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MI PATRIA (Poema inédito)

Unos (como Pessoa) han dicho que su patria era su lengua. Otros

(acaso más bravos) afirmaron que su patria eran ellos mismos…

Es fácil, muy fácil, estar de acuerdo y en desacuerdo con ambos.

Es difícil lidiar con las patrias, y más con una llamada España,

un país lleno de grandeza y de miserias, mal construido, de historia

torpe e infectada, saturado de gentes vulgares e híspidas, de romos

paisajes y paisanos, pero también ubérrimo de historias, de leyenda,

de genios, de poderío, de un Imperio fabuloso que nos elevó y deshizo.

Claro, mi patria es mi lengua, pero me quedo corto. Yo soy mi patria,

pero me vuelvo cicatero y cegato. Mi patria es su Historia (y la mía)

pero está plena de sinsabores y  batacazos. Mi patria es Góngora

y Velázquez; mi patria es el romántico esplendor de galeones

y catedrales soberbias; pero mi patria es asimismo el clero intransigente

que detesto y execro, y las piras que elevaron a gloria mayor de un

Dios áspero, cainita e ingrato. El mismo Dios de Teresa de Ávila

y de Juan de Yepes. El dios de Lepanto y el del hermoso D. Juan de Austria.

Mi patria es la América española, la ceniza de los sodomitas, la rabia

del exilio de Goya; la maravilla de Cernuda, siempre fuera, y el espanto

de la Guerra Civil en la que (da igual quién) fusilaron a mi joven tío Mario.

Mi patria es mi inmenso amor a la alta cultura hispana y mi inagotable

desprecio por los rancios caciques, los nobles bestias y la clericanalla…

Mi patria son los cuadros del Prado y mi patria es, asimismo, mi

ardoroso deseo de vivir y morir fuera de mi patria toda. Mi patria es

el amor a las majestades de Segovia o Salamanca y mi anhelo de vivir

en París, que es (absurdamente) la segunda capital de España…

Mi patria es la belleza de su juventud y también la belleza parigual

de toda juventud foránea. Mi patria es mi amor a España y mi odio

a tantos cientos de miles de españoles. Mi patria es el Mediterráneo

y mi patria  el secarral. Mi patria es el pino adusto y la mórbida rosa.

Mi patria es la patria de Adriano, emperador de Roma y la patria del

Abate  Marchena, que supo plagiar a Petronio. Mi patria es, inevitable,

el  exilio todo de mi patria. Y mi patria es, también, todo lo que de ella

me repugna: la sardana, las chulapas, los toros, el flamenco, la incultura

que tantos tratan de convertir en voz de un pueblo que casi ya no habla.

Mi patria –entendedme-  sólo puede ser Itálica, Pompeya, Constantinopla.

 

 


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