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MARCEL PROUST (Poema inédito)

Sería normal aceptar el delicioso retrato que Jacques-Émile Blanche

hizo de tu juvenil frivolidad elegante, con la gardenia y todo…

Pero el serio-el más lector- te querría en el dibujo de la rue Hamelin,

el final del final, en cama, con gorro, la barba descuidada y escribiendo

sin cesar junto a la chimenea repleta en llamas, muchos papeles

por el suelo, en aquella habitación claustral que tenía algo de baño

turco sudoroso y caliente, según algunos que la visitaron. Sin embargo

(aunque aún no hubieses comenzado tu inmensa obra, tu íntima catedral)

la foto que te asume o prefiero es la que te muestra joven, reclinado

en un canapé, con levita, bigote, los ojos profundísimos, un dedo en

la mejilla, soñador, distante, atildado, pero cuajado, pleno de melancolía.

Quizá sabías que la literatura no es la vida, sino que se opone a la vida,

acaso eleva otra diferente y más honda, donde todos nos salvamos y

el escritor –si plenamente se entregó- perece. Tú que amaste el placer,

los muchachos en flor (duquesitos o camareros) y antros y palacios

sólo fueron deducción y prosa inteligente, sabías ya –en la seda del diván-

que tú no vivirías, que serían tus personajes quienes vivieran por ti

mientras te mataban entre noches del Ritz, asma y cerveza helada…

El inmenso Proust fue siempre “le petit Marcel” y por ello cumple

la foto soñadora, enamorado ideal de lo inalcanzable y diario agonista.

“Para llegar a esta noche, querido, he debido hoy morir siete veces…”

¿Hubieses dado tu obra por la vida? ¿El tiempo perdido por el tiempo

andado, saqueado, turbio? Seguramente no. Hiciste lo que debías,

lo que pedían tus dedos condenados y cansados, tus vicios profundos…

“No pueden entrar, lo siento. El perfume de las princesas atormenta

al  señor.” Y las Guermantes se iban sin ver al chico suizo de la esquina.

Los ricos tienen la ventaja de dejar de serlo. Y tuyo es lo que gastas,

nunca lo que tienes. Y dentro de la catedral, Marcel, se muere solo.

Todo lo sabías ya mientras la total nostalgia socavaba tus ojos semitas.

Mártir, edipo, soñador de Grecias, esnob del “gratin” y la ergástula,

supiste que no hay más paraíso que el perdido. O al que nunca se llega.

 


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