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Los olvidados de Roma

(Este artículo se ha publicado en la revista “La aventura de la Historia” nº 159, este mes.)

Robert C. Knapp. Trad. Jorge Paredes . Ariel, Barcelona. 2011.

El profesor californiano Knapp trata un tema poco habitual en los estudios clásicos y que su subtítulo saca de toda duda: Prostitutas, forajidos, esclavos, gladiadores y gente corriente. El marxismo nos dijo que son los pueblos (el pueblo) quien con la economía hacen la Historia. Sin embargo para los historiadores clásicos –empezando por los de la Antigüedad- eran los grandes hombres, príncipes, generales, emperadores los amos de la historia. El pueblo la sufría o (mucho menos) la gozaba y por eso sólo en historiadores como Tito Livio o Amiano Marcelino podemos esperar, y es apenas un párrafo, un momento en que el historiador que narra gestas e intrigas palaciegas o militares, deje escapar un inadvertido rayo de luz sobre lo que hacía la “gente corriente”. En la medida de lo posible ( pues las fuentes son limitadas) eso es lo que hace el libro de Knapp. Dar vida a estas gentes cuyo vivir fue habitualmente muy duro, aunque no fueran esclavos. La esclavitud (ha dicho un historiador moderno) constituye la lacra de la Antigüedad. Los esclavos no tenían derecho a nada sino a obedecer a sus amos. Pero está la figura del liberto, el esclavo que a través de la manumisión, obtiene la libertad de su señor y pasa a ser un ciudadano más. Por novelas como “El Satiricón” sabemos que algunos de estos libertos, como Trimalción, podían llegar a ser escandalosos nuevos ricos. Otros podían ser prósperos mercaderes como (en la misma novela) Licas de Tarento. El gran poeta Horacio fue hijo de un liberto, y liberto fue el famoso secretario de Cicerón, Tirón. (Por cierto el traductor tiene un lapsus y escribe “Tiro”, olvidando moméntaneamente que el inglés deja los nombre como están en latín, pero en español muy a menudo se hispanizan, No decimos “Cicero” sino Cicerón. Y no “Caesar” sino César.)

Sabemos más de soldados y gladiadores, cuya vida (no sólo arriesgada) era también dura. La prostitución era libre, pero a ella acudían chicas ( y chicos) jóvenes por necesidad. Aunque había prostitución de lujo. Pero la normal era como el burdel que se ha conservado en Pompeya. Escenas eróticas y cubículos a los que se iba al hecho consumado, sin “petting”. Aparte quedan locuras imperiales como el burdel que Calígula mandó crear en su palacio. Las alusiones buenas y malas a la prostitución son muy numerosas. Junto al “Satiricón” -tan importante en todos estos temas- se citan los “Diálogos de las cortesanas “ de “Lucio” (error por Luciano).  Una crítica breve no puede hacer el repaso de un libro muy novedoso e informado en la materia. Un libro imprescindible pese a los pequeños “lapsus calami” del traductor al transladar los nombres griegos o latinos al español, lo que se hace de modo distinto al inglés. Pero queda más que recomendado el libro.


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