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LA MOVIDA (Poema inédito)

Tu rostro me llega con la precisión  y el desvaído habituales…

No sabía quién eras (tan familiar casi) y lo adiviné de golpe.

PPM y yo jugamos a eso algunas tardes viendo las montañas

de sus antiguas fotos, plenas de instante, de fuego, de vida rara…

A este lo conozco mucho, pero… ¿Recuerdas tú quién era?

Y se reía. No era nadie, como casi todos. Pero los veíamos todas

las noches en todos los sitios, pillando cocaína y mais,  cubalibres,

morreándose con quien fuera (se habrían colado) ciegos de música

y  rayas –quizás alguno se picara- entre tambores y añafiles y delirio

y locura, noche tras noche, amanecer tras amanecer hasta que… ¿Qué?

No sé, supongo que encendían las luces o había mucho sol o nada.

PPM me lo dijo a menudo y yo estaba de acuerdo: la movida aquella

no fueron nunca los cinco o siete sacripantes archisabidos que sacaron

sus famas del mitologema, no, estos anónimos, repetidos, bellos,

desaparecidos como fuegos fatuos, ellos eran todo, o sea, la plena verdad.

Pero aunque vuelvo a mirarte (eras muy guapo, algo moreno) no acierto

a decir tu nombre –nunca sabría el apellido- y comprendo que es igual…

Nos fuimos juntos, colocados, saliendo de no sé qué garito a las mil

y monas, y follamos y nos besamos hasta el alma como buenos pumas…

Y entonces veo la belleza buida de tu cuerpo delgado y el espeso esperma

salpicando… Sé que te di unos billetes al irnos, no muchos, no me

quedaban. Y luego (sin regularidad) más noches, más antros, más polvos,

más pastillas, más fuego, más ruido atronador, megalítico, de selvas

huracanadas. Te vi con ellas, con otros, solo, conmigo, siempre en aquella

marabunta que parecía sin final y harto, harto estaba condenada…

Y de repente (PPM no está ya) veo el final, más allá, sólo algo más allá

de este rostro que intenta sonreír –levemente- desde la fotografía…

Una tarde me viste en el Café Gijón y entraste y te sentaste a mi mesa.

Temblabas todo entero. Andabas demacrado, oscuro. Es el “mono”,dijiste.

Déjame algo. Guita, lo que puedas. Me voy contigo luego. ¿Vale?

¿No tenía o no debía? Recordé que la última vez apenas lograste culminar.

Estabas roto, chaval, y lo sabías. Te di algo (con miedo) y te pedí que no

volvieras. No sé si te vi nunca más,  silicótico, con pupas, acaso detenido…

Se acabó el sueño y se acabó nuestra turbulenta, disparatada juventud.

Yo no me arrepiento. Y seguro que tú Manuel –digamos- desde el osario

tampoco. De aquellas resplandecientes madrugadas felices, llega aún

tu hermosa juventud sin nombre entre pibitos y jais que llenaron la época.

Vosotros sois la sola verdad, Miguel –digamos- pero como toda genuina

verdad  también la vuestra se ha opacado y mudado. No existís. Sólo

el Poder existe. Pero yo veo aún tu cuerpo  (antes de temblar) y recuerdo

el fino bozo de tu pecho y la lefa deslizándose por el vientre hacia el Vacío.

Perdóname. Ganar fue seguir (ambos) la montura del viento, velocísima.

 

 

 


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