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LA COMPAÑÍA Y EL TALENTO DE OSCAR WILDE

Podría decir que, desde que no conocimos, en el verano de 1966 (yo andaba casi en los quince años) nunca he podido dejar -y acaso tampoco haya querido hacerlo- a Oscar Wilde (1854-1900) uno de esos irlandeses que, al irse con 21 años, nunca jamás volvió a Irlanda. Leí aquel remoto verano una biografía de “Oscar Wilde” hecha por Sebastián Juan Arbó, en edición de bolsillo. Y Wilde me deslumbró. Yo era un adolescente muy solitario y Oscar se convirtió en mi primer real amigo: Por fin alguien que me entendía y a quien entendía perfectamente yo.  Muy poco después, leí casi toda la obra de Wilde (que he leído, estudiado y releído) primero en la vieja edición de “Obras Completas”  con prólogo y traducción de Julio Gómez de la Serna. La compañía dura y duró… En 1974 ya publiqué un prólogo largo a una edición del “De Profundis” en Felmar. Y en 1978 -en Epesa- publiqué la primera de mis biografías /estudio sobre “Óscar Wilde”, varias veces reeditada, corregida y muy ampliada en mi “Wilde total” (2001).  Además no he cesado de hacer prólogos a muchas obras de Wilde -varios a recopilaciones de aforismos-  y he traducido “La importancia de llamarse Ernesto” (1995) versión que se llevó a la escena, un año entero, con notable éxito. El fenómeno es raro pero debo contarlo, pues desde 1978 tendieron (otros, ellos) a considerarme no sólo un wildeano, sino como alguien que posee directa comunicación con Wilde- Por tanto, casi todo lo que se hace sobre él  -con prólogo o no, pero hay muchos prólogos- pasa por mis manos. Es como si yo le hubiese dicho en la alta noche: Oscar querido, ¿crees que esa obra vale la pena? Y él me hubiese respondido fumándose un pitillo de boquilla dorada: No está mal, dear, pero ponle por favor unas palabritas antes… Algo así, de veras. Y si es del todo verdad que yo admiro y quiero y creo haber entendido a Wilde, la influencia de su obra en la mía es mínima. Acaso me haya influido la persona.

Todo esto viene a cuento porque Random House me pidió hace muy poco un prólogo para el mejor libro de ensayos de Wilde, “Intenciones” (1892). Yo dije que sí por supuesto. La editora quería ponerle otro título y la sugerí el del mejor de los cuatro textos que componen el volumen, “La decadencia de la mentira” y lo aceptó. Pero como Wilde hizo brillantes ensayos entrelazados en una manera de ficción, también le sugerí que agregara uno de los ensayos/ficción mejores y más desconocidos de Wilde, “El retrato de Mr. W.H.”, nunca editado en libro, sólo en una revista, y donde Wilde postula que los hermosos “Sonetos” de Shakespeare están dedicados a un joven actor que hacía papeles femeninos en el teatro elisabetiano, Willie Hughes.  Publicado en 1889 (o sea en el clima iniciado de “Intenciones”) “El retrato de Mr. W. H.” fue un pequeño escándalo menor, porque la obra -de lo mejor de Wilde- apenas se vio. La editora aceptó mi propuesta y mi prólogo -otra vecindad con Oscar. y acaba de salir OSCAR WILDE, “La decadencia de la mentira y otros ensayos”, prólogo de Luis Antonio de Villena. Os lo presento y encarezco. ¿No es verdad, querido Óscar?-     


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