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KARMELO IRIBARREN Y LA POESÍA CERCANA

Conozco a Karmelo (San Sebastián, 1959) desde sus inicios literarios o mejor poéticos, que sonaban a humildes. Siempre lo defendí de quienes entonces le hacían discípulo de Roger Wolfe, poeta de moda efímera y muy tremendista, bastante cercano a la poesía de cierto Bukowski. No, Karmelo C. Iribarren era otra cosa. Poco o ningún tremendismo y mucha proximidad a la vida más inmediata, allá en su norte de mar y lluvia frecuente: Motivo casi constante o fondo, al menos, de su poesía… Karmelo es hoy un poeta de moda, gusta y tiene su momento solar. Lo que no obsta (y le honra) para que él siga presentándose como un tipo sencillo, algo tímido, vasco sin vasquismo, desengañado de casi todo (menos de los  tranquilos cafés en tardes nubladas que miran el oleaje) y que tiene el don, no siempre funciona pero eso nos ocurre a todos, de componer con palabras gastadas y sencillas, con una caudal antirretórica, y sobre un tema plenamente cotidiano y simple, otro poema perfecto y emocionante, básica condición de la poesía. ¿Esperanza es la virtud o una chica conocida hace tiempo? “Como si no nos conociésemos de nada/ todavía algunas tardes/ te me acercas/ y hasta te me insinúas con promesas/ que, por supuesto, no piensas cumplir…”

La melancolía es tenaz, porque el paso del Tiempo es arrasador a todos los efectos. El desengaño real, porque casi todo falla o traiciona en la vida, pero el resultado no es un poeta enfadado con el vivir, sino un ser tranquilo y buenamente triste que acepta -en su buen hacer de poeta- que algunas cosas básicas son como son y que tienen escaso remedio… Karmelo es un poeta coloquialista. Pero (debe decirse) hay muchas formas de coloquialismo y el suyo es de los más inmediatos y cercanos. Su peligro: cuando no acierta del todo, el poema se queda en mero apunte. Lo mejor: no sólo que Karmelo acierta muy a menudo, sino que domina los límites de su poética. “Las terrazas recogidas,/los paseos sin un alma,/el mar allí, desterrado, solo./ Por la arena, silbando,/el fantasma del otoño”.  La áspera vida (mundo) que dijo Ángel González, se hace en Karmelo Iribarren vida dulce, resignada a una suave melancolía otoñal, que el poeta, afectado, mira pasar, desde el inevitable café, como si no le afectara. Cual si se tratase de un espectador lejano que mira y siente cierta compasión nada blandengue por todos nosotros.  Karmelo acaba de publicar en Visor, su hasta hoy último libro, “Un lugar difícil”. Y es fácil recomendárselo al lector e informarle de lo fundamental. Se trata de un buen libro y gusta leerlo. Los momentos en blanco son muy pocos. Lo mejor, mayoría. ¿Algo nuevo? Lo esencial: Un buen puñado de recientes y excelentes poemas. El tono es sabido, la melancolía sabida, el mar, cantábrico. Pero fulge la poesía en una mágica sencillez llena de buen hacer y disimulada ternura. Un Karmelo excelente.


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