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LA INTELIGENTE LUJURIA DE JAIME GIL DE BIEDMA

(Repasando archivos digitales, me he encontrado este texto sobre Jaime Gil de Biedma. Creo que es el inicio de algo y no está terminado -entre lo mucho que he escrito sobre Biedma- pero tiene sentido. Jaime, con quien viví muchas noches cálidas, cuando las había, nació en noviembre de 1929 y murió el 8 de enero de 1990- Hace mucho. Pero su obra breve sigue siendo primordial.”Pandémica y celeste”, por ejemplo)

Había leído a Jaime Gil de Biedma (y oído muchas cosas sobre él) antes de conocerlo en persona. Fue en enero de 1976 al presentarle en una lectura que dio en Madrid, tras más de quince años sin hacerlo. Como puedo decir de otra mucha gente –en general la mejor- Jaime era igual a como lo esperabas: Culto, delicado, presumido e irónico. Llamaba la atención (pero se lo dije más tarde) que el aire que podía dar era de “camionero ilustrado”. No muy alto y fornido, con la cabeza ya rapada y leve barbita, tenía algo así como una elegancia tosca, que se refinaba mucho más cuando hablaba, con siempre discreta ostentación de sus lecturas, su agudeza y su mundanidad. Todo ello me gustaba y me gusta. Había nacido en Barcelona hijo de madrileños, y aunque él se decía español catalán, yo lo catalán estricto se lo notaba poco, si exceptuamos  su magnífico conocimiento de la geografía visible e invisible de Barcelona.  Porque lo que pronto quedaba muy claro después de la cena literaria con amigos –donde podía recitar un fragmento de Auden de memoria-  es que Jaime era homosexual, aunque no tuviera ni atisbos de “pluma”, y que la lujuria pesaba y tiraba mucho de su cuerpo y ánima. El sexo masculino era una parte de su espíritu.  Pero como tantos de su generación, el descaro íntimo se volvía en él (a otras horas) una actitud neutra, ejecutiva. En Biedma había una doble vida evidentemente, pero a partir de la una de la madrugada  la necesidad de un cuerpo –a ser posible joven, y nada importaba si pagado- era en él un tirón primordial al que acudía con un vaso de whisky en la mano…

Jaime era literatura, cultura, sexo masculino (su célebre momento de la “calentura”) y una charla, incluso algo bebido, aguda e inteligente, que podía tornarse levemente agresiva con quien no le cayera bien o lo hallara  cursi o tonto. Podía ser (en esto) similar a Benet pero el novelista tendía a una mayor crueldad lúdica. Jaime era un gran conversador nocturno  y –a tales horas- le gustaba poco el pudor. Pero si veía a un chico que le interesara en el bureo o merodeo, entonces se levantaba vaso en mano, y comenzaba a tirar las redes. Si se trataba de un chapero o tarifado (cosa  frecuente) no habría problema, pero sí invitación a un trago. Si tenía dudas preguntaba a las autoridades locales en nocturnerío, y así pasaba.  Por todo cuanto digo, no es difícil colegir que mi relación con Jaime (muchas veces de noche) mezclaba casi siempre la literatura y más la poesía que era nuestra base con los vericuetos de la lujuria y sus manejos que tanto le interesaban. Hablaba de su novio en Barcelona, pero (si puede decirse así) le ponía los cuernos sin inmutarse.  Esta mezcla vital de libros, poemas y sexualidad gay –a Jaime le encantaba la expresión “echar un polvo”- marcaba al amigo y al hombre. Conocí a un Jaime  Gil de Biedma muy íntimo y eso hizo que, con los años, apenas habláramos por teléfono, sabíamos que nos íbamos a encontrar, sabíamos dónde, y aún más, y es que una vez juntos, merodearíamos de un tugurio a otro hasta las claritas del alba. El aire tórrido y espeso de los bares cutres de madrugada, a Jaime Gil (señorito “gauche divine”) le encantaba. Eran una parte no tan secreta de su ser vital.


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