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MARCO AURELIO Y CÓMODO: ESPLENDORES Y SOMBRA

(Este artículo se ha publicado en la revista «La aventura de la Historia»)

Durante muchos siglos, el emperador de Roma Marco Aurelio (en realidad Marco Aurelio Antonino Augusto) ha sido considerado como el ultimo gran gobernante del Imperio y además como un notable filósofo estoico, pues en los últimos años de su vida, según las últimas investigaciones hacia el año 177 de nuestra era, el emperador entonces dirigiendo una larga guerra en el “Limes Germanicus”, al norte, contra muy feroces tribus bárbaras,escribió en griego –la lengua de cultura por excelencia- una serie de reflexiones en forma de fragmentos plenos de estoicismo junto con algunas pinceladas personales. Ese libro –redescubierto sólo en el siglo XVI- se suele editar como “Meditaciones” o “Pensamientos” de Marco Aurelio, aunque en los dos manuscritos antiguos que quedaban (hoy ya sólo uno) lo que podría ser el título dice “  Ta eis eauton” o sea “A sí mismo”. En el sentido de reflexiones dirigidas a sí mismo como diálogo o desarrollo de su propia psique. Como además Marco Aurelio, sin duda aficionado a la sabiduría y a los libros, había usado buena parte de su vida barba, al modo de los filósofos al uso, el apodo de “el sabio” o “el filósofo” lo tuvo muy pronto ganado.  Pariente de la mujer de Adriano, Marco Aurelio despertó por su buen carácter ya de niño la atención del célebre amante de Antinoo, quien  cuidó con esmero su educación y lo llamaba “verissimus”,  en parte por pertenecer a la familia de los “Vero” y también con el sentido de “el muy veraz u honesto”.  Por ello Adriano pidió a su sucesor, el también notable Antonino Pío  (el primer gran emperador de los Antoninos) que hiciera hijos adoptivos suyos a Marco Aurelio y a Lucio Vero.  Con esta manera de las adopciones se seguía esa mezcla que a menudo pretendió tener Roma de Imperio y  República; los hijos adoptivos (como Adriano lo fue de Trajano) lograban que la diadema imperial no pasara biológicamente de padres a hijos, sino que contara el mérito o talento de otros, a quienes por ello mismo se adoptaba, además el Imperio podía tener dos cabezas, aunque una fuera siempre la más visible y alta… De hecho el padre biológico de Marco Aurelio, llamado Marco Annio Vero y nacido en Ucubi, un lugar cordobés de Hispania, pronto queda eclipsado. Las “Meditaciones” (ya que hemos aludido a ellas como máxima prueba del talante filosófico del emperador) se editaron por vez primera en Zúrich y en 1558, en casa de Andreas Gesner, pero en su traducción al latín.

Marco Aurelio nació en Roma el 25 de abril –según nuestro calendario- del año 121 de esta era.  Tuvo (como ya se ha insinuado) una muy notable educación y vivió siempre cerca de los emperadores, destacando su preparación intelectual. Accedió al trono el año 161 –es decir con 40 años- en compañía de Lucio Vero, como estaba previsto. Oficialmente nos hallamos ante el mandato de un “filósofo” pero un emperador romano (cuyo poder era inmenso) es muy difícil pensar o creer que fuera a comportarse como un corderito, asumida ya la púrpura. Aunque todavía son épocas de prosperidad para el Imperio, el reinado de Marco Aurelio no desconoció crisis económicas, persecuciones a los cristianos y sobre todo casi continuadas guerras en las fronteras. Casó con su prima Faustina y tuvo seis hijos, aunque algunos murieron niños o muy jóvenes. Los mayores serían Cómodo (el futuro emperador) y Galeria Lucila, que se casó varias veces por motivos estatales.  La primera guerra notable que hubieron de sofocar tajantemente Marco y Lucio fue la rebelión en las provincias del este de Avidio Casio. Fue literalmente aplastada. Luego llegarían las guerras partas y finalmente las guerras muy desgastadoras contra las tribus germánicas, primero al norte de la Galia y luego en la frontera extrema, donde a Marco Aurelio le llegaría la muerte, pues falleció el 17 de marzo del año 180 en (o muy cerca) de una aldea llamada Vindobona y que actualmente –tan lejos ya de todo aquello- es Viena- Desde el 161 al 169 Marco gobernó con Lucio Vero, quien murió ese último año. Desde el 169 al 177 gobernó solo y a partir de 177 lo hizo con su hijo Cómodo, al que designó su sucesor volviendo a la herencia directa y olvidando la rica práctica de las adopciones. Nadie duda hoy de queese fue uno de los errores mayores del reinado de Marco Aurelio que, mientras vivió, fue siempre la cabeza visible del Imperio.  Marco Aurelio fue incinerado en el lugar de su muerte, en medio del silencio y pena de las legiones a cuyo mando se había puesto, cabe la frontera del Danubio, y luego esas cenizas enviadas a Roma donde se guardaron en el Mausoleo de Adriano. Su pista se desvanece –como tantas otras cosas- en el saqueo de Roma por Alarico, uno de la rama de los godos, el año 410.

