LA TOUR, SOLEDAD Y SILENCIO
(Artículo publicado en la revista Bonart)
El Museo del Prado que alberga una exposición panorámica del durante muchos años raro pintor francés Georges de La Tour (1593- 1652) tenía ya dos obras de este singular pintor geometrizante y de bellas y un tanto piadosas oscuridades. Uno de esos cuadros se encontró, no hace demasiado perdido en un sótano, y es una obra notable: “San Jerónimo leyendo una carta”. De La Tour –nacido en una pequeña villa de Lorena, Vic sur Seille, lugar católico- se ha sabido poco durante muchos años, ya que poco después de su muerte con 58 años, víctima muy probable de la peste, cayó en un olvido casi total, del
que sólo le sacó en 1915 el historiador del arte Hermann Voss y algo después –ya en 1934- la exposición parisina, muy notoria en su momento, “Pintores de la realidad”. Ciertamente La Tour hombre sencillo y al parecer un tanto huraño, quería pintar “lo real”, pero su pintura como la de otros tantos realistas españoles o italianos, cuestiona en primer lugar (por sus escorzos y colores sobrios) a qué llamamos “lo real”, que a ratos, parece irreal o extraño, entrevisto o soñado…
Sabemos que su etapa joven es “diurna”, es decir las escenas ocurren de día, mientras que su edad madura es ya la de sus célebres “noches” escenas de interiores nocturnos, a menudo de carácter religioso, iluminadas sólo por una vela, que marca esencialmente
ángulos y casi dos colores en exclusiva. Así “San Sebastián cuidado por santa Irene”. En el lienzo además del peculiar y repetido tenebrismo, San Sebastián herido y tumbado está privado de todo erotismo –como la Iglesia de la época quería- y junto a una casta figura femenina que le cura las heridas de las flechas. Evidentemente detrás de La Tour hay pintura española e italiana del Barroco, y en especial (aunque usado de otra manera) evidentemente el tenebrismo de Caravaggio, ahora mucho más austero. Uno diría que los lienzos nocturnos de La Tour son como meditaciones, cuadros algo pascalianos, si ello fuera posible. En su momento el rey Luis XIII y muchos altos personajes de la corte de París (donde al menos La Tour estuvo una vez) tuvieron y compraron obra del pintor lorenés, región entonces
independiente –aunque muy vinculada a Francia, donde terminó volviendo- pero disputada por Austria asimismo, lo que hizo que nuestro caballero pintor y buen burgués ahora de Lunèville, viera sin duda matanzas y saqueos. Las obras oscuras de La Tour (siempre el corazón luminoso de la vela) parecen no sin cierta voluntad cuadros que buscan el recogimiento y la meditación de una manera más austera o despojada que la española, que sin duda conoce. No es La Tour un pintor estrictamente religioso o católico pero está lleno de religiosidad recoleta con Vírgenes con el niño o Marías Magdalena. Barroco sobrio, en La Tour no hay casi resto ninguno de paganismo. Pero sí una evidente o sospechable búsqueda de hondura. En su “Ciego
tocando la zanfonía” (que es un cuadro diurno) hay un realismo hispánico. Pero ya dije: ¿Qué realismo? Porque, a veces, lo tan real, lo muy real o exageradamente real, se vuelve una cosa distinta. Y sabemos que La Tour, casado y católico (murió un día después que su mujer) es un realista en los bordes de la metafísica. Supongo que “el silencio de los espacios exteriores le horrorizaba” también. ¿O al fin, no tanto?
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