida no era Monroe, sino otra rubia terrible y hortera (Jayne Mansfield) que murió después en un tremendo accidente de automóvil. ¿Por qué fue Marilyn un mito que anoté enseguida? Porque se descubrió el daño y la fragilidad debajo de las capas de oro líquido. Y la maravilla fue sublimada por la tragedia.  Marilyn no sería nunca más la bella tontita y salvajemente fotogénica, sino el ser desdichado y bello que John Huston pintó en la película “Los inadaptados” (1962). Una obra espléndida. Podemos decirlo con más certera claridad: el mito es el ser vivo (a veces muere pronto) que por  el motivo que fuere, supera ampliamente su vida y, en general, la vida. Un mito es vida (mítica) porque va mucho más allá que la vida y sin hablar contesta las íntimas preguntas que los demás le formulamos. También puedo hablar de Óscar Wilde -al que tanto he preferido- o del divino y bello loquito Jim Morrison, ambos enterrados en el cementerio Père Lachaise de París -ciudad que fue un mito- donde ambos ocupan, todavía hoy, las dos tumbas más visitadas. ¿Razón? Fueron vidas que por distintos modos de exceso y cultura, superan la vida misma. Crean   -aunque la  expresión no sea del todo exacta- otra vida que coincide y no coincide con la vida vulgar, consuetudinaria. A lo mejor, el genuino mito comienza cuando uno puede decir con sentido, el verso que escribió el simbolista Jules Laforgue (tan amado por Eliot) “Ah que la vie est quotidienne!” Es decir: ¡Pero, qué cotidiana es la vida! Deberíamos sobreentender la vida vulgar que no sabe elevarse, la vida vulgar que desconoce el mito… He gustado siempre de las vidas en alguna medida excepcionales, y creo que ello es fruto de un anhelo de vecindad mítica. Si pensamos que el gordo y grandioso Lezama Lima es un mito de la literatura, atendemos a que vivió para las letras y a que con las palabras y en las palabras, sobrepasó la vida. Puede haber mucha dulzura en una madre de familia. Sin más. Si esa madre deviniera mítica, es porque algo en su vivir o modo de querer, se aupó por encima de la vida. ¿Estoy diciendo que el gran mito precisa de la muerte? Acaso no, sin más. Pero simbólicamente  hablando, todo mito nos lleva a morir. Es decir, como en la carta La Muerte del tarot, todo mito nos arrastra y nos propone un cambio. Somos mitos (podemos serlo) si el cambio nos lleva a morir lo anterior. Gauguin y Stevenson fueron mitos en los Mares del Sur. ¿Lo hubieran sido viviendo un vivir tranquilo? Grandes creadores sí hubieran sido, mitos nunca, probablemente.  Marlene Dietrich se hizo mito como la alemana misteriosa que dejó Alemania. Y eso que cantando en alemán se supera todo.


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