Ha sido un libro reciente  y póstumo (traducido ya al español) “Marco Aurelio, la miseria de la filosofía” de Augusto Fraschetti  notable historiador italiano de la Roma antigua –fallecido en 2007-  quién ha hecho mayor hincapié en las sombras del reinado del “filósofo” y no sólo por su sucesión torpe. ¿Pero, insisto, podía un emperador de Roma, verdaderamente, comportarse igual que un filósofo ateniense? Es más que dudoso. Fraschetti declara las recesiones económicas del período (incluyendo la devaluación del denario), las continuas guerras e incluso no recordadas durezas de Marco (por ejemplo con los cristianos) que habían sido poco mentadas. Se sabía que hubo persecuciones pero se tenían en general por “benévolas”. Cuando casi al fin de su reinado se desata una muy fuerte persecución contra los cristianos de la actual Lyon, el gobernador le pregunta a Marco qué debe hacer con tantos prisioneros cautivos. Y la respuesta del emperador es terminante: “Sólo deben ser perdonados (de la muerte) los que renieguen de su fe.” Nos parece muy duro, por supuesto. Pero acaso sea pertinente recordar que en un Imperio lleno de creencias varias y múltiples religiones, todas toleradas, el cristianismo resultaba casi incomprensible para un romano bien instruido. ¿Por qué sólo un dios? ¿Por qué el afán de destruir a los otros,como los yihadistas de hoy? ¿Por qué no sacrificar ante la estatua del emperador divinizado, cuando se sabía que la ceremonia era mucho más política que estrictamente religiosa?  Quizá Marco Aurelio sólo pudo hacer lo que hizo, aunque es obvio que esa rotundidad parece lejos de la imagen del emperador prudente y sabio que se ha tenido hasta hoy. Para que no quede sombra sin valorar, Fraschetti analiza también a fondo las “Meditaciones”, hallando (lo que no era ningún error para la época) que Marco Aurelio se nutre abundantemente de todo el pensamiento estoico, desde Epicteto o Zenón hasta Séneca, pasando por su maestro y amigo Marco Cornelio Frontón (95-167) gracias a cuyas cartas tantas cosas cercanas conocemos, porejemplo del propio Marco, que le agradece así en su libro: “De Frontón, el haberme puesto a considerar cuan envidioso, cobarde e hipócrita es el poder del tirano, de modo que por lo general todos los que nosotros llamamos eupátridas están en cierto sentido carentes de sentimientos.”  Es parte de una serie en la que Marco pasa lista de sus débitos. Pero no, la “imitatio” no era un error en la antigua Roma, lo que tampoco quiere decir, por supuesto, que el emperador fuese un genio de la filosofía.  Casi termina Fraschetti: “Marco había dejado el erario romano en la carestía más completa a causa de las guerras.” Quizás hubiera una escisión profunda entre el Marco Aurelio político y el Marco Aurelio filósofo o devoto de la filosofía, pero ya hemos apuntado a que nada raro habría de ser vistas sus circunstancias. Pese a los fallos (economía, guerras, actitudes de mando muy resolutivas) si a Marco Aurelio se le puede despojar un tanto de su aura de “prudente”, es lo cierto que, pese a todo y al borde de una crisis mayor, fue un buen gobernante y culto para más señas. Cierto también que Antonino Pío –haciendo honor a su apodo- fue más tolerante con los cristianos incompresibles que Marco Aurelio. Así resulta raro que los cristianos ya en el poder, que destruyeron o fundieron muchas estatuas de emperadores y dioses paganos (destruyeron mucho), salvaran la estatua ecuestre de Marco Aurelio, en bronce sobredorado que –hoy dentro de un museo- estuvo tanto tiempo en la plaza del Capitolio en Roma.  La explicación es sin embargo simple y tampoco alude a la bondad cristiana, aquellos nuevos amos adoradores de un solo dios, confundieron a Marco      –que en la estatua no lleva armas- con el pacificador Constantino, quien legalizó el cristianismo… Pese a todas las sombras que se le quieran poner (no enteramente justas siempre) Marco Aurelio sigue siendo un gran emperador de Roma, salvo por haber dejado que su sucesor fuera Cómodo, su hijo mayor, para muchos el primer emperador de la larga decadencia. El tema resulta tan atractivo que aparte de estudio y novelas, ha dado ya dos películas distintas y muy similares: “La caída del Imperio Romano” (1964) de Anthony Mann, donde Marco Aurelio es interpretado por Sir Alec Guinness, y “Gladiator” (2000) de Ridley Scott, en la que es un avejentado Richard Harris quien pone cara a Marco.

