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La corrupción, mal mayor.

(Este artículo se publica el viernes en todos los periódicos del grupo Promecal).

Todavía existen los cortos o hipócritas, que piensan que “corrupto” es alguien promiscuo, por ejemplo, en sexualidad. El sexo, su práctica libre, gustará a unos y a otros no, pero forma parte de la libertad individual. Si quieres lo tomas y si no lo dejas. No hay obligación en ningún sentido. No hay daño sino hay violencia. La corrupción verdadera, porque nos daña a todos, es la de los gerifaltes o jerarcas que roban y en qué cantidades… Uso esas palabras (acaso algo anticuadas) porque dan cabida a toda clase de políticos,empresarios, banqueros o hasta altos cargos de órdenes religiosas.  Quien está cerca de cualquier poder está al lado de la tentación de robarnos a todos. Que se lo digan al señor Urdangarin que ha echado lodo sobre la monarquía española. Que se lo digan a Bárcenas y a todos sus cómplices o a beneficiados que se escudan en su prisión. ¿Puede estar preso el tesorero de un partido político y pretender que sus jefes y colegas no sólo anden limpios sino afirmen que todo lo ignoraban? El PP no dice verdad.

Sin embargo el papa Francisco (¿hasta dónde le dejarán llegar a este buen hombre?) ha denunciado ya la corrupción del poder, la sed insaciable de dinero, como uno de los males de nuestra época. Y ha mirado a los políticos –algunos se dicen muy católicos- y a los banqueros, pero para que no le recuerden lo de la paja y la viga evangélicas, ha dicho que en la Iglesia también hay corrupción y que hay que limpiarla. Y de momento está preso el prior de una orden que se hizo reelegir con chanchullo y trampas. Francisco sabe que hay que predicar con el ejemplo, porque sino las bóvedas retumban pero no pasa nada. Urge atacar el culto al dinero, el culto al robo y el culto a la trampa, todos novigentes sino tristemente vigentísimos ennuestra España. El papa Francisco, que parece que cree en una limpia Iglesia primitiva, está atacando muchos males o señalándolos, al menos. Como la falta de caridad de muchos obispos que condenan con rabia y no perdonan. En estos tiempos de un Islam radical y duro, sería muy grato oírle al papa Francisco condenar las guerras de religión, que antaño asolaron Europa. La religión debe ser bien y bondad. Matar o mutilar en nombre de dios es rebajarlo  a nuestra poquedad. La corrupción igual.


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