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JAIME GIL DE BIEDMA: TREINTA AÑOS DESPUÉS

El 8 de este enero hizo treinta años de la muerte de Jaime Gil de Biedma (1929-1990). Tenía 60 años, casi recién cumplidos, en el anterior noviembre. Desde el verano de 1985 estaba enfermo de sida, pero lo ocultó cuanto pudo y se cuidó y lo cuidaron al extremo (frecuentes idas a París al Institut Pasteur) de forma que aunque al fin todo el mundo lo sabía y dicen que el último año fue malo -ese año no lo vi- nadie dijo nada, pero horas después de su muerte, me llamaron de una radio para que hablara de él, y ya decían que había muerto de sida y era verdad. A mí me contó una noche invernal de 1986 que había tenido -pero se estaba curando- una grave enfermedad tropical               -siempre Filipinas al fondo- que hubiese podido degenerar en cáncer linfático. No ocultaba la gravedad, pero evitaba la entonces angulosa voz «sida». En cierto modo así había vivido su muy promiscua homosexualidad, que todo el mundo sabía. Sólo hablaba de ella con los cercanos y ni se le ocurría que lo supieran en su familia o en el trabajo de alto ejecutivo. La homosexualidad era buena parte de su vida y creía él (un tanto contradictoriamente) también de su secreto. Pese a sus noches interminables en tugurios -le acompañé no pocas veces- y sus idas a Nueva York (que fue el gran foco del sida) solamente buscando sexo y aquellas libérrimas y ya inexistentes discotecas y bares, de aquella ciudad de finales de los 70, que ya no existe tampoco…

No sé que puedo decir del querido Jaime Gil. He escrito mucho y gustosamente sobre él. Podría contar algunas picardías más de Jaime que no puse en mi librito «Retratos      -con flash- de Jaime Gil de Biedma.» Pero acaso no sea el momento. También he tratado y releído su breve y magnífica obra. Jaime (decía) escribió su último poema en 1970, y se llama «De senectute» -Sobre la vejez- pero él tenía entonces 40 o 41 años… Jaime creyó de veras que la vida acaba con la juventud -lo que de verdad vale la pena- y que luego sólo se sobrevive o se resiste. «De la vida me acuerdo, pero ¿dónde está?». Si tenía inéditos (yo creo que alguno) todo lo rompió antes de  morir, menos los «Diarios» que ya dejó establecido que fueran póstumos. La obra de Jaime es corta acaso porque temía repetir un mundo cerrado, concluso oficialmente, en «Poemas póstumos» de 1968. Pero no es total verdad: Jaime volvía muy cansado a su casa de su trabajo de ejecutivo, cansado, perezoso y deseando echarse a la calle para nocturnear y tirar del trago, ¿cómo iría a ponerse a escribir o a traducir, aunque tenía proyectos sobre todo byronianos?  Jaime el buscador de chaperos y el buscador de amor. El hombre de izquierdas que «no ejercía» (según sus palabras) el catalán madrileño -o segoviano- que se hubiera burlado hoy del palurdo catalanismo, cuyo modelo es Flandes… Jaime de la alta cultura y de la canción popular. Con él canté una noche «Les feuilles mortes», esa espléndida canción de Kosma y Prévert que me sigue encantando en la voz del ya mayor Yves Montand.  Jaime del cuidado, exquisito coloquialismo maravilloso. Jaime de ese poema que sé de memoria «No volveré a ser joven». Inolvidable Jaime que no quería ser simpático, y podía ser encantador y provocador. ¿Qué decir del gran poeta? Fue un placer haberte conocido y haber celebrado juntos -con tristeza a veces- tantas y tantas noches perdidas. Cerca, querido, y ya tan lejos…


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