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Me acuerdo de Clara Céspedes (Poema inédito)

Era una mujer atractiva y brillante, poderosa, segura de sí,

tan independiente, tan llena de coraje, que la España de su tiempo

se le quedó pequeña… Alguna vez me dijo (allá en Denver)

tu mamá y yo éramos lo mejor que había en la ciudad, arrasábamos…

¿No te enseñó alguna foto? . Me las había enseñado:

Dos jovencitas del brazo, atractivas y  fulgentes por el Madrid

mejor de 1949, por ejemplo… Sé que fueron muy amigas

y triunfaron y viajaron, pero la vida las separó como suele ocurrir.

Mamá se casó  (no fue ese su triunfó) y Clara se marchó  a

una  Universidad de EEUU a dar clase de literatura española…

Siguió siendo una “femme fatale” –como le gustaba decir-

y se casó y se divorció con un rico propietario cubano (en el exilio)

o con un guapo mozo de Filadelfia. Pero quien es libre por naturaleza

jamás logra atarse –ni aún queriendo- y así siguió un destino

atractivo y seductor, sin fijarse mucho en el tiempo que transcurre.

La jubilación le llegó, divorciada, sin hijos y sin familia en ninguna parte.

Se lo contaba a mamá por carta. Mi madre no sabía qué podía

hacer por ella. Estaba sola y envejecía. Trató de sobrevivir en N. Y.

con su pensión, pero terminó en una buena residencia geriátrica

en Denver –Colorado- y allí fui yo a verla… Vieja como era y entre viejos

(los odio, me dijo) no había perdido el refinado aire seductor y

me recibió con un turbante lila y el bastón de puño de plata…

Estas palurdas de aquí no se enteran de nada y creen (fíjate)

que soy una exfamosa actriz mexicana arruinada. Vamos, Dolores del Río.

Eso de que los yanquis son tontos, Luisito (me llamó como de niño) no

es ninguna mentira. Salimos a beber un “dry Martini”, pero cuando la

dejé de nuevo en la residencia y me despidió en el zaguán iluminado,

sólo vi a una  viejecita divina, pero sola, hastiada y cansada de todo…

No me olvides, querido mío… Fueron sus últimas palabras mientras

decía adiós con la mano artrítica en la que bailaba un anillo y una perla.

Murió sola, como había vivido, pese a tantos amores y quimeras.

Nadie  reclamó su cuerpo y sus cenizas se mezclan con una tierra que

no quiso. Me acuerdo de ti, Clara, como se acordaba mi madre…

Tenías razón: La caterva de imbéciles que gobierna el mundo ha

decretado el laude de “la tercera edad”. ¡Mentirosos, hijos de Satán!

La vejez es humillante, triste, limitadora, y sólo da nostalgia y pena.

Vive deprisa y muere joven. Enfín, nunca después de los 74…

Esa era Clara. Gaviota y flor. “La vejez es lo que sobra de la vida”

 

 

 

 


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