Lucio Aurelio Cómodo Antonino (después conocido ya como Cómodo, aunque siendo emperador varió y volvió a poner alguno de sus nombres) nació el 31 de agosto del año 161. Como su nacimiento se produce cuando su padre era ya emperador, se le considera “nacido en la púrpura”, pues ya parecía destinado a reinar. Cómodo no fue inteligente ni sabio, pero era alto y bien parecido, y mientras su padre vivió hizo gala de cierta prudencia. Le gustaban ya de joven los espectáculos circenses (los gladiadores, sobre todo) aunque aún sin la posterior obsesión.  Es verdad que a la muerte de Marco y aclamado de inmediato emperador –siempre reinó solo- puso pronto fin a las guerras germanas.  Quizás el problema distaba de estar solucionado, pero ambos bandos estaban cansados de años de lucha. Conseguida la paz, fue rápidamente a Roma, donde iniciaría un reinado más crispado cada vez y en el que fue mostrando una mayor degradación mental. Por supuesto no se ocupó de la política que nada le interesaba, sino de sus íntimos placeres, de su divinización en vida (por eso muchas estatuas lo muestran con los atributos de Hércules, de quien se tuvo por una encarnación) delegando todas las tareas en favoritos o validos como Saotero, liberto nacido en Nicomedia pero que facilitaba los placeres del César. Fueron continuas las disputas entre el emperador y el Senado, que presenciaba la degradación del Imperio. Cómodo respondía con venganzas directas o haciendo cambiar el orden de las palabras (como humillación) en el lema famoso “Senatus populusque romanus” (El Senado y el pueblo de Roma) que Cómodo convirtió en “Populus senatusque romanus” o sea El Pueblo y el senado de Roma.  Hartos de Saotero, que sería sustituido por otro valido más duro y ambicioso, Cleandro, ya en 185, empiezan una serie de conjuras contra Cómodo que parten habitualmente del palacio imperial. La primera –el año 182- está encabezada por Lucila, la propia hermana del emperador. La conspiración fracasa y Lucila es detenida y enviada al destierro en Capri, allí sobrevivió unos años hasta que Cómodo, a la postre, ordenó que la mataran. Dión Casio, gran historiador y testigo en ese tiempo de algunas de las cosas que narra, ha hecho célebre esta frase: “El reinado de Cómodo marcó la transición de un reino de oro y plata a otro de óxido y hierro.” Leída la cita por el célebre Edward Gibbon, este decretó (en su “Decadencia y caída del Imperio romano”, siglo XVIII) que la efectiva decadencia sólo pudo empezar por Cómodo, un paranoico. Interesado en Hércules, el placer y los gladiadores –salió varias veces a pelear en público, una de ellas contra una pantera- es cierto que Cómodo se olvidó algo de los cristianos que no le interesaban, acaso no se dio cuenta que una de sus amantes, Marcia, era cristiana. Convencido de su deificación, ordenó decapitar el Coloso de Nerón y sustituir la antigua cabeza por la suya.  El Imperio seguía cayendo en bancarrotas y caos.  Eso sí, siempre que bajaba a la arena, Cómodo iba vestido de Hércules.  Como cuenta Herodiano, las conjuras se suceden hasta que tiene visos de triunfar la de Laeto y Erleto, en 192. En esa conjura figuraba la propia Marcia, temerosa de su vida, aunque quizá Cómodo no lo supo. El día 31 de diciembre de ese año, Marcia envenenó la comida del emperador, pero este sintiéndose mal, vomitó y fue a darse un baño (sigue Herodiano) y es entonces cuando acaso ya muy asustada, Marcia pide al esclavo Narciso que acuda a la piscina y estrangule al emperador, que está muy débil. Y así ocurre.

Con todo la muerte (el asesinato) de Cómodo sólo abrió con el nuevo emperador Pertinax un periodo de más desastres y guerras civiles –los emperadores apenas duraban- lo que no se arregló sino unos cinco años después con el reinado de Septimio Severo. Cómodo fue el último emperador de la dinastía Antonina, y dejó un Imperio quizás, efectivamente, al borde de la decadencia. Se dice que en esos años turbios hasta se pensó en vender en subasta la corona imperial. ¿Emperador? Quien más pagara. Nihil novum sub sole?


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