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LOS CÓDICES DE LEONARDO

Se exponen en una sala noble de la Biblioteca Nacional de Madrid (hasta mediados de mayo de 2019) los dos códices manuscritos originales que esta Biblioteca posee de Leonardo de Vinci (1452-1519).  Yo había leído y visto reproducciones de estos códices -mundialmente validados- cuando hace años hice una biografía de Leonardo -Barcelona, Planeta, 1992- pero ver los originales siempre ha sido difícil, pues un tiempo se consideraron perdidos. Por las connotaciones de la palabra “códice”, creí que se trataba de libros o cuadernos grandes, en los que Leonardo anotaba pensamientos, dibujos muy perfectos, investigaciones de esa mente tan inquieta.  Y eso son, evidentemente, pero no son grandes, son cuadernos normales (de 192 y 158 folios uno y otro) con el tamaño de un libro grueso de bolsillo. Están perfectamente conservados y Leonardo los tuvo con él toda su vida, hasta su muerte en Amboise (Francia). Tiempo después de aquello, su heredero Francesco Melzi, antaño joven distinguido y luego depositario de tan enorme legado -él vendió “La Gioconda” al rey francés- vendió también estos dos libros de notas y dibujos a un notable escultor, Pompeo Leoni, quien al venir a España a trabajar en la obra de El Escorial para Felipe II, los trajo con él.  Uno de los códices o cuadernos se llama “Tratado de fortificación, estética y geometría” y el otro, “Estética y mecánica”. Al morir el escultor Leoni en Madrid en 1608 (había sido buen amigo del gran Quevedo) dejó aquí sus cosas que pasaron al patrimonio del Estado.  Los códices -a los que en ese momento no se dio la importancia debida- quedaron custodiados bien en la gran Biblioteca de El Escorial, y sólo cuando en el siglo XIX parte de esos enormes fondos pasaron a la Biblioteca Real de Madrid (hoy Biblioteca Nacional) los códices fueron con ese envío pero se traspapelaron y sólo fueron vueltos a hallar, valorados y estudiados -como la maravilla que son- en 1964. Pareció entonces un acontecimiento, aunque se tenía noticia de los códices desde fines del XVI.

Todos sabemos que además de un inmenso pintor, Leonardo fue un investigador y se quiso un científico. Deseaba elevar el estatus del artista, sacarlo del viejo papel de mero artesano, y por ello solía vestir bien, aunque según algunos algo anticuado, a la moda de los nobles florentinos de su juventud. Su pena fue (al no saber latín ni griego) que los grandes sabios filólogos de la época, nunca lo aceptaran como el auténtico erudito e investigador que fue. Los códices -tan variados- lo muestran. Junto a uno de tantos magníficos dibujos de su mano, Leonardo anota, con esa letrita minuciosa que sólo puede leerse en un espejo, por ejemplo: “Anoche hallé la cuadratura del círculo. Fue suerte que lo hiciera poco antes del amanecer, pues se me estaba acabando la tinta, el papel y la vela.”  Como vemos (como en tantos cuadernos de notas) lo intelectual se une a lo muy cotidiano. Sin el cabo de vela, Leonardo no hubiese podido seguir escribiendo.  Joyas auténticas e impecables. (El año venidero se conmemorarán los 500 años de su muerte).


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